Andrea Regalado para Notimercio
A través de la vivencia de la semana santa y los ejercicios espirituales, la autora reflexiona sobre el amor, el sacrificio y la esperanza.
Nací en una familia católica. Desde muy pequeña, mis abuelos y mis padres me inculcaron la fe, el valor de la oración y la importancia de Dios en la vida diaria. Esa semilla quedó en mí y, con el paso de los años, mi fe ha ido madurando.
Hoy siento que mi relación con Dios es más consciente, más profunda y también más reflexiva. Tal vez por eso, la Semana Santa ya no la vivo solo como una tradición, sino como un tiempo que me invita a detenerme, a mirar hacia adentro y a volver a lo esencial que es Dios.
En los últimos años he tenido la gracia de vivir esta Semana de una manera muy especial: participando en los Ejercicios Espirituales de San Ignacio de Loyola.
Son cinco días en los que nos apartamos un poco del ruido para meditar sobre lo que significa la Semana Santa. Reflexiones y vivencias que nos invitan a pensar en Dios, a encontrarlo de verdad en lo profundo del corazón, en el silencio, en el examen de la propia vida y en el deseo sincero de volver a Él.
Durante estos días se vivencia, sobre todo, el misterio central de la fe cristiana: la pasión, muerte y resurrección de Jesús.
Y es allí, en esa contemplación profunda de sus últimos días, uno de los momentos que más me conmueve es la de la Última Cena de Jesucristo con sus doce discípulos.
No puedo dejar de pensar en ese instante profundamente humano y, al mismo tiempo, sagrado, en el que Jesús comparte el pan por última vez con quienes caminaron junto a Él.
Me impresiona pensar que, en esa mesa, Él ya conocía lo que se acercaba: la traición de Judas, la debilidad de sus discípulos y la soledad que poco después tendría que atravesar. Sabía que sus amigos, aquellos a quienes amaba, lo abandonarían precisamente en el momento de mayor peligro y dolor.
Aun así, Jesús se quedó y compartió la Última Cena como una muestra de su amor infinito. Permaneció fiel incluso en medio de la debilidad de los suyos y, al partir el pan, dejó para siempre el signo más profundo de su presencia viva.
Otro de los momentos más fuertes es recordar su muerte. Es una escena desgarradora e incluso difícil de comprender en toda su profundidad, pero también representa la expresión más grande del amor de Dios por la humanidad: un Dios que se hizo hombre, que entregó su vida, que asumió el sufrimiento humano y que se ofreció por nosotros para el perdón de nuestros pecados. En ese misterio hay dolor, sí, pero también una entrega absoluta y un amor que se da por completo.
Y, sin embargo, la muerte no es el final. Allí permanece una de las verdades más profundas de la fe cristiana. La Resurrección de Jesús es el triunfo de Dios sobre la muerte y, con ese triunfo, nos deja la certeza de que, para quienes creemos firmemente, la muerte no cierra la historia, sino que la abre a la plenitud de una vida eterna junto al Padre.
Jesús murió y resucitó, y esa promesa también nos alcanza a nosotros: la de que nunca es tarde para renacer, sanar el corazón, curar las heridas personales y regresar a la casa de Dios.





