Liliana Chiquinquirá Medina / Para Notimercio
La forma en que transitamos, estacionamos, caminamos o usamos el espacio público influye en nuestra exposición al delito. Este enfoque pone el acento en el entorno, la oportunidad y la corresponsabilidad ciudadana como herramientas clave para disminuir hechos delictivos sin recurrir a la violencia ni a la estigmatización.
En marzo de 2025, mi esposo salió de la universidad pasadas las seis de la tarde y cedió a un antojo. Fue un gesto para consentirnos: comprarnos empanadas bolivianas y yo no tendría que cocinar. Condujo nuestro Suzuki Gran Vitara color gris claro, hasta un local cerca de La Carolina.
Sin lugar disponible al frente, estacionó en un espacio sin iluminación, un tanto apartado, donde las cámaras y la vigilancia escaseaban. Fueron cinco minutos mientras hacía fila para pagar.
Desde la caja, escuchó la alarma del auto sonar, una, dos veces. Atribuyó el sonido a una falla eléctrica, no a una advertencia. Al regresar, el vidrio de la puerta trasera ya no existía: era un mosaico de fracturas que se desmoronaba al tacto. Ya no estaba su mochila negra Totto, con dos laptops, la suya y la mía, recién salida del servicio técnico, medicamentos, objetos de valor.
Una pérdida superior a los 2000 USD.
Lo material, sin embargo, pesó menos que lo intangible: investigaciones, archivos valiosísimos convertidos en nada. Jorge llegó a casa con la voz quebrada y la mirada infinita. Agradecí que él estuviera ileso y que el vidrio tuviera de algún modo arreglo. Pero la sensación de vulnerabilidad, ese frío en el estómago al saber que fuimos observados, evaluados y despojados, no tiene reparación en un taller.
Este episodio, tan específico y a la vez tan común, no fue un simple golpe de mala suerte.
Fue la ilustración perfecta del principio central de la Prevención Situacional del Delito (PSD), un enfoque desarrollado por criminólogos como el británico Ronald V. Clarke. Su premisa es simple y poderosa: “la oportunidad hace al ladrón”. El delito no es un acto aleatorio; es una elección que se activa cuando el entorno ofrece una combinación precisa de bajo riesgo y alta recompensa.
El maleante, como un tomador de decisiones racional, calcula esfuerzos y beneficios en cuestión de segundos. Nuestro auto, con una mochila visible, en una calle oscura y sin testigos, era la ecuación resuelta. La fiscalía general del Estado reportó en 2025, cifras que dan contexto nacional a esta lógica y son la suma de miles de momentos como el nuestro, donde la rutina choca con la oportunidad delictiva: decenas de miles de robos al año, donde el hurto a personas y autos lidera las estadísticas.
El vandalismo a vehículos fue superior al millar y la ausencia de denuncias rozó el 71 %.
La paradoja del espacio y el hábito
Aquí surge una paradoja crucial que la criminología ambiental ha documentado: la “geografía del miedo” que percibimos rara vez coincide con la “geografía real del delito”.
Nuestro instinto nos hace rehuir la callejuela oscura, pero el ofensor suele preferir el parque bien iluminado pero vacío, o la esquina concurrida en un instante de distracción colectiva.
Su cálculo es de eficiencia: busca objetivos predecibles y rutas de escape fáciles. Por eso, el consejo más valioso no es “no salgas”, sino “no seas predecible”.
Variar la ruta del ejercicio, alterar en 10 minutos la hora de llegada a casa, usar celulares de baja gama para ir a trotar son fracturas en el guion que un posible observador podría estar escribiendo.
Este principio se extiende al territorio digital.
La teoría de las “Ventanas Rotas”, que vinculaba el desorden físico con el incremento del delito, encuentra hoy una correlación envuelta en riesgo.
Nuestros perfiles en redes sociales, con fotos que geolocalizan nuestras casas, horarios y posesiones, actúan como “ventanas rotas digitales”.
Son señales de disponibilidad.
