Hasta que la muerte no separe

Fernanda Zúñiga
32 Min Read
Fiorella y Hugo.

Luis Boloña para Notimercio

Una historia de amor entre Fiorella y Hugo, que nace entre coincidencias, música, baile, distancia y decisiones profundas. Pero pocos meses después, la vida los pone a prueba.

“No te cases con la persona con la que puedas divertirte. Cásate con la persona con la que puedas sufrir. Cualquiera puede amarte cuando la vida es buena, cuando el sol brilla, cuando el dinero fluye y las sonrisas vienen fáciles. Esa parte es simple. Pero el amor no se prueba en los mejores días. El amor se revela en los peores. Cuando la vida pega fuerte, cuando comienza la pesadilla, cuando todo se siente incierto. El romance no son vacaciones ni fotos. El romance es quien se sienta al lado tuyo en la sala de emergencias a las 3:00am, es quien toma tu mano cuando el futuro se siente aterrador, quien mira la versión rota, agotada y desordenada de ti, y aún así te elige, se queda y pelea por ti”. Escucho esto y pienso en Fiorella.

El hombre con el que Fiorella solía salir la invitó una noche de noviembre de 2021 a Casa Marín: un lugar de artistas para artistas como ella -ubicado en el Barrio Las Peñas- administrado por Hugo. A Fiorella le impresionó el arte plasmado en sus paredes. Hugo le contó que fueron pintadas por su mamá y su hermana. “Son diseñadoras”, le dijo. Una primera coincidencia surgió entre ellos, Fiorella recordó haber recibido clases de estas dos mujeres.

Esa noche transcurría como cualquier otra sin que nadie notara que no era una noche más. El tipo con el que Fiorella solía salir permaneció sentado como solía hacerlo. Fiorella bailaba sola, como se había acostumbrado. Hugo, como buen administrador se acercó a aquel hombre y le dijo: “Cuídala. Una man así de guapa, inteligente y buena gente, no la consigues dos veces”. Un consejo que terminaría siendo sentencia.

La vida transcurrió para ambos como de costumbre. Hugo, por su lado: alegre, amiguero, amante de los detalles, visionario, de palabra fácil, capaz de venderte un grano de arena en la playa. Y Fiorella, por el suyo: cariñosa, creativa, divertida, dueña de un amor pendiente de entrega y de una fe inquebrantable. Hasta que una segunda coincidencia surgió entre ellos casi un año después. Fue la noche que ella eligió para celebrar su despedida antes de irse a Madrid a estudiar Moda. Fue en el Tenis Club. Él también estaba ahí. Hugo la vió, se acercó y la saludó, como quien reconoce que si “una man así de guapa, inteligente y buena gente” se vuelve a cruzar en el camino, algo se debe hacer. Pero ella y su grupo de amigos se fueron a continuar el festejo a un bar cercano.

Fiorella con sensibilidad de artista supo reconocer dónde podía haber arte y tomó las riendas de la obra. “After en Jim. Si quieres cae”, le escribió a Hugo por Instagram. Y Hugo cayó. Y bailó. Y bailaron. Y conversaron. Y bailaron otra vez. Y cayeron los dos. Y sin que nada más pase, algo pasó. Fiorella viajó a los pocos días con el temor de llevar en su maleta una ilusión que pese más de lo permitido.

El cambio de horario no fue impedimento para continuar con lo que se estaba gestando. Poco antes de mediados de diciembre, Fiorella le comentó a Hugo que regresaría a pasar la Navidad con su familia. “Te voy a ver al aeropuerto”, le dijo él. “No. Veámonos mañana. Tengo hasta las 6:00pm. Luego saldré con unos amigos”, le contestó ella. 

