Liliana Chiquinquirá Medina para Notimercio.
Una madre reflexiona sobre el contraste entre su infancia analógica, llena de animales, juegos y carencias, y la niñez digital de su hija, marcada por asistentes virtuales y tecnología inmediata. A través de recuerdos entrañables y comparaciones, la historia explora cómo cambian las formas de aprender, jugar y soñar
Soy madre de 47 años con una niña que vive en un entorno digital.
Nati cumplirá ocho años en octubre de 2026. Cuando yo tuve la edad de mi propia hija, la voz no era un comando que conseguía datos ni entretenimiento.
Mi niñez se desplegó desde las artesanías de lo analógico. La suya es un imperio de ecos digitales.
Cerca de sus cuatro años, Nati dijo:
—Aaalepchaaa ¡Plim Plim!
El dispositivo encendió su aro azul y respondió:
Reproduciendo de forma aleatoria canciones de Plim Plim en Amazon music.
En el auto nos turnamos. Cuando le toca, dice: —Alexa, pon Dorada en español.
Si falla, Nati arruga la nariz: Lo intenta otra vez.
Le responde: —No tengo claro cómo puedo ayudarte con eso.
¡Papi, Alexa está loca!
Pregunta qué es una célula, pide el sonido de un delfín. Juega Atrapa la rana: debe adivinar en ocho segundos cuándo hay un anfibio escondido y debe avisar para capturarlo. Si se equivoca, sale un elefante.
Yo las perseguía en los charcos; ella les caza en el aire intangible de los algoritmos.
Escucha La casa de los mil sonidos, un podcast argentino hecho por niños. Nati les envió por WhatsApp el baile de un diablo Huma. Le respondieron y se alegró.
En ocasiones, por las noches pide el Abu Ratón en Spotify, o en Audible los cuentos clásicos y fábulas de Esopo.
Lo más cercano a una Alexa en mi infancia fue Pancho.
Mi padre era fotógrafo ambulante. Sin clientela, se iba a más de 200 kilómetros desde Maracaibo, hacia comunidades indígenas. Tomaba fotos de familias. A veces le pagaban. Otras, muchas otras, no.
Un día, en vez del dinero, trajo un bulto cuyo peso era el de una pequeña piña, de plumaje verde con manchas amarillas en la frente. Lo presentó como la octava maravilla:
¡Éste habla inglés y dice okey!
Lo pusimos bajo una mata, en un palo horizontal en el fondo de la casa, junto al patio de los vecinos guajiros.
Permaneció cual estatua hasta que una mañana se asomó por la cerca el abuelo Ángel, patriarca de la casta. Le murmuró algo en wayunaiki.
Pancho abrió su pico:
Jamaya piá! Anas tayá! ¡No nojotsuuum! Cacúa Bobby! ¡Guau guau!
Repetía un pintoresco vocabulario en goajiro e inglés. Cantaba el Happy birthday y lo traducía al español como un niño de dos años:
¡Japiverdei tu yú, japiverdei tu yú, pumpeañoooo feeeeliiii, ¡ven Bobby, ven! ¡guau guau, guau!, jajajaja ¡okey!
Mi papá estaba fuera de sí: ¡Vieron! el lorito es un fenómeno!
Parloteaba sin pausa, lo repetía todo. Para calmarlo, lo metíamos en una jaula y cubríamos con un trapo.
Mi casa se llenó de sonidos y presencias.
Pollitos amarillos que crecían entre mis manos. Gallinas que picoteaban el suelo. Perros que lamían mi cara, gallos despiertos antes del alba. Patos que caminaban en fila. Cerditos que se revolcaban en el barro. Periquitos australianos. Codornices que ponían huevos diminutos, pavos ruidosos, gatos adormilados y variopintos, monos colgados de las ramas del mango. Tortugas que arrastraban su caparazón por el patio y hasta un alcaraván de cuello infinito patrullando mis recuerdos.
Hoy, la centinela de nuestra casa es Ñau y Nati le ama.
Pancho llegó cuando yo tenía unos nueve años. No supe nada más desde que me mudé a mis 17. Y en esos tiempos, papá trajo otro animal a cambio de otra deuda impaga.
Era una guacamaya de unos 90 cms, cuyo plumaje azul, amarillo, negro y blanco, enseñoreaba el lugar. La dejamos junto a Pancho.
Pero algo cambió en él. Antes le rascábamos la cabecita y se esponjaba como un plumero. Con la llegada del guacamayo se tornó siniestro. Eran el dúo maléfico: mordían todo, asustaban a las visitas, hacían un griterío ensordecedor. A mi papá, Pancho le atacó el rostro y ya no volvimos a jugar con él.
