Liliana Chiquinquira Medina para Notimercio.
La historia de Gisèle Pelicot recorre más de cinco décadas de amor, engaño y una violencia oculta que salió a la luz en uno de los casos más impactantes de Francia.
El 1 de noviembre de 2020, Gisèle Pelicot adelantó la mesa para el desayuno.
Sacó el tarro de miel, ordenó las servilletas y alistó la ropa de su marido: pantalón de pana verde botella, polo rosa.
Dominique tenía una cita con la policía al día siguiente a las 9:30 a.m. No usó el atuendo escogido por su esposa.
Él la había mirado con los ojos húmedos dos meses antes, cuando lo apresaron por indecoro. Le prometió que iría a terapia.
Ella llevaba medio siglo creyéndole.
En abril de 2026, en la isla de Ré, Gisèle coloca la mesa desde la noche anterior.
Jean-Loup la reconforta. Tiene 72 años, fue auxiliar del Concorde, ese dardo de metal que desafió al tiempo hasta convertir al Atlántico en un suspiro de plata.
Dominique tuvo el mismo oficio. Los dos hombres en la vida de Gisele compartieron el cielo, pero uno convirtió su hogar en un averno y el otro, en refugio de redención.
Se conocieron en 2023, previo al juicio, a través de amigos comunes.
Ella enfrentaba el escrutinio. Él enviudó.
“Ni lo esperábamos en absoluto”, declaró.
Ella abordó ese último vuelo del avión legendario que la vida llama amor.
Gisèle Marie Françoise Guillou nació en Alemania el siete de diciembre de 1952, es hija de un militar francés.
A los cinco años se fue a Francia. Cuando tenía nueve, su madre murió en la cocina de su casa. Tenía cáncer.
Decidió perseguir la felicidad por voluntad.
Se describe a sí misma como un “pequeño soldado de plomo de la alegría”: “le petit soldat de plomb de la Joie”.
Revela que, a sus 19 años, al conocer a Dominique Pelicot, fue “amor a primera vista”.
Se casaron en 1973. Tuvieron a David, Caroline y Florian.
Gisèle trabajó como gerente de logística en Électricité de France. Ella mantenía el hogar mientras él no podía hacerlo.
Vivían a las afueras de París, y desde la jubilación fueron a Mazan, Provenza, al suroeste de Francia, a su “casa de la felicidad”, bordeada de olivos y del canto de chicharras en verano.
“Nunca vi la cara B de mi esposo”, admitió.
El 2 de octubre de 2020, Gisèle estaba sentada junto a una cancha de tenis, mirando a su nieta golpear la pelota.
Vio una llamada perdida. Cuando la devolvió, un policía llamado Laurent Perret le preguntó si sabía que su marido filmó bajo las faldas de mujeres en un supermercado.
Le dijo que sí y que solicitó que pidiese las disculpas y fuese a un psicólogo.
“Le perdoné, porque sé que no es propio de él”, le dijo a Perret. “Nos llevamos bien, por eso seguimos juntos”.
Después de esa llamada, Gisèle se contempló a sí misma como una intrusa.
En la comisaría de Carpentras, un policía la apartó. Le mostró dos fotos de una mujer inconsciente.
Ella no se reconoció.
Entre 2011 y 2020, Dominique Pelicot la drogó y, sin su conocimiento, según consta en la investigación judicial, concertó abusos con más de 80 extraños.
Gisèle no lo recuerda. “Descubrí que durante 10 años me habían robado la memoria y el cuerpo”.
Llamó a sus hijos.
Recuerda el grito de Caroline, “casi inhumano”.
El shock de David.

La pregunta de Florian: “¿Cómo estás, mamá?”
Fue, ha dicho, lo más difícil que ha hecho en toda su vida.
Cuando el juicio comenzó, en septiembre de 2024, la ley francesa le garantizaba el anonimato. Gisèle decidió que fuese público.
Soportó cuatro meses de testimonios, de enfrentarse a los hombres que habitaron su cama mientras ella dormía.
Hubo 51 condenas, 20 años para Dominique Pelicot.
Salió del tribunal con una antorcha que se releva de manos.
Según la Solidarité Femmes, durante el juicio público se registraron seis veces más llamadas a la línea 3919, habilitada para dar soporte y orientación a víctimas de violencia sexual.
