Yahaira Recalde / Para Notimercio
Pasa. Llevaba mucho tiempo esperando este momento. Déjame abrazarte, sentir tu perfume. Por favor, siéntate. Me parece increíble que estemos juntas.
Estoy un poco nerviosa, no sé por dónde debería empezar. Voy a empezar por darte la razón: estudiar economía no fue un acierto de mi parte. Al final, los temas abstractos no son lo mío. Yo soy más terrenal, más práctica si quieres. Pero, en el fondo, también tú tienes algo de responsabilidad. Me enseñaste que por donde se mete la cabeza, hay que sacar el cuerpo.
No fui economista. Me gradué de administradora de empresas y dediqué mi vida a los números, a las finanzas. Nunca logré tener tu letra manuscrita, pero digamos que mi letra imprenta es bastante comprensible, y con la computadora también me defiendo bien.
Me doy cuenta de que no quitas la mirada de mis plantas. Sí, al final lo logré. Claro que no son tan lindas como las tuyas, y en el arte de robarme patitas tú sigues teniendo el campeonato mundial.
Creo que soy una buena tía, o al menos lo intento. Tuve a la mejor maestra. Aún recuerdo cómo bastaba que mis primos te vieran para que hicieran su maleta y pasaran el fin de semana en nuestra casa.
No, por favor, no abras mi refrigerador. Solo vas a encontrar aire y no te vas a sentir orgullosa de mí. Pero, en mi defensa, siempre que tengo invitados en casa les brindo algo, aunque a mí no me guste. Siento que al hacerlo tú sonríes y me das una palmadita en la espalda.
Quisiera mentirte y decirte que cuando compro alguna golosina en el supermercado no la abro en el auto, pero no es cierto. Sí la abro, y sí te pienso diciéndome que eso es de muy mal gusto. Y, para limpiar mi conciencia, sacudo las migas al bajarme.
Recién ahora, a mis cincuenta y tantos, he encontrado un buen amor. El camino no fue fácil. Quizás debí hacerme de rogar un poco más, ja, ja, ja. Y lamento decirte que los tiempos han cambiado, y ahora no está mal que una mujer llame a la casa de un hombre, aunque ya casi nadie tiene teléfono en su casa.
Al escribir mi nombre, siempre lo hago con los dos apellidos. A algunos les parece innecesario y hasta pretencioso, pero es mi manera de decirles a todos de dónde vengo.
Me tomó muchísimo tiempo, pero al final logré ir sola de compras, a cortarme el cabello, al supermercado, y hasta pude tener mi propio hogar de una sola persona. Eso sí, ordeno las compras —cuando las hago— por tipo: verduras, fruta, enlatados, implementos de limpieza. Tiendo la cama y doblo las sábanas como tú, y nunca me duermo con la habitación desordenada. Sé que tú lo has visto.
Tu partida ha sido la prueba más grande y dolorosa. No sabía cómo se vivía sin ti. El hueco que tenía en mi corazón era enorme. Por él solo entraba frío, y parecía que nunca se iba a cerrar. Aún no se ha cerrado, y sé que así va a ser hasta que nos volvamos a encontrar. Pero por ese huequito ahora también entra el sol, cada vez que miro una foto tuya, cuando veo que tu nieta o mis ñañas se ponen tu saco o tus faldas, cuando tus arupos florecen y llenan de luz la casa o cuando me descubro repitiendo tus dichos o cantando una canción de Leonardo Favio.
Sé que no necesito pedirte que te quedes, porque mientras vivas en mi memoria, nunca te irás, Mamá.






