Ana María Molina/Para Notimercio
La colada morada no nació conmigo, pero me adoptó. En su aroma noté que hay tradiciones como el cariño que no necesitan pasaporte para sentirse en casa.
En el Guayaquil de mi infancia, la colada morada era casi un mito. Algo que se mencionaba en los noticieros de noviembre, junto con las guaguas de pan, pero que en casa nadie preparaba. Con el calor de la Costa, una bebida caliente no tenía cabida. En esa ciudad mía, de brisa salada y jugos fríos, las tradiciones andinas parecían ajenas, de otro mundo.
Fue recién al mudarme a Quito cuando entendí que la colada morada no es una receta, sino un ritual. En mis primeros años en la capital me sorprendía ver cómo, alrededor de la cocina, se reunía la familia entera. Recuerdo especialmente la casa de una querida amiga, donde cada primero de noviembre la colada de su madre era legendaria. Desde temprano empezaban los preparativos: las ollas enormes, las frutas cortadas, el olor a canela, clavo y mortiño que lo llenaba todo. Llegaban primos, amigos, vecinos. La mesa se llenaba de historias y carcajadas. Y yo, invitada fija, observaba con ternura esa costumbre que convertía el recuerdo en encuentro.
Descubrí que la colada morada no se sirve, se comparte. Es la excusa perfecta para reunir lo que el tiempo y las distancias dispersan. Tiene el poder de convocar, como pocas cosas, a la memoria y al afecto.
Años después, conocí el punto máximo de esta receta en casa de mi cuñada Lori, que la prepara como los dioses del Olimpo. Nadie sabe su proporción exacta de frutas ni cuánto tarda, pero todos coincidimos en que su colada tiene un equilibrio perfecto: ni muy espesa ni muy dulce. Alrededor de su olla se repite, año tras año, el mismo milagro: la familia se junta, recordamos a los que ya no están y, entre risas y nostalgias, nos reconectamos con lo esencial: el amor, la memoria, la gratitud.
Yo no me atrevo a prepararla — sería un papelón competir con la de Lori —, pero la disfruto con respeto y alegría, como quien participa de un rito que ya siente propio. Cada noviembre, mientras la cuchara se hunde en esa mezcla morada y fragante, pienso que hay sabores que nos adoptan, aunque no hayamos nacido con ellos.
La colada morada me enseñó que las tradiciones, como los afectos, no conocen fronteras. A veces basta con abrir el corazón para que un aroma o un sabor nos recuerden que todos, en el fondo, buscamos lo mismo: sentirnos en casa.
El valor nutricional de la colada morada
Los beneficios nutricionales de esta bebida ancestral muchas veces son desconocidos por los consumidores.
- Maíz morado: Este tipo de maíz rico en antocianinas, potentes antioxidantes naturales que ayudan a reducir el riesgo de enfermedades cardiovasculares, proteger las células del envejecimiento y fortalecer el sistema inmunológico.
- Mortiño: Es una fuente importante de vitamina C, necesaria para la formación de colágeno, la absorción del hierro y el fortalecimiento del sistema inmunológico.
- Naranjilla: Aporta un toque ácido y es rica en fibra soluble, lo que favorece la salud digestiva. Ayuda a regular el tránsito intestinal y puede contribuir a controlar los niveles de colesterol.
- Piña: Contiene bromelina, una enzima digestiva natural que ayuda a descomponer las proteínas, favoreciendo la digestión. También en vitamina C.





