July Ruiz para Notimercio
Una reflexión íntima sobre la maternidad, en la era digital, donde criar a una hija centennial implica aprender a convivir con la inteligencia artificial, las pantallas y nuevas formas de comunicación, explora los desafíos emocionales y las transformaciones.
Hay silencios que antes no existían, o al menos no de esta forma; no son silencios vacíos ni necesariamente incómodos; son silencios distintos, llenos de luz azul, interrumpidos por vibraciones, por notificaciones que llegan como pequeños recordatorios de que el mundo sigue ocurriendo dentro de una pantalla. A veces estamos juntas en la misma sala, cada una en lo suyo, y sin embargo siento que habitamos universos paralelos. Y no es distancia emocional, es otra forma de estar; así ha sido, poco a poco, criar a mi hija en esta era donde la inteligencia artificial, los algoritmos y la hiperconexión dejaron de ser conceptos lejanos para convertirse en parte de la vida cotidiana. Una vida donde lo humano y lo digital ya no se separan con claridad, sino que se mezclan en cada decisión, en cada conversación, en cada momento compartido.
Ser madre siempre ha implicado adaptarse, pero hoy siento que la maternidad también es un ejercicio constante de traducción. Mi hija pertenece a la generación centennial, una generación que no tuvo que adaptarse a la tecnología porque nació dentro de ella. Para ella, internet no es un lugar al que se entra, es un espacio en el que se vive y entender eso ha sido uno de los mayores aprendizajes para mí, porque durante mucho tiempo intenté verla como alguien que “usa el celular”, cuando en realidad estaba criando a alguien cuya identidad, relaciones, aprendizajes y hasta emociones también se construyen en ese entorno digital, y eso cambia todo; cambia cómo se comunica, cómo se informa, cómo se expresa, cómo se vincula con el mundo y consigo misma.
Recuerdo cuando era más pequeña y nuestras rutinas eran más simples, más lineales: leer cuentos antes de dormir, hablar sin interrupciones, compartir sin pantallas de por medio. La llegada de la inteligencia artificial ha intensificado aún más esa sensación, porque ya no solo consume contenido, también interactúa con sistemas que responden, que explican, que sugieren. Puede hacer preguntas, recibir orientación, explorar ideas… sin pasar necesariamente por mí y eso, al inicio, me confrontó profundamente. Me hizo cuestionar mi lugar, mi relevancia, mi capacidad de acompañarla en un mundo que cambia más rápido de lo que logro comprender, sentí, en algún momento, que estaba perdiendo terreno.
También he descubierto algo que me da tranquilidad: hay dimensiones que la tecnología todavía no puede reemplazar; la intuición de una madre cuando algo no está bien, aunque no haya palabras, la mirada que detecta un cambio mínimo en el ánimo, el abrazo que sostiene sin necesidad de explicación. En medio de tanta inteligencia artificial, lo emocional sigue siendo profundamente humano, y ahí sigo teniendo un lugar irremplazable.
Eso no significa que no haya tenido que adaptarme en lo concreto, he tenido que aprender sobre plataformas, entender códigos, respetar sus espacios digitales sin invadirlos, ha sido un equilibrio complejo entre estar presente y no controlar, entre acompañar y no asfixiar y en ese proceso, también he tenido que cuestionar muchas de mis creencias, especialmente esa idea de que “antes era mejor”. Porque para ella, este es su mundo, su normalidad, su punto de partida y juzgarlo desde mi nostalgia solo crea distancia.
Y en medio de todo esto, también he visto algo profundamente valioso en su generación, una apertura distinta para hablar de emociones, de salud mental, de identidad. Una sensibilidad que quizás antes estaba más escondida y aunque a veces usan palabras que no reconozco del todo, hay algo muy poderoso en esa capacidad de nombrar lo que sienten.
Criar en esta época no solo transforma a los hijos, también transforma a los padres. Me ha obligado a ser más flexible, más humilde, más abierta a aprender, me ha llevado a soltar el control en muchas cosas, pero también a fortalecer lo esencial: el vínculo, la confianza, la presencia.
Ser madre en la era de la inteligencia artificial no es más difícil, pero sí más consciente; es más desafiante en lo emocional, más exigente en lo humano. Pero también, profundamente transformador, porque en medio de algoritmos, pantallas y respuestas automáticas, sigo descubriendo que lo más importante sigue siendo lo mismo: construir un vínculo lo suficientemente fuerte como para que, pase lo que pase allá afuera, siempre haya un lugar al que quiera volver.