Una investigación de la Universidad de Cambridge halló que, en un porcentaje significativo de robos domiciliarios, los malhechores usaron información de redes públicas para planificar.
Compartir en tiempo real no es un delito, pero puede ser inseguro.
Estrategias, no paranoia: el poder de los pequeños gestos
La PSD no es una teoría abstracta, sino un manual de acciones concretas. Se basa en tres pilares: aumentar el esfuerzo que el delincuente debe hacer, aumentar su riesgo de ser detectado, y reducir la recompensa esperada.
En el espacio público: Caminar con un solo audífono (no ambos) mantiene un canal auditivo abierto al entorno.
Evitar el uso del teléfono en paradas de bus o en ingresos a lugares solitarios. La mirada levantada y el paso firme son señales de atención que disuaden.
En el auto la regla es absoluta: nada a la vista. Ni un cable de celular, ni una moneda, ni una bolsa. La cajuela es el aliado estratégico. Estacionar, cuando se pueda, bajo la luz y cerca de la actividad.
En el hogar la vigilancia natural es clave. La prevención del delito a través del diseño ambiental habla del “punto óptimo de vigilancia”: un espacio esta más protegido si un vecino o transeúnte puede observar lo que ocurre en un lapso de 3 a 30 segundos.
Podar arbustos altos que tapan ventanas, mantener fachadas iluminadas, son intervenciones que eliminan el anonimato del bandido.
Un saludo al vecino no es solo cortesía es un gesto de convivencia.
La comunidad como tejido de protección
Este es el puente hacia una idea mayor, que conocí al participar en una investigación en la Universidad del Zulia (2004) sobre el impacto de la integración social en la violencia delincuencial: la cohesión comunitaria es un disuasivo poderoso.
Los hallazgos de aquel proyecto, dirigido por el instituto de Criminología dra. Lolita Aniyar, detallaron algo que hoy la PSD confirma junto a la sociología urbana: la fuerza del tejido social reside en las rutinas compartidas que generan lo que los investigadores Robert Sampson y Stephen Raudenbush definieron como ‘eficacia colectiva’: la confianza implícita de que, ante una situación extraña, alguien alzará la voz.
Esa lógica es antagónica a la del hampa, que depende del silencio y la indiferencia.
Cuando los vecinos se reconocen, cuando hay ojos en la calle que no son de vigilancia contratada sino de pertenencia, se activa de manera orgánica un ‘efecto de difusión de beneficios’.
El delincuente, al percibir un entorno social activo y atento, tiende a sobrestimar el riesgo y puede evitar toda una manzana, protegiendo incluso a quienes no tomaron medidas individuales.
Un grupo de WhatsApp vecinal para reportar situaciones extrañas, o el hábito de saludarse, tejen una red de seguridad que no depende únicamente de la policía.
Lo que no es, y lo que sí puede ser
La Prevención Situacional del delito no es una panacea. No detiene al narcotráfico, ni resguarda de un asalto a mano armada en un momento fortuito.
Reconoce límites. Pero su potencia reside en lo accesible: nos devuelve la percepción sostenida en lo cotidiano.
No promete un mundo sin peligro, pero sí ofrece un filtro práctico para reducir la probabilidad de convertirnos en estadística.
Es el antídoto contra la indefensión aprendida.
Hoy, el ritual de mi esposo es otro. Una mirada circular al estacionarse, un escaneo del entorno. La mochila viaja en la cajuela, siempre. Sus rutas son variables.
Tratamos de vivir con una atención estratégica recuperada.
La lección, dura y costosa, se cristalizó en hábitos simples: ver la calle antes que la pantalla, saludar al vecino, pensar antes de publicar algo de nuestras vidas en las RRSS.
A partir de lo que nos hurtaron aquella tarde de marzo en 2025, tenemos más cautela.
La prevención más efectiva podría estar en ese instante de pausa, en esa decisión de no ofrecer, por descuido, los cinco minutos de gracia que “los amigos de lo ajeno” esperan.






