La historia retrata cómo Symphony, una escuela de música ubicada en el Centro Histórico de Quito, se ha convertido en mucho más que un espacio de formación artística. Fundada por los esposos Luis Gabriel Carpio y Micaela Sánchez, el proyecto apuesta por una educación musical accesible, humana y comunitaria
Nati lleva cinco años aprendiendo violín. Hace unos meses, quiso dejarlo.
Estudiaba en un conservatorio por Tumbaco, los martes y jueves a las 5:00 p.m.
Volvíamos pasadas las 7:00 p.m. con las tareas por hacer, sin tiempo para jugar, con una mochila que pesaba más que su ánimo.
Una tarde dijo: ya no quiero ir más.
No queríamos forzarla. Nos invadió la preocupación.
La rutina estaba siendo insostenible: el desajuste de nuestras finanzas al pagar importes altos por el cúmulo de años en taxis y ubers, la cuota casi al doble de cuando iniciamos en 2021, y el choque de los horarios con los deberes escolares.
No queríamos que la música se disipara de la vida de nuestra pequeña.
Y por fortuna, encontramos a Symphony.
Ese hallazgo lo cambió todo.
Ahora, sus clases son los sábados de 9 am a 11 am. Juega todas las tardes. Y retomó el violín.
En cuanto a la relevancia de la educación musical, Jorge lo explica:
“En el currículo nacional, el área de Educación Cultural y Artística (ECA) tiene carga horaria reducida, carece de materiales y los profesores requieren capacitación. Ocurre porque los lenguajes artísticos se consideran inferiores al lenguaje matemático y verbal. No se les reconoce como herramientas para construir conocimiento, cuando sí lo son. El reto es devolverles ese valor.”
Nati sonríe cuando sostiene su arco. Eso nos reconforta.
Detrás están Luis Gabriel Carpio de la Torre y Micaela Sánchez Zhindón. Ella es arquitecta y gestora cultural. Él es músico. Son esposos.
Se definen por su vocación de servicio.
“Dios nos ha dado esta herramienta de la música y la arquitectura unidas”, dice Luis. “Y con Él, queremos servir a la comunidad de la mejor forma, porque Él es quien nos enseña realmente a servir.”
Luis siempre quiso dirigir una orquesta sinfónica.
Micaela lo recuerda: “Vamos a ponerle un nombre que sea un sueño, como la unión de varios instrumentos que suenan en armonía.”
Así nació Symphony: un espacio donde la enseñanza musical no estuviera separada del compañerismo y la construcción de comunidad.
Para Luis, arquitectura y música están íntimamente ligadas: ambas construyen espacio, ritmo, emoción.
Se ubican en el Museo Muñoz Mariño en el Centro Histórico, calle Junín E2-27, barrio San Marcos.
Es un lugar con arte y memoria.
Según lo explica Micaela:
“Aprender en un museo es diferente que hacerlo desde un aula que solo tiene un pentagrama. Las diferentes alturas de los espacios permiten una mayor concentración. Tenemos la bóveda, el jardín, el patio central que nos lleva a pensar en el juego. Cuando estamos en el jardín regresamos al origen de cómo comenzó el aprendizaje. Al principio de los tiempos, las clases se daban en espacios naturales. Esa conexión con el entorno sigue viva.”
Ellos, a su vez, dan apoyo desde una iglesia cristiana. Aprendieron la importancia de la unidad familiar: “Nos interesa retornar al diseño original de la familia. La sociedad gira alrededor de un malestar. Usamos la música para acompañar.”
Y añade algo más: “A veces me toca atender adolescentes cuyos papitos nunca están en casa”.
Entonces Symphony no solo enseña solfeo. Da contención.
Comparten una frase que resume su labor:
“No nos interesa que la música sólo distraiga y ocupe a los niños, sino que forme a generaciones con identidad y propósito”.
Los recitales en Symphony no son un simple evento de fin de curso.
Forman parte de una metodología llamada ABP, Aprendizaje Basado en Proyectos.
“Desde el nivel uno le preguntamos al niño:
¿qué canción te gusta? ¿Te apasiona este tipo de música? Con esa canción hacemos un arreglo para que pueda interpretar con los demás niños o con los profesores.”
