La calle Cuenca, a las 4:00 p.m. más que pavimento es una memoria que exhala espesor. La piedra andesita —la misma que los canteros del XVI sacaron del Pichincha— guarda el sol y lo devuelve en una densidad que se adhiere al infinito. Sobre ella caminamos: Jorge, Nati y yo.
Estamos entre unos 13° y 15°.En la entrada de La Merced, los organizadores del recorrido: audioguía de campanarios: un sonido inunda el aire, sostienen los estandartes.
Este encuentro se integró a la agenda del XXIV Festival Internacional de Música Sacra 2026 y fue concebido como propuesta auditiva e inmersiva para enlazar la historia con los tañidos que desde siglos han cohabitado con la dinámica de la ciudad.
El equipo liderado por Giulianna Zambrano va al frente; otros van a los laterales para resguardar la marcha y un guía cierra el fondo. El grupo al cual nos integramos lo conforman unas 20 personas.
Jorge nos traza el mapa en voz baja:
“Seguimos por toda la Cuenca hasta San Francisco, luego bajamos por Rocafuerte hasta Santa Clara, más adelante el Carmen Alto. Doblamos enseguida por la García Moreno. Pasamos la Bolivar y llegamos a un edificio patrimonial de tres plantas que remata en la terraza. Retomamos la marcha hasta la Compañía para concluir en la Plaza de la Independencia junto a la Catedral Metropolitana”.
En la primera parada, el aire huele a incienso reducido a ceniza. La escalera está desgastada por los pasos de los religiosos y de la feligresía.
La pared, al tacto, devuelve una humedad proveniente de siglos condensados. En un descanso, una ventana diminuta deja pasar un haz de luz donde flota el polvo del tiempo.
Jorge reafirma un dato que se destaca en las grabaciones: “Eran el reloj, la alarma, el aviso. Un lenguaje sonoro que la ciudad entendía sin leer. Cada tañido tenía un significado: alegría, luto, peligro, oración”.
La García Moreno —anteriormente calle de las Siete Cruces— se convierte en un hilo que une el Panecillo con San Juan. En la calle Chile, los vendedores de comida prenden sus hornillas; el humo sube en espiral hasta confundirse con el sopor de la tarde.
Se enumeran los eventos más significativos de la ciudad con pinceladas poéticas y nostálgicas, se recuerdan oraciones, grietas y terremotos mientras de fondo emergen cantos gregorianos.
Giulianna Zambrano narró las audioguías, y también la escritura colaborativa hecha por un equipo, entre ellos Pablo Molina, Isadora Ponce, Denisse Sarzosa, María Mena, Alejandro López, Anita Méndez, la producción por parte de Luisa Seif, con apoyo de la FTNS y el IMP y demás instituciones.
Salimos a la calle Chile. En la esquina Cuenca y Mideros, nos detenemos. La cúpula de La Compañía deslumbra y se impone contra un horizonte de algodón. Los puestos cercanos ofrecen platos humeantes.
Caminamos por la calle Cuenca con el poniente a la derecha. Las fachadas se engalanan con sus portones de madera tallada. Los artesanos ofrecen sus creaciones, los artistas muestran a sus marionetas, sus pinturas al óleo, o interpretan sus instrumentos.
Llegamos al templo de San Francisco. La fachada de la iglesia —la más antigua de la ciudad— parece un retablo.
Las palomas se aglomeran y están por doquier. Nati, la única niña participante del recorrido, quiere corretearlas y verlas volar.
Jorge nos indica que: “La mano de obra fue indígena. Traían a los hombres de los pueblos de los alrededores. No solo pusieron los muros: el diseño lleva su impronta, una manera de disponer el espacio y la materia que no es del todo europea. Una hibridación. Un mestizaje que aquí, en Quito, está muy presente”.
