La dignidad de los objetos

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Los objetos pueden tomar otro sentido.

Liliana Chiquinquirá Medina/ Para Notimercio

A partir del recuerdo de una vecina que transformaba desechos en objetos llenos de vida, este texto explora el valor cultural y simbólico de reparar. Frente a la obsolescencia programada, rescatar lo descartado se convierte en un gesto íntimo de memoria y resistencia.

En 1991 tenía 13 años y quise ver a la señora Isabel, vecina originaria de la Guyana Inglesa.

Mamá le dijo: “Vinimos porque a Liliana le gusta como habláis vos y le gusta tu casa”.

Menuda, de piel canela, pelo cortísimo, encanecido y con cierto aire hindú, respondió sonriente: “Pasar por favor”.

En la entrada había una hilera de lenguas de suegra y en sus extremos estaban enclavadas cáscaras de huevos con puntos y rayitas de colores.

Los rincones contenían cosas que habían sido otra cosa antes: frascos de conserva convertidos en floreros, latas de galletas como costureros, una tetera oxidada que pasó a ser maceta.

Isabel sostenía un tarro de vidrio lleno de caramelos y, con dulzura, decía: “agarrar unos, yo forrar tapa con retazos”.

Los muebles rococós, de mimbre o pino, enseñoreaban la morada de cemento y asbesto. “Respiraban eclecticismo”, según leí años después.

Afuera colgaban móviles hechos con pedazos tubulares de metal de diferentes grosores y longitudes o caracoles. El viento les hacía chocar entre sí.

Al caminar, las suelas rozaban la superficie generando un rechinante andar.

Una consola Phillips iluminaba la sala y emitía una señal de radio en inglés desde Georgetown, recorriendo 1500 kilómetros hasta Maracaibo.

Luego del café, nos retiramos con la luz crepuscular.

35 años después, rememoro a la dama guyanesa.

Cuando es día de recolección de basura, en el condominio a veces dejan alguna caja con libros, lámparas, pedazos de madera, frascos, o queda en orfandad un estante o una mesa.

Les pregunto a los guardias si algo puedo llevar y me confiesan, con un toque de complicidad, haber rescatado un reloj o una cafetera.

En Argentina le llaman cirujear, referido a quien extrae lo aprovechable de donde otros solo ven desechos.

Mariano Perelman, del CONICET, estudia cómo esta práctica desafía la lógica del descarte.

Hay quienes recogen objetos para restaurarlos y venderlos, y quienes los integran a sus casas, como aquella vecina de mi niñez.

Basta caminar por La Floresta o por el centro en la noche previa al paso del camión para ver siluetas dedicadas al reciclaje.

En EE. UU., Rob Greenfield caminó durante un mes por las calles de Nueva York vistiendo un traje transparente lleno con la basura que él mismo generaba al vivir como un estadounidense promedio. Al final del proyecto llevaba 60 kg de desechos adheridos a su cuerpo.

Documentó cada vaso desechable, cada envase que consumió; el traje se fue llenando hasta volverse una armadura de desperdicios.

La Gran Manzana produce 12 mil toneladas de residuos al día, según la organización GrowNYC, y ese país genera un estimado del 33% de la basura sólida del planeta con apenas el 4,6% de la población global.

Annie Leonard documentó en su libro La historia de las cosas que la mayoría de los materiales extraídos, minados, procesados y transportados terminan convertidos en basura en menos de seis meses.

Señala que las empresas diseñan productos con una vida útil deliberadamente acortada —una práctica conocida como obsolescencia programada— y que la publicidad empuja a los consumidores a desechar lo que aún funciona para reemplazarlo por algo nuevo.

Su cortometraje, que lleva el mismo título y ha sido visto por millones de personas, muestra cómo el modelo lineal de extraer-producir-consumir-desechar se ha convertido en el motor de una silenciosa crisis ecológica.

Entre tanto, algo parecido a una zapatera vertical negra apareció arrinconada en el cuarto de tachos.

