Esta tradición reúne las prácticas andinas de honrar a los muertos con ingredientes y costumbres incorporados durante la Colonia. Su historia también se cuenta en las cocinas familiares, donde cada receta guarda una memoria.
Por July Ruiz / Notimercio
Hay aromas que anuncian una época sin necesidad de mirar el calendario. En Ecuador, el de la colada morada es uno de ellos: canela, ishpingo, frutas y hierbas que hierven despacio mientras alguien prueba una cucharada y decide si hace falta un poco más de dulce. Cerca espera una bandeja de guaguas de pan. La escena puede cambiar de casa, pero conserva algo familiar: preparar para compartir y, alrededor de la mesa, volver a nombrar a quienes hacen falta.
Aunque hoy esta combinación aparece en cafeterías, mercados y panaderías, su vínculo con el 2 de noviembre, Día de los Difuntos, tiene una historia que entrelaza las creencias de los pueblos andinos y la tradición católica. El Ministerio de Turismo la describe como una expresión del mestizaje cultural ecuatoriano.
Antes de la receta, estuvo la costumbre de compartir con los muertos
Las raíces de esta tradición están relacionadas con prácticas funerarias indígenas en las que los alimentos y las bebidas acompañaban a los difuntos. Recordarlos también implicaba alimentarlos simbólicamente y mantener el vínculo con ellos.
Sin embargo, no existe una fecha precisa que permita afirmar cuándo nació la colada morada tal como la conocemos. El escritor e investigador gastronómico Julio Pazos Barrera advierte sobre los vacíos documentales y diferencia los antecedentes rituales de la receta actual.
En una conferencia publicada por la Academia Ecuatoriana de la Lengua, Pazos identifica una descripción de 1771 del jesuita Mario Cicala: una preparación de maíz negro, azúcar y especias que se parece parcialmente a la bebida contemporánea, aunque todavía no aparece con su nombre. También recoge una referencia de comienzos del siglo XX que vincula expresamente las guaguas de pan y la mazamorra morada con el Día de Difuntos.
Una bebida que fue cambiando con el tiempo
La colada reúne productos de distintas procedencias. La harina de maíz negro, el mortiño, la naranjilla y el ishpingo conviven con ingredientes introducidos, como el azúcar de caña y el clavo de olor. Esa mezcla ayuda a entender su historia: la tradición conservó elementos antiguos mientras incorporaba otros nuevos.
El Ministerio de Turismo enumera 20 ingredientes en una de sus descripciones de la bebida, entre frutas, especias y otros componentes. Esto no significa que exista una fórmula única: las preparaciones cambian y pueden incluir mora, piña, babaco, frutilla y hierbas aromáticas.
¿Por qué las guaguas de pan tienen forma humana?
La palabra guagua proviene del kichwa wawa, que significa niño. Su figura se relaciona con representaciones simbólicas de las personas y los antepasados.
Una interpretación recogida por la Pontificia Universidad Católica del Ecuador vincula su cuerpo alargado y sin extremidades marcadas con los difuntos envueltos. Es una explicación cultural de su forma, dentro de una tradición que ha recibido distintos significados.
También hay una precisión importante: las guaguas elaboradas con trigo pertenecen a una historia posterior a la llegada de los españoles. El cronista de Quito recuerda que este cereal y las técnicas panaderas europeas se incorporaron durante la Colonia; por eso, no corresponde presentar al pan actual como una preparación prehispánica que permaneció intacta.
La memoria también se amasa
Con el tiempo llegaron decoraciones multicolores y rellenos de guayaba, chocolate, higo o crema pastelera. La variedad muestra cómo una costumbre puede transformarse y seguir siendo reconocible.
Su continuidad también depende de un aprendizaje sencillo: mirar, ayudar y repetir. Desde la PUCE se destaca la preparación compartida como un espacio de encuentro entre generaciones y de transmisión de conocimientos.
Quizá por eso una taza puede despertar tantos recuerdos. A veces devuelve la imagen de una abuela junto a la olla; otras, una visita familiar o una tarde de infancia esperando escoger la guagua más bonita. En esa mesa caben la historia del país y las historias pequeñas de cada hogar. Y cuando alguien vuelve a preparar la receta, encuentra otra manera de darles un lugar.