Retomamos la calle Cuenca. Pasamos frente a Santa Clara hasta la esquina de Rocafuerte. Jorge nos explica con susurros: “miren en las faldas del monte el rastro de las quebradas, Quito estaba encajonado entre ellas. La más grande, la de Jerusalén, fue rellenada y ahora es la 24 de mayo”.

Luego, por Rocafuerte, llegamos a la iglesia de Nuestra Señora del Carmen Alto.
Seguimos por la García Moreno. Allí se ubica la Secretaría de Hábitat y Movilidad.
Desde su terraza, la ciudad se abre en una vista de 360°: al poniente, el Pichincha recortado contra el cielo que aún conserva luz; al frente, el San Francisco tendido hacia el norte.
La gente se dispersa por un par de minutos para tomarse fotos. Jorge se queda con nosotras y nos regala un poco de su mirada profunda. Una mirada que, como antropólogo, lingüística e historiador, ha consolidado por décadas de investigación: “En la lengua que se hablaba aquí antes de los incas, es posible que Quito haya significado ‘tierra de quebradas’. No la ciudad del medio, no la llanura, sino la topografía original: un territorio encajonado por grietas profundas que los españoles rellenaron, pero no pudieron borrar. Ese es el nombre que viene de la tierra”.
Bajamos. Pasamos frente a La Compañía. Llegamos a la Catedral, en la esquina con la Plaza de la Independencia.
En ese instante, las campanas de la Catedral empiezan a sonar. El grupo queda en silencio. El tañido llena la plaza, se mete en la piedra, en los huesos. Jorge susurra: “Este centro fue declarado Patrimonio de la Humanidad en 1978. Es el más grande y mejor preservado de América Latina”.
Cerramos la actividad. Nos invitan a pasar por el Instituto Metropolitano de Patrimonio. El libro Campanas de Quito: el sonido de la historia llega a nuestras manos, y nos recuerda que un fragmento de la historia contiene el eco de siglos y el compás de bronce que une cielo y tierra en cada tañido, testigo eterno del corazón quiteño.
La temperatura ha bajado a unos 10°; huele a tierra mojada.
Encontramos un local y comemos sándwich de pernil. El pan está tibio, la carne desmenuzada, las especias se quedan en el paladar. Para cerrar la merienda salimos por unas donas.
Son las 7:00 p.m. cuando volvemos a La Merced. Hay gente entrando. Adentro, las bancas se llenan. Nos sentamos cerca de la nave lateral izquierda, donde la luz se refleja en los retablos dorados.
El Cuarteto Latinoamericano sube al presbiterio. Vienen de México. El programa se llama “Hilo Invisible”.
Cuando empiezan a tocar los instrumentos, la acústica de las iglesias coloniales magnifica la música litúrgica; por ello era idóneo el concierto en ese espacio, ya que las bóvedas de cañón corrido atrapan las cuerdas y las devuelven multiplicadas.
El violín habla donde antes colgaban rezos que invocaban salvación; la viola respira en el mismo aire en el que vimos polvo flotando; el violonchelo hace temblar el suelo de piedra.
El recital termina poco después de las 8:00 p.m. Afuera, la calle Cuenca está mojada por la llovizna de marzo. Los adoquines brillan como espejos rotos bajo los postes. La temperatura sigue descendiendo, pero algo en el pecho mantiene el calor.
El viernes 27 de marzo de 2026 comenzó con unos 15° y el sol sobre la piedra volcánica, y culminó con unos 9° y una llovizna sobre los adoquines de la calle Cuenca.
Un grupo recorrió las calles de Quito, guiado por estandartes y por una voz que les reubicó desde la inmediatez del presente hasta los destellos provenientes de los confines del ayer.
Se detuvieron en las esquinas donde la piedra custodia el andar del tiempo.
Ahora, cuando transite por el Quito colonial y mire hacia arriba, sabré que allí se encuentran, vigilantes, las guardianas de un hilo invisible que respira, y que vibra en el pecho de quienes por generaciones, han sabido escuchar el mensaje protector de los campanarios.





