Pacto con el diablo

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Dorys Rueda, Investigadora / Para Notimercio

Leyenda de Imbabura: Relatos familiares en Otavalo narran pactos con el diablo hechos por ambición, donde la riqueza llega rápido pero el precio es el alma. Transmitidas como advertencia, estas historias recuerdan que la ganancia fácil siempre cobra una deuda imposible de saldar.

Desde niña, en las largas sobremesas familiares en Otavalo, mis padres nos contaban a mis hermanos y a mí historias que nos dejaban con los cabellos de punta. Las recuerdo bien, sobre todo en las noches frías, cuando el viento silbaba entre las carpas del antiguo Mercado 24 de Mayo, justo frente a nuestra casa. 

Mi padre, con su voz grave y pausada, hablaba de hombres y mujeres que, llevados por la desesperación, habían hecho pactos con el diablo. Eran historias que nos fascinaban y nos asustaban al mismo tiempo, sobre todo cuando después nos íbamos a la cama y nos tapábamos hasta la cabeza, como si las mantas pudieran protegernos de cualquier sombra que se colara en la habitación.

Decía que el diablo no aparecía de golpe ni hacía ruido. Al contrario, llegaba bien vestido, con un traje negro impecable, de esos que casi no se ven por Otavalo. Alto, delgado, de rasgos finos, demasiado correctos. La piel pálida y los ojos oscuros, profundos, de esos que uno no sostiene mucho rato sin sentirse incómodo.

No se aparecía de la nada, repetía. Solo se aparecía si alguien lo invocaba, ya cansado de su vida y convencido de que el dinero era la única salida. Entonces ofrecía lo que más le faltaba: dinero, amor, joyas, tierras, una vida distinta. Claro que nada de eso era gratis. Pedía el alma. Así, sin rodeos.

Después venía lo del trato. Mi padre decía que no bastaba con dar la palabra. Había un papel, un acuerdo que se firmaba, a veces con sangre —eso se decía—, para que no quedara duda. Ese papel se guardaba en algún lugar escondido y, aunque nadie más lo viera, la persona sabía que estaba ahí. Y eso ya no lo dejaba tranquilo.

Las historias cambiaban en los detalles, pero todas coincidían en una cosa: la hora. Siempre de noche. Y el lugar lo escogía él. Bosques apartados, caminos abandonados, quebradas y cementerios viejos. Sitios donde uno no se queda quieto mucho tiempo. Mi padre decía que en esos lugares el aire se sentía distinto, más pesado, como si algo estuviera esperando.

Después del pacto, el cambio era rápido. Demasiado rápido. El que había sido pobre amanecía con dinero. Aparecían las casas, las tierras, las joyas. Los negocios salían bien, sin esfuerzo, y el pueblo miraba, porque siempre mira. Empezaban los comentarios, dichos bajito, casi al pasar: que algo raro había ahí, que no todo podía ser suerte.

Pero el tiempo pasaba… y cuando se cumplía lo acordado, el diablo volvía a cobrar. No fallaba. Algunas historias decían que hubo quienes intentaron engañarlo y lograron ganar algo de tiempo. Muy pocas. La mayoría no sabía qué hacer cuando llegaba la hora.

Entonces el miedo aparecía tarde y la persona corría a la iglesia, buscaba al cura, pedía perdón como podía. Los sacerdotes rezaban, bendecían, usaban agua bendita. 

Cuando terminaba las leyendas, mi padre las cerraba de la misma manera. Se quedaba un momento en silencio y luego decía, casi sin mirar a nadie, que por algo esas historias se seguían contando. No para asustar a nadie, sino para no dejarse llevar por la ambición, porque el dinero se termina, los bienes se pierden… y el alma no se recupera tan fácil.

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