Las operadoras escuchaban frases como: “su caso me recuerda al mío”.
Mujeres que durante años habían sospechado de un vacío, un mareo, una noche sin memoria, de pronto se reconocían en Gisèle.
Según datos del Hospital de la Pitié-Salpêtrière, en 2022 ya se habían registrado cerca de 2 mil denuncias por sumisión química, un aumento del 69%.
Víctimas que, inspiradas por ella, se armaban de valor para hablar.
El efecto Gisèle quedó ligado a un cambio legal histórico.
En octubre de 2025, el Parlamento francés aprobó una reforma del código penal: la violación definida por la ausencia de consentimiento.
Al final del juicio, Jean-Loup estaba allí.
Durante el proceso, imprimió las 400 páginas del escrito de acusación para que ella pudiera leerlas. Ajustó los equipos para que viera, a solas, los videos.
Gisèle Pelicot no quiere ser recordada solo como “la víctima del caso de Mazan”.
“Soy una mujer normal”, sostiene. Cuando las editoriales llamaron después del proceso legal, lo pensó. La periodista Judith Perrignon fue la elegida.
Viajó por 11 meses a la isla de Ré, que se abraza a la costa oeste de Francia, suspendida en el Océano Atlántico frente a La Rochelle. Pertenece a la región de Nueva Aquitania, y se estira como un brazo de tierra de 30 kms. de largo, unida al continente por un puente curvado de casi 2,9 kms. que parece flotar sobre el oleaje.
Se sitúa a medio camino entre las ciudades de Nantes y Burdeos. Emerge entre dos estrechos: el de Pertuis Bretón al norte y el de Antioche al sur.
Sentadas frente al mar, con la grabadora encendida, hablaban.
Cual artesanas de la palabra, procedieron a extraer de la memoria los fragmentos que podían sostenerse, descartar los que solo alimentarían el morbo.
Gisèle quería contar una vida completa. La infancia, los hijos, los viajes. También las grietas.
El libro se titula “Et la joie de vivre” (“Y la alegría de vivir”). En español, “Un himno a la vida”.
Salió el 17 de febrero de 2026, en 22 idiomas.
En France 5, se le preguntó por la palabra “víctima”.
Ella respondió: “Je suis une femme debout aujourd’hui” —“Soy una mujer en pie hoy”.
Cuando el New Yorker la entrevistó, percibieron algo: “Hay una luminosidad inesperada” en ella.
Sus ojos oscuros brillan tras las gafas de montura roja.
“Si no amo, no existo”, dijo a National Public Radio, después de 10 años en que su cuerpo fue territorio de otros, ella todavía puede amar.
«Estoy viva y me autorizo a ser feliz», declaró en febrero de 2026.
En la isla de Ré, Gisèle y Jean-Loup caminan por la playa, él con su insignia roja donde se lee: «Shame must change sides».
Su lucha fue para que la justicia fuera visible.
Planea visitar a su exesposo en prisión. Quiere preguntarle: “¿Por qué nos ha traicionado hasta ese punto?”. Quizás sea a finales de 2026.
En cuanto a sus hijos, según relató el New York Times, tras el arresto fueron a la “casa de los horrores” para desmantelarla.
Caroline rompió todas las fotos familiares. Fundó una asociación contra la sumisión química y publicó su libro: “Y dejé de llamarte papá”.
“El sufrimiento de Caroline me conmueve”, ha dicho Gisèle. “Ella tiene una ira que yo no tengo”.
David mantiene silencio.
Florian se reconstruye.
“El drama no reúne a una familia, es una deflagración que lo arrasó todo”, declaró en France 5.
La luz del faro del Cabo de les Baleines, atraviesa el mar por las noches.
Gisèle lo visita a menudo. Se sienta en una roca, percibe la sal contenida en el viento. Jean-Loup va con ella o la espera en casa con la sopa caliente.
Ellos hablan de las mareas, del pan, de si cerrarán las ventanas ante una tormenta.
Cuando Gisèle pone la mesa, contempla la vida mientras el agua hierve. Jean-Loup dormirá todavía.
En ella habita el soldadito de plomo que, como el cuento de Andersen, yace firme sobre una sola pierna y resiste desde las trincheras de lo cotidiano.






