Pablo Carrera / Para Notimercio.
“Es la gaita triqui moqui y está buena pa’ gozar, déjate de rucuraca, ñeque ñeque ya tú ve…”
Así sonaba el contagioso coro de aquella canción que se me metió en la cabeza durante los años setenta y nunca más salió. Todavía hoy fragmentos de esa melodía giran en mi memoria como un disco rayado que se niega a terminar. Ocho minutos completos —una eternidad para un sencillo— repitiéndose una y otra vez mientras yo, todavía niño, escuchaba fascinado ese desfile de personajes, ocurrencias y frases que intuía peligrosamente divertidas.
Debió ser mil novecientos setenta y pico. No recuerdo si fue mi hermano Eduardo o mi padre quien llevó el disco a casa. Mi papá siempre tuvo debilidad por el humor popular, por el chiste bien contado y la picardía quiteña. Lo cierto es que aquel pequeño disco de 45 revoluciones apareció en nuestra sala como aparecen las cosas importantes en la infancia: sin pedir permiso y para quedarse.
Era una producción de Sonido 2001, agrupación guayaquileña liderada por Fausto Sempertegui. Lo extraordinario era que La Gaita Triqui Moqui no era exactamente una canción. Era una especie de sketch radial montado sobre una base musical de gaita y cumbia, una pequeña obra de teatro sonora disfrazada de tema bailable.
La idea surgió gracias a Eugenio Haddaty, cantante del grupo y antiguo payaso de circo. Inspirados en las gaitas humorísticas venezolanas de Joselo y Hugo Blanco, adaptaron el formato a la realidad ecuatoriana y crearon algo completamente novedoso para la época.
Haddaty escribió una letra cargada de humor popular y de «coba», ese lenguaje callejero que circulaba por los barrios antes de que el país aprendiera a nombrar oficialmente sus periferias. El resultado fue una sucesión de diálogos, personajes extravagantes, silencios calculados y chistes perfectamente sincronizados que aparecían una y otra vez entre el coro hipnótico.
—A ver, presta acá. ¿Qué cargas ahí? ¿Qué es eso?
—Son cigarrillos dorados, papá.
—¿Cigarrillos dorados? ¡Es marihuana y de la very good!
Entre bromas y exageraciones, la canción hablaba de aquello que rara vez se mencionaba en público: drogas, cárcel, delincuencia, homosexualidad, corrupción, viveza criolla y marginalidad. Todo envuelto en humor. La risa funcionaba como un disfraz perfecto para una crítica social que nadie parecía tomar demasiado en serio.
Por eso funcionó tan bien. El público se divertía, pero al mismo tiempo reconocía los personajes y situaciones retratadas. Eran caricaturas de una realidad que todos conocían.
En Quito fue un fenómeno. Sonaba en las radios, en las reuniones familiares y en cualquier fiesta donde hubiera un tocadiscos disponible. El éxito fue tan grande que Sonido 2001 recorrió el país entero y logró algo prácticamente irrepetible: obtener un disco de oro y otro de platino con una grabación humorística de casi ocho minutos.
Yo la escuchaba en un pequeño tocadiscos portátil rojo que pertenecía a mi hermano. Parecía un maletín. Colocaba el disco, bajaba la aguja y comenzaba el ritual. Rara vez la escuchaba una sola vez. Terminaba y volvía a empezar. Muchas frases las aprendí de memoria sin comprender realmente su significado. Lo mismo ocurrió con miles de ecuatorianos que incorporaron aquellos personajes y expresiones a su lenguaje cotidiano.
Con los años entendí que La Gaita Triqui Moqui era mucho más que una canción graciosa. Era una fotografía sonora del Ecuador urbano de los años setenta. Una manera inteligente de hablar sobre temas incómodos cuando el humor todavía era una de las mejores formas de esquivar la censura.
Sin proponérselo, Sonido 2001 demostró que la música popular también podía convertirse en crónica social. Que se podía retratar un país entero sin solemnidad, utilizando únicamente la risa, la picardía y el ingenio.
Hoy, cuando vuelvo a escucharla después de tantos años, ya no oigo solamente un coro pegajoso ni una colección de chistes. Escucho a un país aprendiendo a reírse de sí mismo. Escucho una época en la que los ecuatorianos tenían la extraordinaria capacidad de transformar cualquier dificultad en una carcajada.
Y quizás por eso sigue sonando tan vigente: porque pocas cosas nos representan mejor que esa costumbre nacional de encontrar una sonrisa incluso en medio de la desgracia.
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