Gaby Astudillo / Para Notimercio
Encuentro mi refugio en el Parque La Carolina cuando Quito despierta y las rutinas aún están dormidas. Corro, respiro, observo cómo la ciudad se transforma, y en esos momentos me siento vivo, agradecido y conectado conmigo mismo
“Quédate en Quito” es un homenaje a los lugares que nos unen, nos sanan y nos recuerdan quiénes somos. Porque no hace falta escapar para encontrar paz: basta con mirar alrededor y redescubrir nuestra ciudad con nuevos ojos.
Dicen que cada quiteño tiene su rincón favorito para desconectarse del ruido, y el mío sin duda es el Parque La Carolina. Ese pulmón verde que respira en medio del ajetreo de la ciudad, donde los días empiezan con pasos, risas y el sonido de los pasos de runners que como yo buscan un espacio para pensar, agradecer y seguir.
Yo troto ahí dos o tres veces por semana. Es mi momento de silencio y movimiento. Mientras mis zapatillas marcan el ritmo, mi mente se ordena. Pienso en los pendientes del día, en los sueños que aún quiero cumplir, o simplemente agradezco la dicha de poder moverme, sentir el aire frío de Quito y mirar cómo la ciudad despierta poco a poco.
He visto cómo La Carolina ha cambiado con los años. Recuerdo cuando la Tribuna de los Shyris era el centro de las Fiestas de Quito, llena de comparsas y música. Hoy, ese espacio se transformó en el Bulevar Conmemorativo Quito, Ciudad de Paz, un homenaje a Efraín Segarra, Paúl Rivas y Javier Ortega, los tres periodistas ecuatorianos que perdieron la vida cumpliendo su deber. Cada vez que paso por ahí, me invade una mezcla de tristeza y orgullo: la memoria sigue viva, y el periodismo se honra con árboles, flores y vida.
Seguir trotando por los casi cuatro kilómetros del parque es recorrer la historia de una ciudad que no deja de reinventarse. A cada paso, veo a jóvenes, adultos y adultos mayores haciendo yoga, grupos en bailoterapia, deportistas en el área de crossfit, familias paseando con sus mascotas y niños jugando en el colorido avión, ese ícono eterno que ha acompañado generaciones enteras y está casi en el centro del parque, que loco!! Un avión en medio de un parque.
En una de mis paradas para recargar energía está el “veci de los jugos de la Cruz del Papa”, donde un jugo natural recién exprimido se convierte en recompensa y excusa para conversar. El “veci” cuenta historias de atletas olímpicos que entrenan ahí y de cómo la pista naranja, instalada hace poco motivó a más gente a correr. Es verdad: Quito corre, respira y late en La Carolina.
Este parque es más que un espacio verde; es una comunidad. Aquí todos cabemos: quienes entrenan para una maratón, los que caminan al ritmo de su playlist favorita, los que se enamoran en las bancas, o quienes simplemente buscan un respiro después de un día largo.
La Carolina también nos enseña algo esencial: la ciudad cambia, pero su espíritu sigue siendo el mismo. Aquel que nos impulsa a encontrarnos, a cuidarnos y a redescubrir la belleza en lo cotidiano.
Cuando salgo del parque y miro los altos edificios de la Amazonas y República, pienso en el Quito moderno que crece hacia arriba, sin olvidar sus raíces. Entre tanto cemento y pantalla, este pedacito de naturaleza sigue recordándonos que, a veces, el mejor plan no es irse lejos… sino quedarse en Quito.





