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Adriana, conductora intrépida.

July Ruiz
5 Min Read
De Crucita a Quito: un emotivo retorno entre risas, escalas y anécdotas de carretera en familia.

Cristóbal Peñafiel / Notimercio

Recuerdos de un viaje para compartir con personas buenas, la inauguración de una piscina cerca de la playa, conocer la triste realidad de algunas carreteras manabitas y pasarse horas de horas sin agua y sin alimentos.

Es domingo y Crucita amanece calurosa. Tenemos que hacer lo más difícil: retornar. Nuestro regreso tiene una ruta de privilegio. Primero debemos llegar a La Unión, esa hermosa parroquia que es la centinela de la provincia de Esmeraldas. Desde allí, luego de un descanso de unas horas, nos espera el otro destino: Quito.

La despedida es llena de abrazos. Cinco salimos a las nueve, siete a las 11 y cuatro se quedan en su hermosa residencia. A los más pequeños, Daniel y Lucciana, insistimos en que abracen a todos. Como nosotros salimos primero damos abrazos a la tía Tula, Benito, Sarita, Carlitos, doña Mirian, Aurelio, Adrianita, Piero, Juan Diego, Lucas y Lucciana Isabel. 

En fila salen Mary, Tere, Glori, Daniel… Yo voy al último. Quiero seguir disfrutando de ese hermoso paisaje: una piscina de agua fresca recién inaugurada, una cabaña de madera y caña de guadúa, hamacas, un parasol, una mansión de un piso y un ambiente lleno de cariño.

Mientras Adrianita nos lleva a toda velocidad en un auto gris, vamos conociendo las habilidades al volante de nuestra intrépida conductora. Nos cuenta, entre risas, que alguna vez logró su récord: dos horas de viaje entre Guayaquil y Crucita lo que normalmente toma cerca de cuatro horas. Es que quería ver pronto a mi papi, dice justificando su pasión por la velocidad. 

Admite que ya no corre mucho y hasta sus hijos le piden que acelere. Los chicos van apostando en qué tiempo llegarán a Crucita y según sus intereses le dicen a su madre: mami tenemos tiempo todavía, no te cruce el semáforo en roja. Pero a Lucas, como le convenía llegar más rápido, le insinuó a su madre: dale mami, a este carro lo que le sobre es un buen volante. 

Pasar de este viaje agradable a tomar el bus interprovincial fue un cambio duro. El bus que debía que salir a las diez con cuarte terminó arrancando a las once con treinta. Bueno decíamos, lo importante es partir. Calculamos unas cinco horas de viaje, pero no contábamos con la realidad, el bus paraba en todos los terminales cantonales y que varios tramos de la carretera se encuentran en pésimo estado. Tan mal están que en un tramo el bus parecía un barco a la deriva: de lado a lado. Una chica se angustió y comenzó a pedir a Dios: “Protégeme, Señor con tu Espíritu…”.

Fue un gran susto. Muchos nos levantamos de los asientos para mirarnos las caras de miedo que teníamos. Y como era ya tarde, cerca de las tres, queríamos agua y comer algo, pero el chofer no compartía nuestras necesidades porque él y su ayudante ya habían almorzado. El chofer sentado detrás del volante y el oficial poco a poco en cada parada.

Mi compañero de asiento era don Jacinto. Un manabita que vive en la Concordia. Venía de Manta viendo a un hijo suyo que trabaja de guardia de seguridad. Quería que el bus parase en un sitio que no es el terminal, pero el oficial no quiso. Don Jacinto se puso triste y contó que llegaba con las justas de dinero porque como subieron el costo de los pasajes interprovinciales, no le quedó para pagar la mototaxi. Sacó su teléfono, un aparato pequeñito, de los primeros que salieron el mercado, hizo una llamada y solucionó el tema. Ya cuando se iba a bajar nos dimos abrazos como buenos compañeros de viaje, se despidió y se fue. (Cristóbal Peñafiel V.)

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