“Mañana” llegó, pero a Hugo se le atravesó una reunión ese día. “Al menos déjame verte diez minutos” le dijo Hugo, mostrando darle pelea a los imponderables desde el inicio. Fueron por una pizza, a un restaurante cercano a la casa de ella. La pizza aterrizó en su mesa. Se miraban esperando descubrir quién era el primero en cometer el error de comerla con cubiertos o el acierto de tomarla con la mano. Ambos la tomaron con la mano -a veces el destino se puede definir por la manera en que comes una pizza-. Se miraron. Sonrieron. Conversaron como hurgándose las vidas: “Uno de mis no negociables es que a los 27 seré mamá”, “Yo no quiero ser papá, pero si me caso tendré una familia”. La conversación los envolvió. Se envolvieron en muchas coincidencias más. Fiorella pidió dos horas extras a la amiga que la esperaba, como se piden cinco minutos más para seguir soñando: “¿Te gustó verdad?”, “Ya me jodí. Ya fue”. Desde ese 12 de diciembre hasta el 6 de enero en el que ella regresó a Madrid, se vieron a diario para hacer lo que siempre habían hecho por separado, pero esta vez juntos, como dos ciegos que después de un milagro aprendían a ver el mundo.

Aquel 6 de enero Hugo la despidió en el aeropuerto: “Creo firmemente que siempre estamos en el tiempo correcto y en el lugar adecuado. Mientras estemos vivos habrá tiempo para todo”. En San Valentín, a pesar del Atlántico de por medio, hubo regalos de lado y lado. En marzo tuvieron su primera pelea: “¿Estamos en serio?”, “Avísame”, “Sí”, “Entonces sí…”. Pasaron siete meses a distancia. Acompañándose la vida por videollamada -incluso al dormir-. Descubriendo que el amor no conoce de espacio, ni de tiempo. Y revelándolo, como cuando Hugo, un día de junio, le envío “Marry You” de Bruno Mars: “Well, I know this little chapel on the boulevard we can go/ No one will know, oh, come on girl/ Who cares if we’re trashed? Got a pocket full of cash we can blow/ Shots of Patrón and it ‘s on, girl”, decorada con un “Nunca había sentido esta canción así. Estoy seguro de que llegaremos al día. Se me hace tan fácil visualizar un futuro contigo”. O como la primera vez que se dijeron te amo: “Te amo. Te amo y no tienes que decírmelo” “No sabes la cantidad de veces que se me ha salido y he borrado el voice note”, le contestó ella. O como cuando Fiorella le dedicó “Por el resto de mi vida” de Andrés Cepeda: “Y si tu corazón me guarda/ No habrá fuerza que me aleje/ No sé qué nos traiga el mundo ni el destino ni la muerte/ Solo sé que, desde tu alma, una música me invita/ A navegar entre tus manos por el resto de mi vida”. “Había escuchado esta canción mil veces, pero es la primera vez que me siento así”.

Fiorella volvió a la ciudad en julio. Esta vez Hugo la recibió en el aeropuerto acompañado de una botella de “Patrón” y un cuadro con una foto de ambos -y un te amo por siempre- con el link a “A Sky Full of Stars” de Coldplay en Spotify: “Cause you’re a sky, cause you’re a sky full of stars/ I wanna die in your arms, oh, oh-oh/ Cause you get lighter the more it gets dark/ I’m gonna give you my heart, oh”. Al día siguiente se fueron a la playa: “ponte guapa, píntate los labios rojos”. “Toda historia comienza así”, decía la tarjeta que sostenía el postre servido en un plato decorado con un “¿Quieres ser mi novia?” de chocolate. En agosto ya hablaban de casarse, pero Hugo insistía en esperar dos años para tener el dinero suficiente para pedir su mano en la luna. “Si algún día nos llegamos a casar este es el anillo que quiero”. En octubre, Hugo pidió la mano de Fiorella a sus padres, no en la luna, sino en el matrimonio de una prima de ella. Organizaron una cena en casa de él para contárselo al resto de la familia: “Nos casamos el próximo año”. “Ten las uñas hechas porque en cualquier momento te entrego el anillo”, le dijo Hugo. Y desde ese día, durante dos semanas, Fiorella se hizo las uñas con la misma frecuencia que alguien se lava los dientes, hasta que su anular fue conquistado por aquella promesa.

