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“QUIERO SER ESCENARIO DE UN ASESINATO”

July Ruiz
4 Min Read
Tres caminos se entrelazan hasta llegar a un final que deja abierta la posibilidad de otra historia.

“Los tres andariveles se cruzan y se entrecruzan, se acercan y se apartan para desembocar en el capítulo final, que puede no ser necesariamente el último…”

Por Íñigo Salvador / Para Notimercio

Moral de lobos puede leerse como una secuela de Miércoles Santo. Las dos novelas comparten algunos de los protagonistas –Nuño Olmos, Benito Sánchez, Eugenio Espejo, Juan Bautista Aguirre, La Amapola, la bella Antonia… – y San Francisco del Quito y su comarca son el escenario de nuevos misterios. Pero no hace falta leer la primera para comprender la segunda, pues tienen tramas autónomas.

Una particularidad de Moral de lobos es que desde la página uno el lector sabe que Olmos ha solucionado el caso, pues el asesino comienza la narración en la Plaza Grande, desde el cadalso en el que pronto será ajusticiado. Esta es la apuesta que hago esta vez: el lector recibe del asesino la información sobre el cómo y el porqué de su crimen al mismo tiempo que, en otro andarivel narrativo, Olmos va desentrañando el misterio. ¿Quién solucionará el caso antes, el lector o el protagonista? O, mejor: ¿quién es el protagonista, Olmos o el lector?

La novela transita por tres andariveles: uno, el recuento que hace el asesino de las circunstancias que le llevaron a cometer su crimen (el encuentro con los oficiales españoles adscritos a la Misión Geodésica de la Academia de París, tres décadas atrás, constituye un sabroso paréntesis, aunque es, también, parte de la clave del misterio); dos, la descripción de la investigación que llevan adelante Olmos y Sánchez, a partir del hallazgo de un cuerpo colgado del campanario de una humilde iglesia de indios, y del choque con los esfuerzos de un poderoso aristócrata quiteño por impedir su éxito (salpimentada con el romance que mantiene Olmos con una fogosa joven de la nobleza criolla); y, tres, la narración por carta que hace el padre Aguirre de su periplo hasta La Habana, desterrado en 1767, y de sus especulaciones sobre los posibles motivos de Carlos III para deshacerse de los jesuitas. Los tres andariveles se cruzan y se entrecruzan, se acercan y se apartan para desembocar en el capítulo final, que puede no ser necesariamente el último…

Aunque la novela es, a primera vista, un thriller histórico, es también un pretexto para exponer los contrastes de la época de la colonia tardía: la sociedad estratificada, la violencia de los blancos contra los indígenas para desposeerles de sus tierras, la situación de sumisión de la mujer… Y, por lo tanto, es también una ocasión para preguntarnos cuánto de aquella injusta situación subsiste hasta nuestros días.

Comencé a escribir esta novela en 2022 y ve la luz cuatro años más tarde. Redactarla no ha sido la parte más difícil, aunque sí la más extenuante; lo más difícil ha sido documentar adecuadamente el entorno físico y los escenarios del crimen, pero, en cambio, esta parte, en una ciudad como Quito, es siempre la más fascinante. Imaginen conseguir acceso al exterior de la cubierta de la basílica de La Merced, para subir a la torre y visitar el campanario, buscando, desde ahí, ciertos puntos de referencia que refuercen la verosimilitud del misterio propuesto y, al bajar, toparse con que, en el cupulino de una de las capillas laterales subyacentes, un reloj de sol de piedra se yergue, como pidiendo a gritos: “quiero ser escenario de un asesinato”. ¡Fue algo irresistible!

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