Valeria Beltrán / Para Notimercio
En el corazón del sur de Quito, un ancianato se convierte en refugio de memorias. Entre risas apagadas, relatos que huelen a pan recién horneado y silencios que pesan más que los años, los abuelos del lugar comparten historias que oscilan entre la gratitud, la nostalgia y el abandono. Allí, el tiempo no solo se cuenta en días, sino en recuerdos que todavía arden en la memoria.
El portón verde de un ancianato ubicado en el sur de Quito, chirría al abrirse, como si anunciara que dentro, el tiempo corre a otro ritmo. Desde afuera parece una casa común, pero al cruzar la puerta, la vida adquiere un tono distinto: el aire huele a sopa caliente, a eucalipto recién hervido y a jabón de ropa. En un patio lleno de geranios, un grupo de adultos mayores conversa, ríe y recuerda. Cada uno con una historia que carga a cuestas como un abrigo pesado, pero que todavía calienta.
Al acercarme sigilosamente a don Ernesto, me comentó que tiene 84 años. Tiene una boina gris y una sonrisa que se asoma tímida, como quien no quiere molestar. En su mano sostiene una fotografía vieja, doblada en las esquinas. “Aquí estamos mi esposa y yo, en el Panecillo, el día que cumplimos diez años de casados”, dice, mientras sus dedos tiemblan un poco. “Ella se me fue hace doce años, en ese momento fue cuando mis hijos decidieron dejarme aquí. Al principio me visitaban… pero luego la vida los llevó por su camino. Ya sabe, el trabajo, los hijos, el tiempo. No los culpo, pero si los extraño”.
A unos metros, en una banca junto a la ventana se encuentra otra abuelita de nombre Celia, mientras teje una bufanda de lana naranja, me comenta con alegría que sus nietos la visitan todos los domingos y que el ancinato ha sido su lugar seguro, porque además de no sentirse una carga para su familia, con la atención que le brindan se y las visitas familiares, está feliz.
El ancianato no es muy grande, tiene tres habitaciones compartidas, un comedor, una pequeña capilla y un patio donde cada mañana los abuelos se sientan a tomar el sol. Las paredes están cubiertas de dibujos que voluntarios suelen traer: paisajes, flores y retratos. Cada trazo parece un intento por atrapar algo que se escapa: la juventud, la compañía, el pasado.
Por otro lado, se encuentra doña Rosario, ella me comenta que vive sola en la ciudad, vino al ancianato por una vecina, que al verla sola decidíó que para sentire más acompañada, era mejor estar en ese “Mis hijos viven en Guayaquil, trabajan mucho, me llaman de vez en cuando. Pero no es lo mismo. Uno quiere ver las caras, los ojos. El teléfono no abraza.” Dice con nostalgia.
A la hora del almuerzo, los cuidadores, vestidos con uniformes celestes, sirven los platos mientras suena una canción andina de fondo. Algunos tararean; otros solo escuchan. El sonido de los cubiertos contra los platos se mezcla con las risas y con la voz de don Luis, el bromista del grupo. “Aquí nos rejuvenecemos, aunque sea de la cabeza”, dice, y los demás sueltan carcajadas. “Yo vine por mi cuenta, ¿sabe? Vivía solo. Tenía miedo de morirme y que nadie se entere. Al menos aquí hay ruido y gente que me escucha. Envejecer no es malo, lo malo es hacerlo sin testigos.”
Por los pasillos del ancianato se mueve Carmen, una enfermera joven de voz serena. Ha aprendido a conocerlos a todos por la forma en que respiran. “Hay días en que los abuelos se levantan con ganas de hablar, y otros en que no quieren decir nada. Yo los dejo, a veces solo necesitan compañía, no palabras”, comenta. “Yo he aprendido más de la vida escuchándolos que en cualquier aula”, agrega.
El reloj del comedor marca las cinco de la tarde. Afuera comienza a lloviznar, y el sonido de las gotas contra el techo de zinc se mezcla con el rumor de las tazas de café. Algunos miran la lluvia, otros se acurrucan bajo las mantas. Don Ernesto vuelve a sacar su fotografía. “Cuando era joven vendía flores en la 10 de Agosto”, cuenta, mientras mira por la ventana. “Sabía las estaciones por el olor de las rosas. Ahora ya no huelo tan bien, pero todavía me acuerdo.”
En una esquina, doña Celia termina su bufanda. La dobla con cuidado, la huele y la guarda en un cajón. “Es para mi nieta. Me gusta pensar que, aunque no siempre estoy con ellos, algo mío se queda allá afuera.” Su frase resume, quizá, lo que todos sienten: el deseo de permanecer, aunque el cuerpo envejezca y la vida se vuelva más lenta.
Pero no todas las historias tienen consuelo. Don Germán, de 87 años, no recibe visitas desde hace tres años. “Tengo hijos, sí, pero ya no sé dónde están. Me acuerdo de sus nombres, no de sus rostros. A veces sueño que vienen y me despierto creyendo que los oigo. Pero no… solo es la puerta del viento.” Habla despacio, con la voz casi apagada. “Aquí la gente me trata bien, pero el corazón no entiende de cuidados. El corazón quiere familia.” Después se queda callado, en su mesa hay un crucifijo de madera que acaricia de vez en cuando, como si esperara que le conteste.
Esa mezcla de historias las felices, las tristes, las melancólicas se siente en cada rincón del ancianato. No es un lugar de olvido, aunque el silencio a veces parezca decir lo contrario. Es, más bien, un refugio de memoria. La memoria de los que fueron padres, madres, obreros, maestras, campesinos, quienes construyeron la ciudad mientras hoy, desde un rincón al sur, miran cómo el mundo sigue girando sin ellos, aunque aún les quede tanto por contar.
Conversando con Carmen, la enfermera, me dice que los abuelos se reúnen frente a la televisión. Ven una novela, comentan los chismes del día, se desean las buenas noches y cada uno se retira a dormir. En el pasillo queda encendida solo una luz amarilla. En la pared, un cartel escrito a mano dice: “Aquí no se envejece, se recuerda.”
Y es cierto, en el ancianato, más que un hogar de paso, es un lugar donde las voces que se niegan al olvido, encuentran compañía en la palabra y en la mirada del otro. Son voces que, aunque el cuerpo les falle, todavía tienen algo que decirle al mundo: que la vejez no es el final, sino el eco persistente de todo lo que alguna vez fuimos.
Allí, entre la lluvia, las bufandas tejidas, las fotografías antiguas y los recuerdos que se niegan a morir, el tiempo sigue andando despacio. Pero sigue andando.
Porque mientras alguien recuerde, mientras alguien escuche, los días en el ancianato no son días de espera, sino días de vida.





