Esta historia tradicional de Tabacundo relata cómo una joven, castigada por su vanidad a convertirse en sirena, habita un antiguo molino esperando que un hombre rompa su encantamiento mediante la escucha atenta y la permanencia a su lado.
Dorys Rueda / Para Notimercio
En el sector de Cananvalle-San Luis de Ichisí, en la parroquia de Tabacundo, cantón Pedro Moncayo, nace un manantial al que la tradición llama Cutupogyo. Sus aguas descienden hacia la quebrada de Ichisí y, durante años, alimentaron el antiguo molino del Cucho, donde habitantes de la zona molían trigo y maíz.
Quienes conocían el lugar decían que, al caer la tarde, podía escucharse el canto de una mujer.
La historia había comenzado mucho tiempo atrás.
Por aquellos lugares vivía una joven hermosa a quien le gustaba arreglarse y contemplar su rostro reflejado en el agua. Todos los días acudía al manantial para bañarse.
Su madre comenzó a preocuparse.
—¿Otra vez vas al agua?
—Solo voy a bañarme, mamá.
—No necesitas pasar tanto tiempo mirándote en el manantial.
La muchacha sonrió.
—¿Y qué tiene de malo querer verse bonita?
—La vanidad puede hacerte daño.
La joven escuchaba las advertencias, pero siempre regresaba.
Una mañana, su madre intentó detenerla.
—Te pedí que hoy no fueras.
—No voy a demorarme.
La muchacha salió y su madre la siguió.
La encontró dentro del agua, peinándose mientras contemplaba su reflejo.
—¡Te dije que no vinieras!
—Mamá, solo me estoy bañando.
La mujer perdió la paciencia.
—¡Si tanto te gusta el agua, vivirás para siempre en ella!
El manantial comenzó a agitarse.
La joven intentó salir.
—¡Mamá!
Sus piernas dejaron de responderle.
—¡Dame la mano! —gritó su madre.
La muchacha extendió los brazos, pero ya era demasiado tarde. Donde antes estaban sus piernas apareció una larga cola cubierta de escamas.
La madre retrocedió horrorizada.
—¿Qué he hecho?
La joven se sumergió y desapareció.
Desde entonces quedó condenada a vivir en lugares de aguas abundantes y limpias. Dicen que solo recuperaría su forma humana si un hombre escuchaba su canto y permanecía a su lado para romper el encantamiento.
Pasaron los años.
La sirena llegó a las aguas del molino del Cucho y decidió quedarse. Desde la madrugada acudían hombres con sus granos y esperaban hasta que el molinero anunciara su turno.
Una tarde llegó un joven de Tabacundo con un costal de maíz.
Empezaba a oscurecer cuando escuchó una canción.
Se detuvo.
La voz parecía confundirse con el sonido del agua.
Siguió la melodía hasta que, junto a la acequia, distinguió a una hermosa muchacha.
—¿Eras tú quien estaba cantando?
Ella sonrió.
—¿Te gustó?
—Nunca había escuchado una voz así.
—Entonces quédate un momento conmigo.
Conversaron junto al agua.
—¿Vienes de lejos? —preguntó ella.
—De Tabacundo. Traje maíz para moler.
—¿Y alguien te espera?
—Esta noche, nadie.
La muchacha lo miró fijamente.
—Entonces quizá seas tú.
—¿Yo qué?
Ella se acercó un poco más.
En ese momento, desde el molino se escuchó una voz:
—¡Joven! ¡Ya le toca la molienda!
Él volvió la cabeza.
—¡Ya voy, ya voy! Ahora mismo.
Cuando miró nuevamente hacia la acequia, la muchacha había desaparecido por arte de magia.
El joven regresó otras noches, con la esperanza de volver a encontrarla. Nunca pudo verla de nuevo, aunque a veces escuchaba su canto junto a las aspas del viejo molino.
Y dicen que, en algún lugar de Tabacundo, la sirena todavía canta y espera a quien, esta vez, no se marche antes de romper el encantamiento.


