Luis Boloña / Para Notimercio.
La atracción silenciosa entre dos personas logra eludir el tiempo, la distancia y las rutinas para consolidarse en un cortejo digital que desafía los códigos habituales de las aplicaciones de citas.
Él está sentado en la sala vip del aeropuerto de Guayaquil.
Levanta su mirada y su mirada lo levanta. Él la ve. Él la mira. Él la observa. Imposible no reconocer lo que ilumina el lugar. Ella ocupa una mesa que está frente a él.
Parece verlo cada vez que él finge estar distraído. A ella la acompaña un hombre -entre ellos, una distancia que no se puede medir, pero se nota.
Él sigue viéndola como quien no quiere perder los detalles de algo que puede acabar en cualquier momento.
Anuncian el abordaje al vuelo Jetblue #1256. Ella se levanta y se va de la sala para continuar con su destino. Aquel hombre la sigue. Él permanece sentado saboreando su café. Su amigo y su hijo, con quienes viaja, le recuerdan que es hora de partir.
Toma el vuelo a sus vacaciones. Allí lo espera su hija que se adelantó desde hace un mes. Entre las nubes olvida el impacto de esa mirada en aquella sala. Durante ese tiempo, en un país ajeno, se dedica a disfrutar de sus hijos y amigos, de la desconexión del eco de la rutina. Se dedica a vivir de otra manera.
Un par de días antes de volver a la realidad recibe una solicitud de amistad en Instagram. Aquel nombre le suena.
Aquel rostro y aquella mirada parecen conocidos. Él le enseña la solicitud a su amigo, con el que comparte el airbnb donde se hospeda, y este le confirma que ella estudió en el mismo colegio donde ellos se graduaron. Creo que es seis años menor, le dice. Él acepta la solicitud. Él le envía una solicitud de regreso.
Poco después, la nueva amiga virtual responde a una foto de él con sus amigos: “¿Puedes preguntarle a tu amigo por qué no me saludó en el aeropuerto?” Él se pregunta porqué ella no se lo dice directamente a él.
De todos modos, hace la pregunta y responde: “Dice que no te vio”. / “Dile que no mienta, que me vio de frente”. / “¿En el viaje de hace pocos días?. Yo estaba con él. Viajamos juntos”.
“Sí, yo sé. También te vi”. Él no entiende ni cuándo, ni dónde, pero ella acaba de sembrar una duda.
Los mensajes de ida y vuelta no paran: la vida, los hijos, ser niño, ser adulto, el colegio, los amigos, el trabajo. Él se adelanta unas preguntas y le consulta acerca de su situación actual -¿estado civil?- y ella responde: “esa conversación tiene que ser con un café, es una historia super larga”.
A él le interesa el café y le empieza a interesar ella.
“Mañana llego” le cuenta él. “Mañana me voy a la playa. Pero entre semana. Agendemos de una vez, sino me roban”, contesta ella. Y él prefiere cuidarse de los ladrones: “Hablemos por Whatsapp”.
¿Dónde viven?, ¿a dónde ir?, ¿un helado?, ¿un café?, ¿un bar?, Por cierto, ¿tu edad?. Lo que le gusta a ella. Lo que le gusta a él. “Amo comer”, dice ella. “Yo escribo para vivir”, le cuenta él. “Qué sexy esto” ella responde. “Ya te sigo”.
¿Los días?, ¿las rutinas?, ¿las noches?, ¿la forma de ver la vida?, ¿los no negociables? “Algo tienes que tener”, dice ella. “¿Tener de qué?” / “Nada: pensé y escribí sin querer” / “Ya entendí. Estoy lento. He dormido poco. Y sí, muchas cosas”
“Dime en qué te gustaría mejorar” pregunta ella / “Ser más paciente” -Por ejemplo, ya te quiero ver. Piensa él.
Siguen escribiendo haciéndole honor al tiempo que parece haberse desvanecido. Son las 23:14. Él está agotado del viaje. Esperando en la sala su regreso. “¿Vas a dormir?”, pregunta ella. “Probablemente en el avión” / “Si quieres cuéntame cuando llegues” -¡Quiero!, piensa él. “Qué tengas un buen viaje y puedas descansar un poco”/ “Después te despierto a las 5:30 e interrumpir el sueño es un no negociable”. Se despiden.
Ella le escribe a las 06:06: “jaja hola. Lo del no negociable me dio risa” / “¿Por qué estás despierta a esta hora un sábado? Eso es pecado. Estoy molido. En migración -¿Es decir que cuando yo estaba en sexto tú estabas en primer curso?” / “Llega a tu casa y duerme. Si quieres conversamos cuando te levantes”, -claro que quiero, él repite.
Él se levanta a las 11:50 y le escribe: “Estuvo demasiado rico” / “Hola, dormilón. ¿Sabes que casi no voy a la playa? / “Eso es una señal: si te quedas, hacemos algo hoy mismo” / “Aún no me voy…”. A él le da vueltas la cabeza y le dice: “Curiosidad: ¿En qué parte del aeropuerto nos viste”? / “En la sala vip. ¿Por qué?” / “Porque cuando yo estuve en la sala solo había una mujer que estaba acompañada de un hombre” / “Esa era yo”, le contestó ella. Él comprende menos ahora. “¿La que estaba al frente mío?” / “Sí, ¿guapa, no?” / “Sí, guapa, muy guapa…”
Él piensa que hay cosas que se pueden provocar y otras que no se pueden impedir. Que cuando no se busca, se encuentra.
Recuerda a Ismael Serrano: “Sucede también /que sin saber cómo ni cuándo/ algo te eriza la piel/ y te rescata del naufragio”. Recuerda a Jorge Drexler: “Quien no lo sepa ya, lo aprenderá/ de prisa/ la vida no para, no espera / no avisa… / ¿Quién sabe cuándo? / Cuándo es el momento de decir: «ahora»? / Tú, por ejemplo, tan bienvenida y tan inoportuna…”
Él piensa que es imposible huir de lo inevitable. Imposible no alzar la mirada y reconocer lo que ilumina un lugar. Y se confiesa fan de esa app de citas a la que hemos llamado destino.
“Ya no voy a la playa”, escribe ella.