La llevé a casa, la higienicé y la até con un trozo de alambre al pilar de la pérgola trasera. En cada cono sembré 10 plantas tanto florales como medicinales. Y recuperé una mesa de aglomerado con sus bordes maltrechos. Ahora lleva en su tope, de granito también rescatado, una docena de suculentas.

En Quito, el proyecto de investigación artística REPARARIO de FLACSO Ecuador habla de una “cicatriz material”.

Sus investigadoras indagan en qué historias cuenta una cicatriz, cómo los objetos registran en su superficie los traumas del uso y el abandono.

Los ángulos desgastados de la mesa son el testimonio de las conversaciones que allí ocurrieron. REPARARIO propone que reparar no es borrar esas marcas, sino integrarlas a una historia reescrita.

Se habla de “transferencias anímicas, simbólicas, físicas” entre lo humano y lo no-humano.

En una lámpara que conseguí, le instalé una pantalla hecha por mi niña con papel vegetal, y al incluir ese ornamento escolar, ya no es solo un objeto redimido, es una partícula proveniente de un mundo roto.

Una botella blanca de plástico que contenía yogurt, ahora es un florero con un par de anturios y ramitas de romero fresco que Nati trae de nuestro patio.

Conseguí 10 tablas de 5 por 5 cms, las pinté a mano de azul y blanco y ahora son decoraciones mediterráneas para una pared lateral de la cocina.

Nos gusta hacerles diseños a las piedras que vamos encontrando. Algunas las colocamos junto a las macetas de la pérgola como insectos; otras se emplean como sujetadores de papeles en el escritorio de mi guagua.

En la Unión Europea se debate sobre obsolescencia programada y se establecen marcos legales para que los productos sean más duraderos y reparables; se exige la disponibilidad de repuestos durante 10 años.

Un estudio de la Universidad de Berlín y el Öko-Institut de 2016 reveló que el porcentaje de electrodomésticos reemplazados durante sus primeros cinco años se duplicó entre 2004 y 2012, pasando del 3,5 al 8,3 %.

Las baterías soldadas que impiden el reemplazo individual de componentes, las actualizaciones de software que dejan atrás modelos funcionales: todas estas son formas documentadas de obsolescencia programada.

La UE intenta contrarrestar esta tendencia obligando a los fabricantes a diseñar con la reparabilidad en mente, un cambio de paradigma que admite lo que muchas personas, como aquella vecina de Guyana, ya sabían desde hace décadas: las cosas pueden durar si se les permite.

Mientras las cifras crecen y los contenedores se llenan antes del amanecer, algunas manos rescatan.

No resuelve las estadísticas, pero la decisión ocupa un instante: el momento en que alguien, en lugar de ignorar, se detiene y le ve potencial a un objeto.

Luego viene el trabajo: limpiar, lijar, pegar, pintar. El olor de la cola, el ruido de la lija raspando la superficie, la resistencia de un tornillo que no cede, el toque redentor del barniz.

REPARARIO organiza espacios llamados “Café de Reparación” donde las personas llevan objetos rotos y los reparan con ayuda de voluntarios.

Se intercambian saberes, se comparten materiales, y reparar deja de ser un acto individual para ser una experiencia colectiva que forma parte de una red más amplia de personas que, sin conocerse, sostienen la misma causa.

En REPARARIO: “Las cosas reparadas no son neutras”; están atravesadas por decisiones económicas, sociales, políticas y simbólicas.

Cada marca que decidimos no ocultar es una pequeña afirmación de que el valor no está en lo impecable, sino en la continuidad.

Isabelita, aquella tarde de 1991, mostró que lo que otros habían tirado podía, con paciencia, renacer.

Falleció hace décadas, vivió en soledad y no dejó herederos. De su hogar y pertenencias, se dice que unos invasores las ocuparon.

Aún evoco sus plantas vestidas de pascua infinita. Esa dama de voz apacible me recordaba a Tarzán con sus infinitivos, y convertía la basura en arte doméstico.

Las cicatrices las volvía latidos que se resistían a desfallecer.

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