Magaly Villacrés/Para Notimercio
Cada taza de colada morada me devuelve la voz de mi abuela diciéndome: «coma, mijo, coma». Ninguna receta iguala el sabor de su memoria servida en pan y olla grande.
Dicen que quien migra siempre tiene el corazón de viaje, porque donde se encuentre tiene ganas de volar, de volver… de degustar. Cuando alguien se marcha dice adiós también a los sabores, a los olores de un plato preferido, a la sazón de la madre y al secreto dulce de la abuela.
Ese aroma dulce que se cuela por los rincones de la casa cuando llega noviembre, y junto al tiempo de finados arriban las emociones, la memoria del gusto, la identidad, la conexión familiar. Es traer al presente un momento pasado de alguna reunión alrededor del caldero humeante, donde se cuece con paciencia el maíz negro, las especias y el gustillo dulzón que le añaden las frutas de temporada a la tradicional colada morada.
Parece que estar lejos no es solo arrastrar penas, también es arrastrar hambre. La añoranza de ver a mamá sonriente y cosida a su delantal, mientras cortaba fresas en finas rodajas, dispuestas sobre un plato como los pétalos de una flor; el zumo ácido y exquisito del babaco, la piña y las moras que pintaban de color y dulzor la preparación; la prole reunida y dispuesta a mecer con la cuchara de palo la olla del néctar púrpura que nos juntaba una vez más.
En Ecuador, los aficionados a esta bebida pueden saciar su deseo cualquier día del año, acudiendo hasta la parroquia de Atocha en la ciudad de Ambato. Una hilera infinita de diligentes vendedoras la ofrecen a un dólar por vaso, y la acompañan de una empañada de viento rellena de queso y salpicada por encima con azúcar.
Todos los días, al caer la tarde, este sector se vuelve colorido, vibrante y bullicioso por la llegada de hambrientos comensales. Jamás en la vida probarán manjares semejantes por humildes que parezcan.
La colada morada tiene la honradez natural de las comidas sencillas del pasado y su dulzura me devuelve a aquella caza erizada de recuerdos, de flores, de animales, de tibieza de hogar materno. Por ello, entre la añoranza y el rugir de mis tripas decidí prepararla, para aplacar la nostalgia y unirme a la distancia al recuerdo de la muerte, desde el otro extremo del mundo.
En un supermercado latino obtuve uno de los últimos paquetes de harina de maíz morado que quedaban; quizás no fui la única melancólica. Entusiasmada procedí a buscar los demás ingredientes. En España el mortiño no existe; a la naranjilla se la conoce por lulo; en vez de moras se utiliza arándanos y el exótico ishpingo fue reemplazado por la pimienta dulce. El arrayán, el ataco y otras plantas, las conseguí en un puesto de hierbas medicinales.
Una vez en casa y acompañada de un tutorial procedí a mezclar los ingredientes como quien prepara una pócima mágica para recuperar la juventud; esta vez, me concedía el pequeño milagro de sentirme en mi sitio natal.
Cómo puede caber tanto amor en una olla de colada morada, quizás la respuesta sea que la felicidad reside en lo simple, en los matices que trae una bebida sazonada con raíz de identidad, con recuerdos de familia.
En un mundo que corre continuamente, las tradiciones nos ofrecen un espacio propio. Una forma de conectar con lo profundo del ser humano, donde podemos saborear los momentos con un poco más de gratitud. Porque de eso se trata la vida; de avivar la memoria con una taza de colada morada.





