La fanesca que curó lo que no sabíamos decir

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La fanesca mas rica de mi vida.

July Ruiz/ Para Notimercio

Un relato íntimo que convierte la fanesca en una metáfora de los vínculos familiares: más allá de lareceta, el plato representa un espacio de encuentro en medio de tensiones, silencios y emociones no resueltas.

La fanesca más rica de mi vida no fue la más perfecta, ni la más elegante, ni siquiera la más equilibrada. Fue, sin duda, la más humana y quizá por eso, la más difícil de olvidar.

La recuerdo como se recuerdan las cosas importantes: con el olor antes que con la imagen, ese aroma espeso y tibio que empezaba a invadir la casa desde muy temprano, como si la cocina respirara más hondo que de costumbre. Una mezcla de granos cocidos lentamente, de bacalao desmenuzado con paciencia, de leche y maní que se fundían en una sola textura, pero también había algo más, algo que no se podía nombrar tan fácil: una memoria compartida, un eco de otras cocinas, de otras manos, de otras Pascuas; era Semana Santa, pero también era reunión: y eso, en nuestra familia, no siempre era sencillo. 

La mesa no estaba puesta aún y ya todos estábamos ahí, orbitando alrededor de la cocina como si fuera el centro de algo más grande; alguien picaba cebolla con los ojos llorosos, no solo por el efecto del cuchillo; otro probaba la sal “solo para ajustar”, alguien más contaba una historia que ya habíamos escuchado mil veces, pero que en ese momento parecía tener otro peso. La fanesca no se cocina sola: se arma entre manos, entre voces, entre presencias que a veces llegan con cargas invisibles; porque esa vez no todo estaba bien.

Había tensiones que se sentían en los silencios largos, en las miradas esquivas, en los temas que nadie se atrevía a tocar directamente; distancias que no eran físicas, pero sí profundas; palabras que se habían quedado atrapadas semanas, incluso meses, esperando un momento que nunca parecía llegar. Y, sin embargo, ahí estábamos.

Tal vez porque la tradición pesa o porque hay rituales que, incluso cuando no queremos, nos convocan. La fanesca, con su paciencia obligatoria, con su tiempo lento, nos hizo coincidir, nos puso en el mismo espacio sin demasiadas escapatorias; porque siempre hay algo que hacer: revolver, probar, cortar, servir; siempre hay una excusa para quedarse.

Y en ese ir y venir de cucharas, de ollas que burbujeaban, de sabores que se ajustaban sobre la marcha, algo empezó a cambiar; no fue un momento exacto, no hubo una frase que lo detonara; fue más bien una suma de pequeños gestos: una mano que alcanzó otra sin darse cuenta, una risa que se escapó donde antes había tensión, una opinión que ya no sonó como reproche sino como cuidado.

La fanesca tiene eso, es una suma de diferencias que solo funciona cuando todo logra convivir. Doce granos distintos, cada uno con su textura, su tiempo, su forma, ninguno es suficiente por sí solo, pero juntos construyen algo que no podría existir de otra manera. Como nosotros los seres humanos.

Cuando finalmente nos sentamos a la mesa, el silencio fue distinto; ya no era incómodo ni denso, era un silencio lleno, casi agradecido. Cada plato servido parecía llevar algo más que ingredientes: llevaba el esfuerzo compartido, las pausas necesarias, las pequeñas reconciliaciones que no se dijeron en voz alta pero que se sintieron en cada gesto.

Recuerdo haber probado esa fanesca y quedarme un segundo más de lo normal en ese primer bocado, no porque el sabor fuera extraordinario —aunque lo era—, sino porque había algo más profundo ocurriendo. Era como si, en ese instante, todo encontrara un lugar, como si las diferencias no desaparecieran, pero dejaran de doler tanto.

Entendí entonces que no era la receta lo que la hacía especial, era el momento y la posibilidad, tan simple y tan difícil a la vez, de volver a encontrarnos; de compartir sin tener todo resuelto, de sentarnos a la misma mesa con lo que somos, con lo que falta, con lo que todavía duele… y aun así quedarnos.

Desde entonces, cada vez que llega esta época, no pienso en la fanesca como un plato; pienso en ella como un acto profundamente humano. Un ritual que no solo alimenta el cuerpo, sino que abre espacios donde antes había distancia; donde lo cotidiano —una olla, una cuchara, un puñado de granos— se convierte en una oportunidad para reconstruir.

Porque tal vez de eso se trata; de entender que no siempre vamos a estar bien, que no todas las conversaciones van a ser fáciles, que hay silencios que pesan. Pero también de reconocer que hay formas —pequeñas, imperfectas, profundamente nuestras— de volver. Y quizá por eso, la fanesca más rica de mi vida no la volveré a probar igual; porque no se trataba del punto exacto de sal, ni de la textura perfecta, ni de la receta heredada al pie de la letra. Se trataba de nosotros y de todo lo que, sin darnos cuenta, fuimos capaces de mezclar ese día.

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