Liliana Chiquinquira Medina/ Para Notimercio
La historia íntima que muestra la vida de una madre que equilibra hogar,crianza y escritura, encontrando en las palabras una forma de resistir y dar sentido a la rutina diaria, mostrando que es posible crear y seguir fluyendo.
Domingo, 22:00
En la entrada de mi hogar, tengo plantas por doquier y a veces pasan cuatro días sin que las riegue, y cuando desfallecen, corro a ponerles agua.
Cristian y Eli, que pasean sus perros me saludan y dicen:
—Ya es suficiente, mi Lili. Ve a descansar.
Me espera el fregadero. Abro el grifo, y cuido el grosor del chorro. Enjabono. Froto. Enjuago, seco.
Todo retorna a su lugar.
Si la cocina respira, tal vez yo también.
El cuarto de Nati ya está a oscuras.
La sala de la tv está al lado pero no debemos encenderla. Entonces J. me espera con su Tablet al 15 %de carga.
Es la segunda vez que vemos al Dr. House. Vamos por la sexta temporada. Entretiene ver como el diagnosta resuelve los casos clínicamente más retadores.
Ñau se arremolina a nuestros pies
Voy a descansar.
Se apilan lecturas inconclusas: Guerriero, García M., Vargas L., Ortega y Gasset, Capote, sin contar que guardo cientos de libros en digital: Caparrós, Talese.
Son algunos de los maestros que estudio cuando la casa me lo permite.
Intento descifrar cómo construyen sus narrativas, cómo hacen que la realidad cobre forma literaria.
Desde marzo de 2024 estoy en la escuela de cronistas para sortear el arte de la dificultad.
Pero entrar a clases, y simultáneamente atender mi hogar y a mi pequeña es como intentar ponerle un pañal a un cocodrilo.
Con todo, en 2025, logré un inesperado salto cuántico desde mi mesa de planchar hasta las páginas del periódico impreso más icónico de Ecuador, medio enfocado en difundir temas invisibilizados y prioritarios, y cuya apertura va dirigida a la participación de ciudadanos que se involucren en los desafíos del periodismo social.
Y para mí, una común y silvestre ama de casa, es lo mejor que me ha pasado.
Pero más allá, hay noches en que me apago.
Entonces, estiro el brazo hacia el velador.
Allí está Como el río que fluye, de P. Coelho.
Cuida su casa con molino.
Recorre los pirineos franceses. Busca un claro en el bosque. Practica tiro con arco. Habla de la paciencia del arquero, de la respiración antes de soltar la flecha, del momento exacto en que todo se detiene y solo existe el blanco.
No es literatura de alto calibre. No enseña nada.
Y esa nada, es mi tregua.
El zumbido del tinnitus se acentúa. Me acompaña desde los seis años
Lunes, 05:40 a.m.
Alexa dice: ¡Lili arriba!
Parezco una momia en su sarcófago.
Voy a la cocina. La greca tarda poco en hervir. El café sube fragante.
Nati baja despeinada con las marcas de la almohada en la mejilla.
Para J. pan tostado, aguacate, tomatitos cherries, semillas de ajonjolí sobre pepino, dos huevos tibios, avena.
Para Nati le suelo variar un poco, sándwich de pollo, pero cuando hay prisas, a ambos les gusta el yogurt con muesli y frutillas, bananas, arándanos y frutos secos o lo que tengamos.
J. lleva almuerzo cuando avanzo: algo recién hecho o lo que haya reservado de ayer.
Reviso uniforme, mochila, lonchera, los zapatos que siempre cuesta encontrar y
Nati se va en su recorrido A las 7:17. Vuelve pasadas las 2.
Los ojos atigrados de Ñau me siguen.
Se llama Misifú Teodora Cleotilde Gómez, pero en los bajos fondos es conocida como Ñau y lleva esmoquin blanco y negro.
Si una hormiga patrulla sus croquetas, no come.
Si en su bebedero flota una basurita, no toma.
¡Ah! Pero prueba el agua de los pajaritos e inclusive del sanitario.
En las madrugadas hace una batalla campal: vuela sobre las cabezas, muerde pies, corretea, rompe muebles.
Cuando nos enfermamos, se posa encima y ronronea.
Cuida la casa, la cual tiene pérgola frontal y trasera, planta baja, sala, comedor, cocina, un baño, el espacio de juegos de Nati y el jardín trasero que parece una jungla cuando lo descuido.