Fiorella confiesa haberse enamorado de la personalidad de Hugo, de su corazón, de su ayuda anónima y desinteresada, incluso cuando a él más le faltó. Él le confesó haberse enamorado de ella. De toda ella. “Eres guapa, pero eso se va”. Nos enamoramos de nuestra esencia, concluye Fiorella, y recuerda haberle preguntado a Hugo cuándo supo que ella era la persona indicada para ser su compañera y recuerda a Hugo contestarle: “Cuando fuimos a visitar a tu tía enferma de Alzheimer, cuando tú le hablaste a pesar de que ella ya no podía escucharte. Ahí dije, qué calidad de mujer, y ese día te elegí”. Sí, Hugo era un visionario -¿Las almas se reconocen?. ¿Las almas ya lo saben?-

Hugo aprovechó su viaje al mundial de Catar para comprar el gazar de seda -Fiorella diseñó su vestido y la mamá de Hugo lo confeccionó- que la novia utilizó el 8 de octubre de 2023 en el Santuario de la Divina Misericordia. Fiorella lloró durante el mes previo a su boda. “Tu no entiendes, Hugo. Cuánta gente pasa su vida sin encontrar a su persona” El anillo fue aquel anillo soñado por la novia. “Our love is strong” quedó grabado en el anillo de Hugo; “With you there is no wrong” quedó grabado en el de Fiorella. “Hugo, esto no se acaba así no más. Prométeme. Vale mucho la pena como para abandonar. Como para un no me gustó y chao. Yo no soy de abandonar”. Cinco meses después de aquel día feliz, las palabras de Fiorella empezaron a ponerse a prueba, como el oro lo hace en el fuego.

Los dolores de espalda comenzaron en marzo de 2024. Hugo no lograba dormir y culpaba a su escoliosis. Después de intentar aliviarlos, por un mes, con medicina natural, el papá de Fiorella les entregó una orden de exámenes con fecha 19 de abril. “He enviado esta imagen a diferentes radiólogos y todos llegan a la conclusión de que esto es un cáncer”, dijo el suegro; “Muy bien, muchas gracias, no me voy a hacer ni un examen más”, dijo Hugo; “Me acaban de decir que Hugo tiene cáncer”, dijo Fiorella, a una amiga, mientras lloraba.

Después de una semana en la que él no quiso saber de examen alguno, Fiorella buscó apoyo en un amigo de Hugo. “Oye maricón, te vas a hacer exámenes o te llevo arrastrando”, le dijo como solo un buen amigo podría decirlo. Él accedió a hacerse los exámenes, pero en casa. Se sentía muy débil como para salir. Hugo no quería contarle nada a nadie. Fue su suegra -ellos vivían en casa de los padres de Fiorella- la que reunió a su familia política y lo miró a Hugo diciéndole: “Perdón, tenía que hacerlo”.

Una semana después las hermanas de Hugo recogieron a la pareja para llevarlo a “ponerse unos sueritos” para el dolor. Pero no cesaba, la medicación no era suficiente. Hugo quedó internado en Solca, y Fiorella junto a él, durante tres semanas. A sus 32 años, Hugo fue diagnosticado de “cáncer de células germinales con componentes de carcinoma embrionario no seminoma”. “Vas a tener que ser fuerte, el pronóstico no es bueno” le dijo una de sus cuñadas. “Te puedes sentar al lado mío”, le pidió Hugo a Fiorella -se sentaron en la cama de la habitación cabeza con cabeza, mientras veían el cerro que daba a su ventana- “Perdóname, me duele mucho”. “No hay nada por qué pedir perdón”. “Mira qué bonito, parece una estrella”.

Solca se convirtió en el hogar de los recién casados durante dos años entre idas y vueltas -por un mes y medio Hugo suspendió su tratamiento-. Fiorella conoció a los enfermeros y doctores de todos los pisos de aquel lugar. Aparecieron tumores en la cabeza. Sangrados. Empezó la radioterapia. El cerebro se inflamó. La morfina ya no era suficiente: cada hora, cada media, cada quince minutos. El cumpleaños de Fiorella lo pasaron en la unidad de cuidados intensivos intentando detener las convulsiones que sometían a Hugo -y llegaron a durar hasta once minutos-. Él no recordaba. No hubo un “feliz cumpleaños, mi amor”. Pero llegó un ramo de flores que había coordinado días atrás para ella. Fiorella ayudaba a bañarlo. “Amor estoy aquí, por si acaso”. Hugo reaccionaba de a poco. El enfermero preguntó: “¿Cuánto tiempo tienen de casados?”, “cinco meses”, contestó Fiorella. ¿Quieren viajar?”, “Si usted me salva, lo llevo a Estados Unidos con nosotros”, le dijo Hugo. “¿Qué puedo hacer para dormir aquí?”, dijo ella. “Solo se puede en una silla”. “Ok, me quedo”. Los enfermeros de UCI le regalaron café y galletas. Y le cantaron el cumpleaños feliz.

