Los brujos de mira

Abi Cadena
5 Min Read

Dorys Rueda, Investigadora / Para Notimercio

Leyenda de Carchi: Un viajero se enfrenta en Mira a una escena inquietante cuando presencia la transformación de un hombre en gallo, provocada por una misteriosa mujer. La experiencia se intensifica al ver el pueblo envuelto en un fuego sobrenatural, confirmando, Mira es tierra de brujos.

Esta historia la escuché desde niña, muchas veces, y siempre se contaba igual. Mi tío decía que no era un cuento, que le había pasado a él. Y con eso, ya no hacía falta decir nada más.

Ocurrió en uno de esos viajes que hacía el hermano de mi padre, con el camión cargado de mercadería rumbo al Carchi. La noche lo alcanzó en el camino y decidió parar en una posada de Mira para comer algo y descansar. Nada fuera de lo común. Una casa cualquiera, de esas donde siempre hay sopa caliente y alguien dispuesto a conversar.

La muchacha que atendía era simpática. Le contó que tenía esposo, pero que todavía se tardaba en regresar. Mientras tanto conversaba con un joven que estaba ahí desde antes. Entre ellos se notaba confianza, como la de buenos amigos. Mi tío pensó que así debía ser. No había motivo para pensar otra cosa, hasta que el marido apareció.

Entró sin anunciarse, como quien llega a su propia casa. En ese mismo momento, la mujer miró al muchacho y levantó el dedo índice, moviéndolo despacio, de arriba abajo, como dando una orden. Fue cosa de segundos. El muchacho que estaba con ella dejó de ser persona. Ahí mismo, delante de todos, se volvió un gallo. Se fue a un rincón y empezó a cacarear. Nadie dijo nada.

Mi tío se quedó sin aliento, aterrorizado. Lo que más le impresionaba era la calma de la joven. Empezó a servir la comida a su marido con toda naturalidad. Luego conversaron de lo suyo, de las cosas del día a día, como si nada extraño estuviera pasando, mientras el gallo andaba por ahí, picoteando el suelo sin parar.

Cuando terminaron, el marido se levantó, se estiró un poco y dijo que tenía que ir a ver el ganado. Se despidió sin apuro y salió, como quien hace lo de siempre.

Apenas cruzó la puerta, el gallo empezó a cambiar. Primero se quedó quieto, luego las plumas fueron desapareciendo, las patas se alargaron, el cuerpo volvió a ser cuerpo. El joven se levantó, como si nada hubiera pasado. La muchacha ni siquiera se dignó en mirarle.

Ahí fue cuando el miedo alcanzó a mi tío. Se levantó, se despidió como pudo y salió corriendo hasta la casa más cercana, donde pidió quedarse ahí esa noche. 

Se acostó asustado y, cuando al fin logró dormirse y dejar atrás la imagen de la joven y el gallo, se despertó de golpe, con el corazón acelerado. Algo no estaba bien.

Se acercó a la ventana y miró hacia el pueblo.

Mira estaba cubierto de fuego. Las casas, las calles, los árboles… todo parecía arder. Pero no era un incendio como los de verdad. El fuego no quemaba nada, no se derrumbaba nada, no destruía nada. Las llamas se movían despacio, como si bailaran sobre el pueblo, iluminándolo todo.

Entonces recordó lo que siempre se decía de Mira: que era tierra de brujos; que allí se reunían de noche; que hacían rituales, pactos, cosas que era mejor no nombrar. Y entendió que lo que estaba viendo tenía que ver con todo eso.

Pasó la noche en vela, esperando que aclarara. Cuando el sol empezó a salir y las llamas se apagaron solas, mi tío recogió sus cosas y se fue sin despedirse. Decía que, mientras se alejaba, no podía sacarse de la cabeza el dedo de la muchacha, el gallo en el rincón y el pueblo ardiendo sin quemarse.

Share This Article
No hay comentarios