Primer piso con las habitaciones, dos baños y sala de estar.
Segundo piso con terraza, lavandería y una oficina.
El suelo es de cerámica 50×50, beige claro. Ante cualquier salpicadura o huella, pareciera que nadie lo hubiera limpiado.
Doy una barrida a todo. Trapeo en zigzag cubriendo cada baldosa dejando unos toques de lavanda o eucalipto.
En planta baja lo hago mínimo tres veces.
Subo al primer piso. Tiendo las camas. Cargo la lavadora, doblo ropa, sacudo el polvillo.
Veo al dinosaurio que uso como máquina de escribir.
Sueño con ahorrar, comprarme una mejor. Sin ella no podría hacer esta crónica.
Hacerlo, me toma entre 20 y 30 horas distribuidas en dos o tres días.
Selecciono algún tema, me documento, verifico fuentes, redacto borradores y edito, si son dos páginas me lleva más tiempo, ni no hay apuro, me toma semanas.
Escribir, para mí, es arrancar las palabras del cansancio, del ruido, de las manos agrietadas.
Es encontrar tiempo para atender a mi adorada Nati, hurgar instantes entre trapeadas, entre lo aplazado, entre el arenero, el planchado, depurar gavetas, limpiar horno, refri, sacar telarañas, cocinar.
Es lunes de titiripollo.
Esta receta, mi esposo la hace mejor que nadie, ¡claro! Si le enseñé.
Se licúa el jugo de varios limones grandes, sal de grano grueso, tomillo seco, dientes de ajo pelados y un chorrito de agua.
En una fuente, se vierte sobre el pollo—entero o en presas— acompañado con cebollas partidas a la mitad o papas. Se hornea a 200 grados por una hora, se voltea y se deja 30 minutos más.
Se acompaña con arroz y ensalada fresca. ¡Ñomi!
De tarde, Nati y yo solemos ver Remi, esa serie de los años 60 y lloramos.
O vamos a San Pedro.
En ocasiones solo sale a jugar
Hacemos pulseras. Pintamos piedritas.
Jugamos a: lobo, ¿dónde estás? Ella y sus vecinitos huyen de mí, hago gruñidos y trato de atraparlos.
Reviso sus deberes.
Las matemáticas y el violín los repasa con su taita.
El cabello le llega a la cintura. Es abundante y se enreda. Le peino y ella tensa los hombros.
—¡Suave, mami!
J. llega. Cenamos, compartimos.
El fregadero se rebosa.
Recuerdo que en la terraza las macetas necesitan deshierbarse. Hay pendientes como humedad que espero solucionar pronto.
Estuve de pie desde las 5:45 hasta las 9 de la mañana, antes de sentarme a desayunar y luego otras horas extinguiendo lo inconcluso.
Lavé los platos cinco veces al día: desayuno, almuerzo, merienda, cena, y los tiliches de la tarde. La greca de Jorge, tres veces.
Tenemos una caminadora y un orbitrek que acumulan olvido. Pero subir y bajar 28 peldaños, 25 veces al día, mas 350 pasos de ida y vuelta a la entrada del condominio unas 10 veces diarias, no es poca cosa.
El desinfectante cuesta un 1 $ y lo rindo al doble con agua. Arreglo los baños velozmente. Si puedo, les dedico más y limpio con vinagre espejos y ventanas.
De mí puedo decir que me tiño yo misma y en algo se disimulan las canas, no tan seguido para no agravar la caída. Tomo al menos un par de duchas diarias porque me acaloro.
No uso con frecuencia sandalias. Tengo que arreglarme un poco más seguido, o tratar de ir por una pedicura. Me urge porque mis pies no son muy diferentes a los del Capitán Cavernícola.
Gestiono todo a mi ritmo, una parte la cubro en un solo día, el resto se hace después. Llevar a Nati a sus extras no es sencillo, espero que pronto solo esté en clases de música los sábados temprano.
Quizás cuando mi niña sea un poco mayor, pueda ver mis intentos por no quedar eternamente a merced del trapeador.
Lunes 23:00
A veces, en la madrugada, Nati nos visita con miedo a la oscuridad. La reconfortamos y con un poco de suerte, se dormirá pronto.
Cobijamos a nuestra princesa de cabellos infinitos.
Mañana volveré a las rutinas, a lo maestros, a seguir intentándolo.
Como el río que fluye.





