Con mamá se fueron la receta y la casa llena

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Casa llena con mi madre.

Yahaira Recalde/ Para Notimercio

Un texto reflexivo que critica el ritmo acelerado de la vida moderna y reivindica la fanesca como un símbolo de tradición. A través de anécdotas personales, la autora muestra cómo este plato trasciende lo gastronómico en un acto de generosidad.

Vivimos en una época en la que apenas ha terminado agosto, y sin que hayamos logrado aún sacar el terno de baño mojado de la maleta; los centros comerciales ya están vestidos de día de brujas con luces navideñas y olor a canela.

La rosca de reyes se vende casi al mismo tiempo que el pavo para la cena de fin de año y estamos a nada de que la espuma de carnaval sea un ingrediente de la fanesca.

Nos hemos acostumbrado a vivir a prisa y con la sensación de que estamos atrasados, aunque, nueve de cada diez veces, no sepamos ni a donde nos atrasamos.

Desconozco en cuántas familias se conserva la tradición de preparar la fanesca, pero, si se que los restaurantes están atestados de comensales que se niegan a dejar morir este ritual tan nuestro.

En mi casa mi mamá hacía una olla tan grande que alcanzaba para toda la familia con segunda vuelta incluida, para los vecinos más cercanos, y hasta para los novios de mis hermanas y mío. Un minuto de silencio por aquel novio que tuvo la mala idea de ir al cine después del almuerzo con arroz de leche incluido y se quedó dormido, lo cual le costó el puesto.

Con mamá se fueron la receta y la casa llena, sin embargo, fue tanto amor el que sembró que nosotras seguimos recogiendo los frutos.

En una ocasión pasé el viernes santo, el sábado de gloria y hasta el domingo de resurrección, en mi cama, luchando cuerpo a cuerpo con una faringitis. El lunes, al regresar al mundo me encontré con la hermosa sorpresa de que las mamás de dos de mis grandes amigas me habían guardado un plato de fanesca.

Durante muchos años, el viernes santo, la Fannyfa, la mamá de mi amiga que me acompaña desde el cielo, tuvo en su mesa un puesto para mi junto al de sus hijos y nietos.

La Moca, mi maestra y amiga prepara una fanesca espectacular, apta para intolerantes a la lactosa, con empanadas, huevo duro, platanitos fritos y siempre somos sus invitados de honor mi hermana, mi sobrino y yo.

En la empresa para la que trabajé gran parte de mi carrera profesional cada año nos invitaban a todo el personal a disfrutar de la fanesca, el molo y los higos con queso.

Cada una de estas micro historias podrían parecer intrascendentes, posiblemente lo son, sin embargo yo elijo creer que en cada una de ellas la vida me demuestra que todo lo que das desde el corazón se te regresa multiplicado para ti o para los tuyos.

Para quienes tienen el don, la habilidad y el gusto por la cocina, preparar uno o varios platos para los demás es una forma de dar parte de su alma y de dejar una huella.

Ser invitado a la mesa de alguien es sentirse por un momento parte de esa familia, compartir sus bromas, sus rituales, es saber que eres bienvenido en ese espacio, que puedes sentirte acogido y seguro.

No permitamos que estas costumbres tan nuestras se pierdan, abramos las puertas de nuestra casa a aquellos que queremos y valoramos. Pensemos que mañana alguien hará lo mismo por los nuestros.

Y nosotros los que tenemos el privilegio de ser invitados seamos gratos con quienes lo hacen, abramos nuestro corazón – y si es necesario también el botón de la falda para que nada se desperdicie-

Hagamos de esta Semana Santa una verdadera celebración del amor que el hijo de Dios tuvo por nosotros.

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