Dicen que esto ocurrió hace muchos años en El Calvo, en Manabí.
Allí vivía don Nico con su mujer, Gertrudis, y sus tres hijos. Eran gente pobre. De esa pobreza que no se remedia con trabajo, porque por más que uno se esfuerce, la tierra parece empeñada en devolver poco.
Don Nico pasaba los días en el monte. Salía antes de que amaneciera, con su machete y su hacha al hombro, y regresaba cuando ya oscurecía. Sin embargo, nada cambiaba.
Una mañana salió más temprano que de costumbre. Había tanta neblina que apenas podía distinguir el camino. Caminó un rato entre los árboles y, sintiendo que toda su vida era una lucha inútil, perdió la paciencia.
—¡Por los mil diablos! —gritó.
Apenas terminó de decirlo, escuchó una voz.
—¿Quién me ha llamado?
Frente a él había aparecido un hombre vestido de negro. No parecía un campesino ni un viajero. Su ropa era demasiado elegante para aquellos lugares y había algo en sus ojos que inquietaba.
Don Nico comprendió enseguida quién era.
—Yo lo llamé —contestó—. Estoy cansado de trabajar y no conseguir nada.
El desconocido sonrió.
—Podemos hacer un trato.
Le explicó que, si lograba adivinar su edad, se volvería rico. Pero si fracasaba, perdería su alma y todo lo que poseía.
La propuesta era peligrosa, pero la necesidad suele hacer que las personas acepten riesgos que de otro modo rechazarían. Don Nico aceptó.
Antes de marcharse, el diablo le advirtió que no contara a nadie lo ocurrido.
Desde ese día la suerte cambió.
La tierra comenzó a producir. Los sembríos crecieron fuertes. La comida dejó de faltar en la casa. Poco a poco la familia prosperó y los vecinos empezaron a preguntarse de dónde venía tanta fortuna.
Pero mientras las cosechas mejoraban, la preocupación de don Nico aumentaba cada día.
La fecha del encuentro se acercaba y él seguía sin saber qué responder.
Gertrudis lo observó durante varios días hasta que finalmente logró que le confesara la verdad. Cuando escuchó la historia completa, se quedó pensando un momento y luego le dijo que hiciera exactamente lo que ella le ordenara.
Le pidió que cazara todas las aves que pudiera encontrar y las llevara a casa.
Don Nico obedeció.
La víspera del plazo acordado, cerca de la medianoche, Gertrudis cubrió su cuerpo con brea y se pegó las plumas de las aves. Cuando terminó, parecía una criatura extraña, imposible de reconocer.
Entonces salió solo al monte.
Esperó con angustia.
Al poco tiempo apareció el diablo montado en un caballo negro.
Al ver aquella figura, el caballo se espantó y el diablo, exclamó:
—¡Por los siete mil infiernos! En treinta y dos años de vida nunca había visto un animal tan raro.
Dicho esto, se alejó apresuradamente.
Gertrudis regresó a casa satisfecha.
Ya sabía la respuesta.
A la mañana siguiente, don Nico acudió al lugar donde había conocido al diablo.
El otro ya lo estaba esperando.
—¿Has descubierto mi edad? —preguntó.
—Sí —respondió don Nico—. Tienes treinta y dos años.
Por primera vez, el diablo pareció desconcertado.
No tuvo más remedio que reconocer su derrota.
Dijo que cumpliría su palabra y que lo dejaría en paz. Después desapareció.
Desde entonces, don Nico conservó su fortuna y vivió tranquilo junto a su familia.






