Lo que los años cuentan

Fernanda Zúñiga
5 Min Read

Un viaje en una furgoneta se convierte en un recorrido emocional por la memoria, donde antiguas distancias, duelos y sentimientos de no pertenecer se transforman con el tiempo. La historia refleja cómo la ausencia y la dificultad para encajar llevaron a una conexión más profunda con lo emocional, redefiniendo la identidad. 

Estoy recorriendo una ciudad ajena en un Chevrolet Express de placa FIM-I90. En esta furgoneta viaja el llegado en primer año de secundaria al colegio donde yo tenía una vida -fue una de las personas con las que menos hablé en años- También va el otro que, a pesar de haberlo conocido en tercero de primaria, con la llegada de aquel foráneo, se volvió un desconocido. Y está ese otro que apareció en cuarto año de secundaria con pronóstico reservado.

A mis 11 años viví dos duelos -en busca del sentido, no hace mucho lo noté- que transformaron mi manera de relacionarme con los de mi propio sexo: papá se fue de casa y mi mejor amigo desde la cuna se fue de mi vida; en plena transición de niño a adolescente, de primaria a secundaria -cuando mis otros amigos de infancia se mudaron de colegio- la imagen masculina perdió referencia.

Tránsito esta ciudad ajena mientras recorro mis memorias y recuerdo haber visto a aquellos con los que hoy comparto el aire, ajenos, distantes, diferentes. Pertenecientes a una manada de intentos de machos alfa a la que un animal indefenso como yo no sabía cómo acceder. Recuerdo quedarme fuera del plan. Mi frustración por no encajar. Mis intentos fallidos por ser diferente. Llegué a detestarlos por no saber cómo ser rebelde.

Aquellos duelos a mis 11 con los que la imagen masculina perdió referencia me acercaron a la profundidad de lo femenino. Me quedé en casa con mamá y luego obligué a mi

abuela a mudarse con nosotros. Mis amigas de infancia no se fueron a otro colegio y se sumaron algunas más. Me convertí en el amigo de las niñas, un confidente que empezaba a encontrar su lugar en el mundo escarbando emociones, pero que se

resistía a aceptarlo. Recorro esta ciudad ajena con ellos y mis memorias saltan al presente. La Express rebosa de emoción por lo que está por empezar. Hay risas, ganas, algo que nos une y es más fuerte que la amistad. Ya estamos de cabeza, a velocidad no acostumbrada, en un lugar no acostumbrado, acompañados de la euforia que genera una montaña rusa, damos vueltas y más vueltas, como la vida, esa que hoy nos tiene juntos, aquí.

Recuerdo haberle contado a mamá mi frustración, mis ganas de huir. “La vida da vueltas” me supo decir, “quién hoy es lejano, mañana puede ser muy cercano”. No le creí. ¿Cómo podría esto suceder? Mientras tanto, las conocía mucho más a ellas en largas y profundas conversaciones. Mientras tanto, empezaba a relacionarse con el papel, el único lugar con pronombre masculino donde me sentía entendido.

Estamos Carlos, Milton, Javier y yo. A carcajadas, los acompañan sus esposas, nos acompañan nuestros hijos – mis hijos, hoy sus ahijados; su hijo, mi ahijado; mis compadres ,

nuestros sobrinos. Aquí estamos, compartiendo parques, montañas rusas, la casa, la Express, la vida. Creando memorias de todo lo que pensamos nunca iba a suceder. Recuerdo no haber podido huir de mí y le agradezco a mi yo que no me dejó hacerlo. Aquella parte de mí que por tanto tiempo intenté ocultar hoy es la que más disfruto y la que me permite escribir estas líneas. Los años me han contado que sí, la vida de vueltas y quizás se parece mucho más a una montaña rusa de lo que pensé: no sabes lo que va a suceder, te asusta, te pone de cabeza, te gusta, sientes miedo, la velocidad cambia en el momento menos pensado, como también puede cambiar la vida con un “¿hacemos el trabajo en grupo juntos?” o con un “aquí estaré para ti cuando necesites, hermano”. Transito una ciudad ajena en un Chevrolet Express de placa FIM-I90. En esta furgoneta van aquellos ajenos que hoy son mis hermanos. Esta furgoneta tiene aroma a familia: nuestros hijos, sus esposas, algunos sueños. Estamos siendo felices. Hay cosas que solo los años nos logran contar.

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