Fiorella salió de la habitación durante unos minutos. Hugo despertó y al no verla se arrancó la vía central para salir a buscarla. A partir de eso, las noches transcurrieron con un “Amor”, “Sí”, “Nada. Solo estaba confirmando que estés aquí”. Los días se convirtieron en una probable despedida como cuando a Hugo le descubrieron un trombo de un metro; como cuando Hugo dejó de ser Hugo para convertirse en “Patricia” -efecto de los tumores en su cabeza- y despidió a Fiorella a modo de jefe malvado -la única noche en que Fiorella pidió relevo y durmió en casa de sus padres-. Los días eran una colección de sustos, como cuando se terminó la cobertura de su seguro privado y en general se demoraron semanas en aplicarle el tratamiento, como la mañana de agosto de 2024, que Fiorella despertó con un mensaje que decía “A Hugo le quedan horas, máximo días, de vida”. Fiorella pasó esa noche temblando, rezándole a la Misericordia, constatando que respire, volviendo a constatar, pidiéndole a Dios que sus hijos no nacidos puedan tener a Hugo como papá, rogando por una señal. Fue al baño, abrió Tik Tok y apareció un mensaje que decía “Tu milagro se va a dar”. 

Pasó un mes de aquel episodio y el coágulo disminuyó a un centímetro, pero Hugo no mejoró. Fiorella adelantó la celebración de su aniversario con una renovación de sus votos entre una y otra quimioterapia. Su fe y la de Hugo crecía a medida que la prueba lo hacía. 

Hugo le pedía perdón a Fiorella cuando lo bañaba, lo acostaba y lo limpiaba: “Si tengo que limpiarte por el resto de mi vida, lo haré”. “Eres joven, tienes 26 años, puedes irte”. “Eso no va a suceder nunca”. Y ahí estaba ella, fiel compañera, cuando en enero de 2025 un nuevo tumor apareció en el cerebro, cuando al tomarle los signos vitales descubrieron que tenía neumonía, y cuando en marzo de 2025 les dijeron “ya no hay cáncer”.

La tregua sólo duró un mes. Hugo empezó a perder la movilidad. El tumor seguía ahí, y creciendo a un ritmo acelerado. “Hay que operar” dijo el doctor. “Y es posible que pierda la movilidad o el habla de forma permanente”. “No me voy a operar” respondió Hugo. Pero los dolores, frecuentes y devastadores, no le dieron otra opción. “Yo te voy a cuidar salgas como salgas”. Y Hugo fue operado en julio. “Hola amor, ¿cómo me ves?, ¿cómo salí?, me duele el pie”. “¡Hugo está hablando y siente el pie!”, escribió Fiorella en el grupo Whatsapp de la familia.

En las siguientes semanas Fiorella acompañó a Hugo a rehabilitación. Ella lo llevaba en silla de ruedas a todos lados: “Lo bañaba, lo vestía y lo embarcaba”.

Mientras que Hugo hacía sus ejercicios para volver a caminar, ella continuaba con el proyecto de ilustraciones con “Mensajes de Luz” que empezó en Solca: “Confía en el señor”. “Su fe sanó su corazón”. “En las manos de Jesús nunca falta nada”. 

Fiorella recuerda el día en que Hugo preguntó si ella se hubiese casado con él si le hubieran mostrado el futuro y recuerda la certeza de saber que lo hubiese elegido de cualquier manera “No soy de abandonar. No cambio ni un segundo lo vivido contigo”. Recuerda las veces que contuvo a Hugo y las veces que Hugo la contuvo a ella, como aquella en la que se desvaneció y lloró en el piso, a los pies de Hugo, y él le dijo: “Quédate tranquila, por voluntad propia yo no me voy a morir”. Recuerda también, con una sonrisa, cuando meses atrás, Hugo cedió en adoptar a Gucci -al que él bautizó de Ozzy, porque no quería un perro afeminado- para que Fiorella tenga con quien desfogar su amor -Hugo solo aguantaba hasta tres abrazos seguidos-. Recuerda el día en que Hugo salió de UCI y empezó a hacer las cuentas de su negocio de criptomonedas. Y a la señora que le entregó una estampita de la Divina Misericordia cuando esperaron seis horas para que un doctor los atendiera.

