Por Dorys Rueda para Notimercio
Tras un fatal accidente en la vía Alóag, en el que una pareja cayó a un barranco, testigos aseguran que la madre, ya fallecida, apareció para pedir ayuda y lograr que rescataran con vida a su bebé.
Una madre no duda ni mide el peligro cuando se trata de proteger a un hijo. No se detiene a pensar si podrá o no, si es seguro o si saldrá ilesa. Simplemente actúa.
Hoy quiero compartir con ustedes una leyenda ecuatoriana que nos recuerda hasta dónde puede llegar el amor de una madre.
Ocurrió en la vía Alóag–Santo Domingo, en uno de esos tramos donde la neblina se precipita, las curvas son apretadas, las montañas parecen cerrarse a nuestro paso y los abismos están tan cerca que nos acompañan durante el trayecto.
Cuentan los abuelitos que hace años ocurrió allí un accidente que todavía se recuerda.
Una noche, un matrimonio joven, con su hijo recién nacido, regresaba a Quito. El hombre manejaba con cuidado, porque conocía esas curvas estrechas y sabía que allí no había margen para el error: un segundo bastaba para colisionar.
El niño dormía, ajeno a todo, envuelto en ese silencio tibio que solo tienen los recién nacidos.
Como era época invernal, en una curva la tierra cedió y una roca se desprendió de la montaña, impactando en la carretera, de tal manera que no le dio tiempo al conductor de frenar; el carro perdió el control y, en cuestión de segundos, se precipitó al barranco.
Los vehículos que venían detrás de la pareja frenaron de golpe. La gente se bajó de los autos y corrieron hacia el filo del barranco, tratando de entender qué había ocurrido.
Entonces vieron una figura humana salir del precipicio. Era una joven, cubierta de lodo y sangre; temblaba y respiraba con dificultad. Entre sollozos y con la voz quebrada, contó lo que les había sucedido. Señaló el lugar donde había caído el carro y dijo que su esposo había muerto en el acto, pero que su bebé seguía vivo, atrapado entre los fierros del vehículo. Les pidió que bajaran a salvarlo.
Tres varones bajaron, aferrándose a las piedras, a las raíces y a todo lo que encontraban.
La mujer, agotada, se sentó en una piedra al borde de la carretera. Desde allí miraba hacia abajo, sin moverse, esperando que su bebé fuera rescatado.
Algunas mujeres se acercaron para limpiarle la sangre y cubrirla con una manta. Pero, cuando llegaron a la piedra, ella ya no estaba. Miraron alrededor, la llamaron y se asomaron al barranco, pero nada: no había rastro de la madre. Pensaron, entonces, que había vuelto a bajar.
Pasó más de una hora hasta que, finalmente, los tres hombres aparecieron entre la neblina. Uno de ellos, el más robusto, traía un bebé en brazos. El niño estaba vivo.
—¿Dónde está la madre? —preguntaron las mujeres—.
El hombre que llevaba al niño no respondió. Caminó con prisa hasta su automóvil, abrió la puerta y entregó el bebé a su esposa, con manos que aún temblaban.
El hombre que venía detrás de él, con el rostro descompuesto, habló:
—El carro cayó con fuerza, está destruido. Hay dos muertos. Solo el niño se salvó.
Todos quedaron en silencio. Nadie habló.
Entonces, el tercer hombre, con la voz quebrada, dijo:
—La mujer que nos pidió ayuda ya había muerto. Volvió de la otra vida solo para que salváramos a su hijo.
Desde ese día, los conductores, cuando la neblina baja y la noche se cierra, aseguran haber visto a una mujer en medio del camino que pide auxilio.






