El amor antes  y después de mis hijos…

abigailcadena@notimercio.ec
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Belén Bonilla/ Para Notimercio

La maternidad transformó profundamente la relación de una pareja que, tras años de complicidad, enfrenta distancias emocionales y conflictos por los nuevos roles, prioridades y sueños personales.

R me conoció a los 12 años, (era mi compañero de clase) pero no vio en mí nada inusual hasta los 19 años que coincidimos casualmente en la ciudad de Quito, y de una amistad muy atractiva nació una relación que con los años, formó una familia.

R veía el matrimonio un poco incómodo al inicio, pues sus tiempos ya no lo eran, su dinero ya no era personal, sin embargo compaginamos a la hora de ponernos en el papel de ser esposos, todo se daba de manera muy espontánea.

Matrimonio perfecto, complicidad absoluta, escapadas románticas, pero siempre R necesitaba un empujón, pues le costaba expresarse. Eso era algo con lo que podíamos lidiar, ya que me esforzaba el doble por los dos para que todo sea un 100.

Pero…, decidimos ser padres y todo cambio, R y yo ya no nos hemos vuelto a ver de la misma manera que cuando éramos novios o esposos sin hijos ni mucho menos hemos logrado empatar horarios, prioridades ni mucho menos metas.

El amor se esfumó, o al menos no siento sus abrazos, sus invitaciones a comer o a ir a aquel concierto que tanto gustaba de mi compañía aunque no supiera las canciones ni menos quien era el cantante.

En los días en los que vivía mi maternidad, no sentía su compañía. Estaba trabajando duro pues se venían las responsabilidades y deje de ser su prioridad y empecé a ser parte de un listado de cosas pendientes.

Paralice el mundo cuando me vi con mis hijos en brazos, hasta que un día tras 5 años de esto, se abrió una nueva puerta, volver a las aulas y deje se ser, lo que se espera de una madre que da lo que tiene y hasta lo que no tiene por el bienestar de los suyos.

Si, la que no se prioriza, la que ve mal ir al café y dejar al hijo encargado, la que no se baña por mas del tiempo permitido porque le roba tiempo al niño, la que no se sienta a comer y espera que le sirvan si no la que está para después y después y después.  

Mi rebeldía si así se la puede denominar ha logrado alejarse del estereotipo de madre abnegada, invalidando mi actuar desde casa.

Hoy, R no habla de mí con frases poéticas, dice cosas cortas a veces duras, dice: tú siempre estás en otra cosa, a ti tus sueños te importan más que cualquier cosa. No sé si encajo en tu nueva vida.

Cuando R me ve dedicarme tiempo (frente al espejo) sonríe incómodo frente a mí estética y lo dice sin rodeos: No sé lo que quieres; y no es reproche es una certeza.

El acepta que algo cambió y no sabe cómo alcanzarlo, R me dice que soy alegre, juvenil lo dice cuando compara su cansancio con mi energía cuando me nota que me proyecto hacia adelante y él se queda evaluando lo que ya pasó. Belén en casa esperándolo, Belén siendo el promedio de mujeres que ven a su pareja inalcanzable y orgullosa de ello. Es ahí, cuando sí me veía con una sonrisa sin cuestionarme.

Ha sido cruel, pues me dice más de una vez que no me importa mi familia, que antepongo mis proyectos personales a la familia, y no es una acusación directa sino es como una observación repetida.

Antes estabas más pendiente, ahora tus cosas son más importantes y que has logrado, sigues en el mismo lugar, nunca menciona que esas “cosas” son mi formación académica, mis metas, mi construcción personal, mis sueños, pero es o está ahí al fondo de lo que dice.

R desconfía en detalles pequeños, como: preguntas frecuentes, cuestionamientos, revisa mi teléfono, interpreta distancias, no porque tenga motivos, sino porque no entiende mis tiempos ni mis prioridades mucho menos se ha tomado el tiempo de conocer mis nuevos sueños los cuales curiosamente no son sólo familiares.

No sé qué piensas, no sé si todavía somos los de antes, pero lo más fuerte es lo que dice de mí, si no lo que dice de él.

Siento que soy yo el que ve por los niños, invalidándome por completo, no me acusa pero me excluye, se coloca en otra posición frente a los niños. Y no reconoce que decidí no solo ser madre, decidí ser YO, Belén mujer, esposa y madre en ese orden pero profesional, soñadora, alegre, luchadora y con metas propias en los 3 ámbitos.

R por ahora, no acepta mis invitaciones, no se ve cómodo con mis momentos (cursos, reuniones, trabajo) como si dejara que avance sola, acaso si no es un plan o curso de cómo ser mejor mamá, o como dar correctamente la alimentación a tu hijo, no importara.

Recuerdo a R era él quien estaba en mi lugar, era él quien viajaba, quien estudiaba, quien tenía metas, quien creaba empresas y tenía una vida exitosa. Él lo reconoce y yo a su sombra solo esperaba estar a la altura, jamás me cuestionaba si lo que hacía era por los dos por nuestra familia o simplemente si en sus planes yo tenía un lugar.

Y ahora qué? Dejamos que nuestra relación se desgaste y termine erosionada, y que a mí no me importe intentar que R entienda que soy una mujer, esposa y madre pero también una profesional y una soñadora que quiere aprender otro idioma, o a entonar un instrumento y porque no encontrar otras pasiones, porque después de ser mamá no he perdido el interés por más y más sueños y metas por alcanzar. Me rehusó a ser solo una madre o ama de casa.

Pero a R al final le importa más seguir siendo el mismo R, de ahora… esto va a terminar mal, o no sé?. ¿Qué debo hacer con R?. Si evidencio que empatar sueños y caminos no es tan fácil como tomarlo de la mano e invitarlo a ver con mis lentes el final de mi arcoíris, pues ser adulto engloba orgullos y estereotipos que te encasillan en algo que seguir ya predeterminado y no siento encajar.

Pero al final quien decide mi vida soy yo y quien decide su vida es R

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