Hugo empezó a ahogarse en agosto de 2025. Encontraron sus pulmones inundados. El oxígeno no bastaba para que pudiera respirar. Le realizaron una punción y extrajeron dos litros de aquel líquido letal. “Es cáncer”, confirmó el doctor. “Se necesita quimio de inmediato”. Hugo se seguía ahogando. Sus pulmones se volvieron a llenar a los pocos días. Un catéter quedó dentro de él durante setenta y dos horas para drenarlo. Los exámenes previos a la quimioterapia confirmaron una sepsis. No era posible que reciba el tratamiento así. Los antibióticos no fueron suficientes. El ahogo continuaba. “No puedo seguir esperando para realizar la quimio. Recen. Hay una gran probabilidad de que su cuerpo no aguante, pero si no lo hago ahora, se va a morir ahogado” dijo su doctor. Hugo lloró “siempre estoy en riesgo de muerte”. Hugo salió vivo. Pero aquella quimioterapia lo devastó: vómitos constantes, neuropatía, dolores al cuerpo, pérdida de la movilidad. Idas y vueltas a Solca durante seis ciclos de tratamiento. En diciembre de 2025 Hugo sintió que su cuerpo no aguantaba más y pidió descanso a su doctor como quien pide un regalo de Navidad. “Ok, nos vemos para fin de año”, “No, vuelvo en enero”. Pero un dolor intolerable cambió los planes. Hugo y Fiorella terminaron y comenzaron el año en una habitación del hospital, dibujando juntos una célula cancerígena y escribiendo en ella todo lo que esta les había arrebatado, rezando, rompiendo el dibujo, y agradeciendo por continuar juntos.

Llegó enero de 2026 y hubo una recaída en el cerebro de Hugo. Fue sometido a una radiocirugía, pero no dio resultado. Sin que los doctores pudieran hacer mucho más, Hugo fue enviado a casa, como trazando el camino hacia lo inevitable. En ese momento Fiorella recordó aquella historia que había escuchado en los pasillos de Solca: la del hombre que murió de cáncer y su esposa lo acompañó muriendo de un infarto. Fiorella deseó morir. Deseo que cuando llegue la tragedia, su impresión sea tan grande que un infarto se la lleve junto a él. Pero pensó también en su familia, la de sangre y la política, y optó por buscar ayuda en un psiquiatra.

Una semana antes de su último día Hugo empezó a despedirse -sin despedirse- de Fiorella: “Veo todo negro”. “Está bien amor, no pasa nada”. “Estoy en paz y quiero que tú seas feliz. Gracias por haberme acompañado. Pero no me estoy despidiendo, por si acaso» “¿Sientes que ya cumpliste tu misión aquí?” “Aún me falta”. “Fiorella, te estás olvidando de algo. Algo muy importante. Algo que te dejo: te dejo las plantas, y el sonido de las plantas”. 

Hugo dio cátedra de fe y valentía. Hugo la peleó. Tuvo por quién pelear. Y quién lo acompañe en la batalla. Pocos días antes del último día ya no quiso tomar su batido. “Hugo, ¿te quieres sanar?” “No”. Después de aquella respuesta, Fiorella llamó a los amigos de Hugo. Él ya no hablaba, pero se despidió de ellos con un “Gracias muchachos. Se pasaron” y lo último que dijo fue una confesión de amor a su suegra. Un cura lo visitó por esos días, puso la comunión sobre su pecho y le dio los santos óleos.