Y teníamos un tocadiscos de los años 70. Pesado, con bordes gastados, pintura levantada. Solía pedir permiso para usarlo. Levantaba la tapa con suavidad. Tenía un LP de Las Ardillitas. Colocaba la aguja con delicadeza.
—¡Pánfilooo! ¡Contesta el teléfono!
—No puedo, jefe, me estoy bañando.
—¡Salgase y contéstelo!
—¡Todo yo!, ¡todo yo!
—¡Ese teléfono parece carpintero!, ¡porque hace ring, porque hace ring!
Había una TV blanco y negro la cual marcó mis primeros años. Veía Contesta por Tío Simón, Poppy, Candy Candy, Mazinger Z, los Picapiedras, Fresita, los Pitufos.
Pero amaba La ventana mágica. Era un microprograma que salía por las tardes, con varios capítulos de unos cinco minutos. Anunciaron una revista impresa y hacían actividades en Caracas. Yo entré en desesperación.
Guardé monedas. Cada semana preguntaba en los kioscos y librerías. El librero negaba con la cabeza. Pasó más de un año y nada.
Un día mi madre consiguió un ejemplar. Lo puso sobre la mesa de la cocina. Mis manos temblaban. La abrí. Era un año atrasado. No importó.
Ahora, por ejemplo, a mi Nati le gusta La casa de muñecas de Gabby. Le obsequiaron un juguete de esa serie y me pidió escanear el código QR en la caja. Apareció un aplicativo. Un solo clic. Interacción con pasteles, colores y diversión.
Me acuerdo que deseé participar en el programa Contesta por Tío Simón. Para las niñas, el concurso consistía en enviar muñecas de trapo hechas a mano. Las ganadoras recibirían listas completas de útiles escolares.
Hice una con telas viejas. Le cosí botones y le pusimos Simona.
Fuimos a la empresa de envíos Aerocav. 40 bolívares en 1989. Mi madre pegó un grito. Era un pollo entero, un cartón de huevos, un kilo de queso.
No conocían la dirección, pero insistí. La enviamos a Venezolana de Televisión. Nunca recibí respuesta. Mi madre movió la cabeza por años al recordar la pérdida del dinero y mi desilusión.
Luego, intenté aprender música. Mamá pagó cinco bolívares para unas clases de cuatro, en un centro cultural en Puntica de Piedra.
Vivíamos en una loma, en el barrio Milagro Norte de Maracaibo. Para bajar hacia el instituto, había que caminar unos 20 minutos y atravesar una calle anegada de aguas de cloacas.
El aire era un cúmulo de azufre, saturado por un vaho de materias en descomposición.
Tenía un solo par de zapatos escolares y unas sandalias para ir a misa.
Mamá temía que me enfermara los pies. Fui unas siete veces. El centro se la pasaba cerrado. Los baños se desbordaban de aguas pútridas. El instructor casi nunca apareció. Al día siguiente, en la escuela me decían: —Sí vino.
Mi madre no volvió a llevarme.
Nati estudia violín en Symphony. La maestra Sofia envía sus deberes y videos de ella misma grabando las lecciones por WhatsApp. Nati mira la pantalla, repite, ajusta la postura. El arco se endereza.
No hay aguas servidas. No hay profesor ausente.
Esta semana le dije a mi niña:
—¿Te imaginas que a tu papi no le pague su sueldo la Cato y él tenga que traerse a la fuerza un saco de yuca, un chivo o un loro?
Nati soltó su risa.
—jajaja, mami, me encantaría un lorito. ¿Cómo sería tener un Pancho y tener también a Alexa?
—Tal vez Alexa te dará la hora y Pancho te daría la patita. Ella tiene una luz azul que se enciende con un comando de voz. Él haría un vaivén con la cabeza, las pupilas de sus ojitos se dilatarían si escuchase algo nuevo.
Alexa no se come las cosas. Pancho podría mordisquear las persianas y salir volando, como una vez que siendo yo una niña, se nos escapó y logramos recuperarlo.
—Mami, ¿y quién sería el mejor? ¿Pancho o Alexa?
—Pancho es una versión emplumada, de carne y hueso. Alexa es una versión de inteligencia artificial.
Pero no estaría nada mal si tal vez pudiésemos enseñarle a un lorito como Pancho a decir:
—¡Aaalepchaa! ¡Pon Esporifai! Prúuua!






