Pablo Carrera Piñeiros / Para Notimercio.
El día que Ecuador venció a Alemania. Hay momentos que uno compra sin saber que terminarán cambiándole la memoria.
Cuando el sorteo del Mundial anunció que Ecuador enfrentaría a Alemania en el MetLife Stadium de Nueva Jersey, sentí que el destino me estaba haciendo un guiño. El estadio estaba apenas a quince minutos de mi casa. Después de tantos años lejos de Ecuador, el Mundial parecía venir a tocarme la puerta.
Esa misma noche entré a la página de la FIFA para intentar conseguir entradas. El sistema fallaba, los boletos desaparecían y la tarjeta de crédito era rechazada una y otra vez. Finalmente, después de varios intentos, apareció el mensaje de confirmación. Había comprado los boletos.
Fue una decisión impulsiva. Los adquirí siete meses antes del partido y, al principio, pensé venderlos. Los precios subían cada semana y podía recuperar varias veces la inversión. Pero mientras el Mundial se acercaba entendí que algunas entradas no se compran para ganar dinero.Se compran para poder decir algún día: “Yo estuve ahí”.
El jueves 25 de junio amaneció diferente. Después de varios días grises, el sol parecía haberse reservado para esa tarde. Salí temprano rumbo al American Dream, el enorme centro comercial frente al estadio desde donde miles de aficionados caminaban hacia el ingreso.
Ahí ocurrió el primer milagro del día. A medida que avanzaba, el inglés comenzó a desaparecer. Primero escuché un “¿qué fue, mijo?”. Luego un “ñaño”, un “vamos Ecuador”. Costa, Sierra y Oriente mezclados en un solo lugar. Miles de camisetas amarillas caminando en la misma dirección.
Por un instante dejé de sentirme inmigrante. Era como caminar por el Quicentro antes de un partido en Quito. Como llegar al estadio Atahualpa en una tarde de eliminatorias. Como regresar a un país que llevaba años extrañando sin darme cuenta.
En el túnel que conecta el centro comercial con el estadio comenzaron los primeros cánticos de “¡Sí se puede!”. Las voces viajaban de un extremo a otro como una ola interminable.
Entonces apareció una imagen que me estremeció: las vendedoras de caramelos. Las mismas mujeres que tantas veces había visto alrededor del Atahualpa vendiendo chicles, caramelos y chocolates con sus hijos a la espalda estaban ahí, en Nueva Jersey. La misma escena, a miles de kilómetros de distancia. Era como si Ecuador hubiera decidido mudarse completo por un día.
Afuera del estadio predominaba el amarillo. Un DJ repetía una y otra vez el Juyayay, que terminó convirtiéndose en el himno improvisado de aquella fiesta. Miles bailábamos sin vergüenza y hasta algunos alemanes se unían, sorprendidos por una celebración que no parecía de un partido de fútbol, sino de una reunión familiar. Una fiesta popular con gente de pochos y máscaras de diablo huma.
Al entrar al MetLife, la emoción aumentó. Éramos 80.663 personas llenando las graderías. El césped brillaba, las pantallas iluminaban el estadio y poco a poco todo se teñía de amarillo.
Llegó el momento del himno. Y descubrí algo: nunca antes había cantado realmente el Himno. Solo lo había repetido. Aquella tarde lo canté con la mano sobre el corazón y la garganta hecha un nudo. Mientras lo entonaba mire a mi alrededor y vi personas con los ojos cerrados, otras llorando, recordando seguramente una escuela, un barrio, una familia, una cancha de tierra. Porque cuando estás lejos, el himno deja de ser una canción y se convierte en un abrazo.
El partido comenzó y apenas habían pasado dos minutos cuando Alemania se adelantó en el marcador. Fue un golpe seco. Durante unos segundos apareció el miedo. Pero este Ecuador nunca aprendió a rendirse. Al minuto nueve llegó el empate. El estadio explotó. Los vasos volaron, los abrazos unieron a desconocidos y la alegría volvió a ocupar cada rincón de las graderías.
El segundo tiempo fue una batalla de emociones hasta que llegó el minuto 77. Una jugada dentro del área, un rebote, un instante de incertidumbre y luego el grito que nadie olvidará: Goooool de Plata. No vi la repetición. Solo vi a miles de personas abrazándose, llorando y saltando al mismo tiempo. Los alemanes grababan nuestras reacciones, intentando guardar en sus teléfonos la imagen de un país entero celebrando.
Cuando llegó el pitazo final, Ecuador había derrotado 2–1 a Alemania. Pero aquella tarde no ganamos solamente un partido. Ganábamos miles de memorias. Después del encuentro nadie quizo irse. Hasta que al final sonó Nuestro Juramento, el estadio entero comenzó a cantarla como una promesa, como un vínculo con quienes estaban al otro lado del continente.
Salimos nostálgicos y emocionados entre una inmensa marea amarilla. Los alemanes nos felicitaban, los vendedores ambulantes aparecían con sus hieleras en los parqueaderos y, por un momento nuevamente, Nueva Jersey se me volvía a parecer a Ecuador.
Esa noche regresé a casa con varios vasos conmemorativos, un par de banderas y cientos de fotografías. Pero lo más importante no cabía en ningún lugar. Me llevé la certeza de que, aunque la vida me hubiera llevado a miles de kilómetros del lugar donde nací, hay momentos en los que la distancia desaparece.
Porque volver a casa no siempre significa tomar un avión. A veces basta con noventa minutos de fútbol para descubrir que el hogar nunca dejó de viajar contigo.
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