Rubén Darío Buitrón
Editorial: 127
Querida lectora, querido lector:
¿Ustedes escuchan la palabra fanesca y se les revuelven los sentidos?
A nosotros, sí. Nada más representativo en Semana Santa para la identidad ecuatoriana que uno de los platos más emblemáticos de nuestra tradición.
Decir fanesca es decir memoria, familia, calor de hogar, recuerdos profundos, imágenes que nos devuelven a la época de los abuelas y las madres con su talento, su trabajo, su creatividad y sus largas horas de sacrificio para que su entorno amoroso se deleite con su sazón.
Existen muchas versiones acerca de dónde vino la fanesca. Pero, más allá de lo que se diga o imagine, lo que importa es que este plato tan delicioso y único es ecuatoriano porque representa nuestro mestizaje, nuestro pasado, nuestros sentimientos, nuestras nostalgias, nuestros momentos más entrañables.
Cuando se le pregunta a la gente acerca de cuál es la mejor fanesca que ha probado en su vida, nada más hermoso que escuchar “la de mi mamá”.
Comer fanesca no es solo degustar un plato exquisito, sino rendir homenaje a aquella dura y amorosa tarea de nuestras madres y abuelas para pasar horas y días dedicadas a elaborar una comida ritual que representa nuestros más profundos momentos de unión familiar y nuestra memoria, esa memoria que, como homenaje a las madres y abuelas, siempre debemos mantenerla viva.





