Abigaíl Cadena / Notimercio
Un golpe fingido en una parada concurrida bastó para borrar horas de memoria, vaciar cuentas bancarias y desafiar el escepticismo de quienes pensaban que estas cosas solo pasan de noche.
Eran las seis de la tarde y yo salía de trabajar de la entidad bancaria por el sector de la Quito Tenis. Salí con la luz del día, me despedí del guardia y me fui a la parada de bus sin imaginar nada malo. Esperando el transporte con los audífonos puestos, respondiendo mensajes en el celular. De la nada, una chica me pegó un golpe en la cara, cerquita de la boca y la nariz. Como lloviznaba, me dijo que se había resbalado y le creí porque pensé que podía pasar. La tipa se quedó parada ahí y yo seguí en lo mío.
En menos de cinco minutos mi cuerpo se desconectó por completo. Quise escribir en el teléfono y mis dedos ya no respondían. Esa droga no avisa con tiempo; la dosis que me dieron fue tan fuerte que me derrumbé contra la banca de la parada. Lo último que grabó mi cerebro fue ver a la chica acercándose, un carro negro frenando de golpe y a unos tipos subiéndome a la fuerza. De ahí en adelante, mi memoria se apagó por completo.
Mientras yo flotaba en ese vacío químico, los criminales usaron mi celular y mis tarjetas. Compraron cosas en un local frente al Plaza de las Américas y le escribieron a mis papás pidiéndoles plata, aprovechando que sabían que mi papá me debía un dinero que me iba a devolver esos días. Lo único que me dejaron tirado fueron mis documentos de identidad, algo rarísimo.
¿Cómo aparecí en mi casa? Gracias a un taxista. Él contó después que me subió en La Floresta con la ayuda de un abuelito que me sostuvo porque yo no me podía ni parar. Aunque iba totalmente drogado, mi boca soltó los datos exactos: calles, número de casa y color del conjunto. Al llegar, me bajé y caminé hacia la puerta. El taxista me siguió furioso porque pensó que no le iba a pagar.
Mi hermano me vio entrar y le dijo a mi mamá que yo parecía borracho. Justo en ese momento, mi mamá respondía los mensajes falsos que mandaban desde mi celular pidiendo plata. Al abrir la puerta, se encontró con el taxista. Como yo no olía a alcohol y estaba completamente ido, mi familia supo de inmediato que algo grave pasaba y frenaron cualquier intento de estafa.
Me llevaron de urgencia al hospital. El efecto de esa droga fue tan brutal que vine a despertar y recuperar la lucidez completa recién el miércoles al mediodía, conectado a sueros. Los médicos explicaron que me metieron una dosis altísima que casi me cuesta la vida, y que el malestar físico duró una semana entera.
Puse la denuncia en la fiscalía, revisé cámaras y hasta pedí los videos del negocio de enfrente, pero las placas del carro eran falsas. Eran profesionales. Hoy en día, cuando veo tantas noticias sobre gente escopolaminada en plena calle, ya no me sorprende. En su momento nadie me creía y decían que yo andaba en malos pasos, pero la cruda realidad es que el peligro te espera tranquilo en cualquier esquina a plena luz del día.