Al final de cada ciclo, los niños suben al escenario, aprenden a desenvolverse y a soltar el miedo.
No se necesita ser un experto, solo descubrir la vocación interior en el sonido de un instrumento.
Ese cometido ya florece en varias familias.
Ana Villalba tiene dos hijos, Joaquín de 12 y Raffa de 11. Están desde los siete años en Symphony. Destaca:
“Mis dos hijos aprenden de manera diferente. La escuela sabe enseñar a cada uno, tomando en cuenta sus diferencias.” Los precios accesibles nos han permitido mantenerlos en clases con constancia. Tienen más facilidad para las matemáticas, idiomas y desarrollo social.
Libia Torres es mamá de Fátima Mia, de 13 años. Estudia piano. Para ella, la música ha sido terapia: “Le ha ayudado a concentrarse, a canalizar emociones, a desarrollar paciencia. El piano es su espacio para expresarse sin palabras. Eso no tiene precio. Los profesores conectan, respetan su ritmo.”
Karelys Jaén y su familia son inmigrantes venezolanos. Lleva siete años en Ecuador. Conoció Symphony por un plan vacacional. Su hija, Gladyannys Anagyn Jaén, de ocho años, tiene una beca al 100% desde el 2024.
Eligió violín y el suyo es producto de la autogestión de Symphony, pese a que aún no tienen suficiente apoyo de particulares ni empresas, Micaela y Luis se las ingenian para proporcionar instrumentos a los niños becados.
Karelys agradece: “Nos abrieron los brazos. Es la mejor oportunidad que le han dado a mi hija en este país.”
Gladyannys reconoce: “Estoy aprendiendo un arte que me servirá para un futuro inmediato.”
Sofía es maestra de violín: “Cada clase es una oportunidad para servir con pasión.”
Matías es profesor de solfeo: “Es una experiencia bonita y amena, se aprende a enseñar de tal forma que los estudiantes retengan y se diviertan”.
Symphony también ofrece clases de pintura. Y sueñan con impartir clases de carpintería, como la escuela Bauhaus, donde se enseñaba música, teatro, escultura. La formación integral está dentro de su visión.
Entre tanto, el Museo Muñoz Mariño guarda un silencio. Es el que dejó un restaurante que operaba allí, se marchó y aún no ha sido reemplazado.
Ahora solo vibran las cuerdas de violines: el de Nati, el de Gladyannys. Micaela y Luis asumen su parte en el arriendo, mientras esperan que otro negocio se sume. Se sostienen con esmero.
Cuentan con más de 30 estudiantes y un número valioso de niños becados al 100%. Symphony se da los modos para prevalecer.
Y aún necesitan crecer. Que se integren más estudiantes, tanto en la modalidad a domicilio como presencial, lo cual podría robustecerlos y ampliar esta escuela, pensada para beneficiar a las colectividades.
Buscan convenios y recibir auspiciantes. A veces solo se mantiene el apoyo por dos meses, pero un niño requiere al menos dos años de apadrinamiento para que la beca sea real y sostenible.
La situación país es compleja. Por eso, todo aporte suma. Si alguien tiene un instrumento en buen estado que ya no necesite, en el centro de Quito hay unas manos pequeñas esperándolo.
Micaela da un mensaje: “Que ellos sientan que fueron creados con un propósito, y que lo más hermoso es poder descubrir ese propósito en el sonido de un instrumento. Eso nos hace vibrar el corazón.”
Y Nati, que estuvo por claudicar, hoy entra al museo con sus partituras, su cariño y compromiso hacia sus nuevos profesores, Sofía y Matías.
Y Además, ahora hay un sensible alivio en nuestro presupuesto familiar.
Espacios formativos concebidos de la forma en que fue creada Symphony, fomentan la educación musical en entornos donde los niños tienen limitadas oportunidades.
En medio de los desafíos, esperan con optimismo nuevos horizontes, nuevos integrantes y corazones dispuestos, que ayuden con esperanza y compromiso a que este hogar musical siga sonando con calidez humana.






