Sofía Obando A. / Notimercio
La inseguridad despierta preocupación en la juventud quiteña que calcula horarios, comparte ubicaciones y está alerta. Sobre todo, para una mujer, el miedo forma parte de la rutina.
La última vez que salí en la noche no pensé en qué me iba a poner para la ocasión. Pensé en cómo iba a regresar a mi hogar.
Es una pregunta que antes parecía secundaria. Ahora acompaña casi cualquier plan: ¿con quién regreso?, ¿quién me puede recoger?, ¿habrá taxi o uber?, ¿será mejor salir antes? Como muchas personas de mi edad, quiero salir, ir a conciertos, conocer restaurantes, conversar con mis amigas hasta tarde. Quiero disfrutar mi ciudad. Pero también quiero volver a casa.
Caminar por Quito se ha convertido en una experiencia distinta. Debes mantener a salvo tus pertenencias, si alguien camina demasiado cerca, cambiar de acera. Si el transporte tarda, te inquietas, etc. Y cuando finalmente cierras la puerta de casa al llegar, sientes alivio.
Los números ayudan a entender por qué el miedo dejó de ser una preocupación individual. Entre enero y junio de 2026 se registraron 823 denuncias de desaparición en Quito. De ellas, 79 fueron clasificadas como desapariciones involuntarias. En este grupo, 43 personas fueron encontradas sin vida y 36 con vida. Hay una diferencia importante: no toda persona reportada como desaparecida es víctima de un delito. Las estadísticas incluyen situaciones y causas diversas. Pero para quien espera noticias de un familiar, la palabra “desaparecido” pesa igual. Durante esos días no existe certeza, solo preguntas.
Y mientras leo esas cifras, inevitablemente pienso en las mujeres de mi edad.
En las amigas que comparten su ubicación cuando salen. En los mensajes que dicen “avísame cuando llegues”. En las conversaciones sobre qué calles evitar. En las veces que una amiga se queda pendiente hasta saber que la otra llegó a su casa.
Nos hemos acostumbrado a cuidarnos entre nosotras como si fuera una parte normal de salir.
También están los homicidios. Quito registró 41 muertes violentas entre enero y febrero de 2026, once más que en el mismo periodo de 2025. Puede parecer una cifra pequeña frente a los números nacionales. Pero una estadística cambia cuando se vuelve cercana. Cuando tiene un nombre, una edad, una familia. Cuando deja de ser un número y se convierte en alguien que ya no regresó.
Eso es lo que más me inquieta de vivir en Quito: que la violencia empiece a sentirse cotidiana.
No quiero decir que la ciudad esté vacía. No lo está. Los restaurantes siguen llenos, las calles siguen teniendo música, los bares reciben gente y los fines de semana todavía hay quienes salen a bailar. Quito continúa siendo una ciudad viva. Yo también quiero ser parte de esa vida.
Pero a veces siento que para hacerlo tengo que negociar con el miedo. Salgo, pero calculo la hora. Me divierto, pero estoy pendiente del teléfono. Camino, pero observo quién viene detrás y a los costados de la acera.
Y entonces aparece una contradicción que no sé cómo resolver: quiero libertad, pero también quiero sentirme segura. Quiero disfrutar mi juventud sin que la seguridad sea el tema central de cada salida.
No quiero que mi generación aprenda que crecer significa acostumbrarse al miedo. No quiero pensar que disfrutar una noche implica que volver temprano es siempre la opción más prudente, que caminar sola es una imprudencia o que salir de noche es un riesgo que simplemente debemos asumir.
Quito también es nuestra ciudad. La de quienes estudian, trabajan, emprenden, se enamoran, hacen amigos y quieren descubrirla.
Porque salir, divertirse y volver a casa no debería ser una hazaña.
Debería ser una noche para recordar y no temer.


