Por José Luis Barrera para Notimercio.
En el norte del Perú, algunas civilizaciones antiguas vivieron en pleno desierto, pero al lado del mar. Y aunque buscaban alimento en él, lo temían pues a menudo trae tempestades… En un país en el que las ciudades se hacen con barro, el agua es vida y destrucción por igual.‘A los hombres del desierto les aterroriza al agua porque puede hundir sus ciudades de arena. Por eso, al norte del Perú, entre los años 1400 y 1450 el pueblo chimú hizo sacrificios masivos de niños y llamas jóvenes para rogar a los dioses que se llevaran la lluvia implacable que trajo el fenómeno de El Niño.
No era la primera vez que ocurría. Siglos antes, los mochicas también soportaron tempestades. Ubicados en casi los mismos territorios que ocuparían luego los chimúes, eran, asimismo, hombres de arena. Y cuando su dios, Aiapaec o El Degollador, no pudo frenar el agua, lo abandonaron. Fue el fin de aquel pueblo.
Pese a ese miedo, ambas civilizaciones se sumergían en el mar y, a bordo de caballitos de totora, llegaron a las costas de las actuales Lima al sur y Tumbes al norte. El océano les procuraba alimento y comercio.
Y hoy todavía se fabrican esos botes en Huanchaco a quince kilómetros de Trujillo. Ya no están los marinos de antaño, pero sí sus descendientes que se han convertido en surfistas. Ellos siguen encaramándose en la totora para pescar y hasta invitan a los turistas a “correr las olas” en sus naves.

Soy uno de los que acepta aquel paseo. El agua del Pacífico se encuentra helada y el cielo oscuro. El capitán me ordena colocarme en la popa o, lo que es lo mismo, en los cuartos traseros del caballito. Muy cerca está Chan Chan, la gran ciudad chimú hecha de barro. Imagino que el marinero es uno de los hijos de ese pueblo. Es un hombre de poca estatura con pecho y brazos imponentes. Usa una caña gruesa a manera de remo que, pronto, nos encarama sobre olas tan altas que parecen escaleras al cielo. Oigo truenos mar adentro. El navegante, como hablando para sí, murmura: “viene la lluvia…”
Los días previos hubo tormentas cerca de la frontera con Ecuador, sin embargo, en Huanchaco solo aparece la llovizna.
Seguimos adentrándonos en el océano y, a lo lejos, se ven rayos. El marino sigue tranquilo. De pronto, se forma una ola enorme y él aprovecha para hacer una maniobra que, por unos segundos, nos pone a reposar en plena cresta. A babor y estribor, veo el agua oscura: es una boca que acaba de sacar la lengua y nosotros estamos en la punta. Pero en seguida aterrizamos. Sin tragedias. Y así, arreado por las olas, vuelve el caballito a la playa.


Desembarco cerca de la orilla y el marino se queda al pie de su nave. Le pregunto si cree que habrá una gran tormenta. Niega con la cabeza y dice que este año todo estará tranquilo porque el agua “se siente fría”. Y es que en el océano Pacífico la tibieza del mar aterroriza, pues anuncia un fenómeno de El Niño con inundaciones y muerte.
Mientras el hombre saca su caballito de totora a rastras, un grupo de surfistas jóvenes aparece e interrumpe nuestra charla. Uno de ellos, casi un niño, saluda al marinero llamándolo “papá” y, antes de que haya una respuesta, se lanza al agua con una tabla de surf que brilla pese a la ausencia del sol.






