Las brujas de Chambo

Abi Cadena
4 Min Read

Dorys Rueda, Investigadora / Para Notimercio

Leyenda de Chimborazo: En San Juan, los abuelos contaban historias de brujas que de día parecían comunes, pero de noche volaban, hacían pactos y se transformaban en culebras, dejando misterio y temor en el barrio.

Mis abuelos contaban historias de brujas sin levantar la voz. No exageraban. Las decían casi como si hablaran de cualquier cosa. Decían que eran mujeres que volaban, que habían hecho pacto con el diablo o con fuerzas del más allá, de esas que uno no entiende bien, pero que es mejor no andar nombrando mucho.

Decían que vivían en el barrio de San Juan, en Chimborazo. Que no eran mujeres comunes, aunque de día podían parecerlo. Que bastaba una sola mirada para que la desgracia alcanzara a cualquiera. Por eso, cuando el viento soplaba fuerte y la noche se cerraba, la gente prefería no salir. No era miedo exagerado, decían. Era cuidado.

Una de las historias que más se repetía era la de una niña del barrio. Contaban que estaba jugando con otras, como cualquier tarde, sin pensar que algo raro podía pasar. Corrían, reían, estaban distraídas, cuando apareció la mujer. Todos la conocían. No hacía falta decir quién era. Bastaba verla.

La mujer se acercó y dijo una palabra extraña, algo como “¡Cuyembite!”. No la dijo fuerte ni gritando. La dijo así nomás, como quien señala algo sin importancia. Después, algunas decían que quiso decir culebrita, pero que la palabra le salió torcida. Nadie tuvo tiempo de pensar mucho más.

De pronto la mujer ya no estaba. No se fue caminando ni corriendo. Simplemente desapareció. Y, en el mismo lugar donde había estado, apareció una culebra. Así, sin más. No hubo ruido ni aviso. La culebra se quedó quieta un momento, como si siempre hubiera sido eso.

Las niñas se quedaron un segundo sin entender. Después gritaron. Cada una salió corriendo para su casa, llorando, sin mirar atrás. La niña lo contó una y otra vez, siempre igual. Algunos no le creyeron al principio. Los mayores, en cambio, al oírla, asentían con la cabeza. Decían que eso ya había pasado antes, que no era la primera vez.

Desde entonces, esa historia siguió pasando de boca en boca. Cada vez que se hablaba de brujas en San Juan, volvía. La de la mujer que se volvió culebra delante de una niña.

Los mayores también juraban que esas brujas se subían a las escobas y salían volando desde el barrio, perdiéndose en el cielo. Decían que no era un vuelo corto. Se las veía alejarse hasta volverse pequeñas, apenas un punto oscuro contra la noche. Algunos aseguraban que cruzaban montes, ríos, fronteras. Que llegaban a Colombia, a Venezuela, quién sabe a cuántos otros lugares. Nadie sabía bien cómo, pero todos decían lo mismo.

Decían que allá no iban de paseo. Que mientras volaban hacían tratos, arreglos, pactos con el demonio. Cosas que después se sentían aquí abajo, en la vida de la gente que se quedaba sin saber nada. Un negocio que se caía, una desgracia que aparecía de golpe, una suerte que cambiaba sin explicación. Todo eso, decían, venía de esos viajes.

Y lo más raro era que regresaban al día siguiente como si nada. Volvían temprano, tranquilas, sin mostrar cansancio. Caminaban por el barrio como cualquier otra persona. Saludaban. Seguían con su vida. Como si no hubieran cruzado cielos ni países. Como si ese viaje largo hubiera sido apenas una vuelta en la noche, algo que no dejaba huella.

Share This Article
No hay comentarios