El 15 de abril de 2026 los signos vitales de Hugo comenzaron a caer. Dos semanas antes, al ver que la salud de Hugo continuaba su deterioro, Fiorella investigó cómo saber cuándo llegara aquel momento -los signos vitales no tendrán retorno, leyó-. “Esta respiración es de agonía”, le confirmó un enfermero que estaba ayudándola en casa. Fiorella reunió a la familia: “tenemos que entrar, acompañarlo y darle fuerza”. Regresó a la habitación y agarró su mano, le puso las canciones de “Los Padrecitos”, le cantó, lloró, lo abrazó y le habló, sin saber si la escuchaba -como lo hizo con su tía, el día que Hugo la eligió-: “Aquí estoy amor. Te dije que te acompañaría hasta el final. Te vas a un lugar maravilloso. Dale un abrazo de mi parte a Diosito. Gracias por escogerme como tu esposa. Por dejarme acompañarte. Por hacerme la mujer que soy. Ándate en paz. Me has dado una familia enorme y un montón de amigos que me quieren. Te vas a encontrar con mi abuelito para jugar naipes, y con tu papá que es un tramposo. Gracias por pelear. Gracias por pelear dos años por los dos. Me quedas debiendo la Dyson, tú verás cómo haces para que me llegue desde el cielo por mi cumpleaños. Puedes irte en paz. Yo estoy feliz”. Hugo no tuvo un último suspiro. Solo durmió. “No te vayas a quedar aquí por verme triste. Llega al cielo. Yo estaré bien”. Fiorella entró a Ozzy a la habitación para que huela y despida a papá.

Cuenta Fiorella que lo más difícil de lo difícil es aprender a aceptar la voluntad de Dios: aprender a soltar a quien amas porque es lo mejor para él. Se imagina a Hugo feliz, caminando y riendo. “Él está bien. Lo dio todo. Hasta el último batido que se tomó para cumplir conmigo. Siempre será parte de mí. Me quedó debiendo dos hijos: Hugo José -José en honor a José Miguel, el mejor amigo de Hugo, fallecido hace seis años-; y Luciana -Hugo decía que Luciana Marín sonaría aniñado-”.

El cuerpo de Hugo fue cremado. Sus cenizas reposan en la parroquia María Madre de la iglesia -Los Ceibos- junto a Hugo papá y Hugo hermano mayor. Fiorella ha escuchado hablar a la foto de Hugo: “cuando yo te escogí, no solo escogí una esposa, escogí también una hija para mi mamá… Pero vive”. Desde hace poco también le habla en los sueños, en las mariposas, en el cielo, en la luna y tiene el compromiso de revelarle el camino hacia lo indicado.

Fiorella aún no descifra el propósito detrás de la prueba. Le pide a Dios que le muestre la manera de contar la historia de los Marín Oviedo. Está por culminar el proyecto que estos años inspiraron. Espera sacar a la venta “Mensajes de luz” el próximo mes -y le pide a Hugo que, como buen vendedor, la ayude a vender sus cartas-. Agradece por los milagros que Dios les concedió y por haberle mostrado su capacidad para amar: “Me hizo descubrir que mi amor es incondicional”.

“El romance es quien se sienta al lado tuyo en la sala de emergencias a las 3:00am, es quien toma tu mano cuando el futuro se siente aterrador, quien mira la versión rota, agotada y desordenada de ti, y aún así te elige, se queda y pelea por ti”. Le cuento a Fiorella que, cuando escucho esto, pienso en ella. Estamos conversando en una cafetería, los dos tomamos un americano -el de ella es frío-, rodeado de plantas que se mueven por el viento -el sonido de las plantas- y al lado de una niña de unos tres años que la mira, la saluda, le sonríe. Fiorella ha llorado. Ha sonreído. Hemos llorado. Hemos sonreído. Y pienso que estamos rodeados de él. De su recuerdo. Le digo que Hugo debe haber viajado con una maleta llena de orgullo al haberla tenido de compañera. “Siempre dijimos que estaríamos para todo, contra todo, hasta la muerte. Y así fue”.

A veces las historias felices no precisan de un final feliz. A veces la eternidad puede durar cuatro años. O quizás la eternidad es solo eso, aquello que lo es todo: amar. Amar “cuando la vida pega fuerte, cuando comienza la pesadilla, cuando todo se siente incierto”. Amar como una chica de 26 que se convierte en mujer por amor. Amar como para hablar al oído cuando no sabes si te escuchan. Amar mientras las posibilidades se agotan. Amar mientras el cuerpo se cansa. Amar cuando duele soltar. Amar en vida. Amar en los sueños. Amar aún con ese espacio vacío. Amar. Amar. Amar. Amar, hasta que la muerte no separe.

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