Paulina Narváez Ricaurte / Para Notimercio
A través de las ausencias y del amor que persiste, descubro que la muerte no acaba con todo, solo transforma lo que somos.
Siento fascinación por la muerte, no una con morbo, sino con esa curiosidad de quien busca encontrar algo. No explicaciones, sino alivio. No reclamos, sino amparo. No ruido, sino armonía. La muerte se sienta en mi cama desde siempre, ella se pasea cómoda, me mira, llora a mi lado y se ríe saltando mi sombra, como si jugara a la cuerda, mientras espera, mientras suspira, mientras prepara sus largos dedos para afilar su entrada y pellizcar de a poco el alma y desprender entre las rendijas de mis huesos, el aire, ese que se escapa, que suma días, que resta noches, que crea historias, que borra pasos.
Era muy chiquita cuando el velo oscuro cubrió las cabezas de mi mamá, de mis tías, de mi abuela. Seguí pequeña, cuando abrí los ojos y las lágrimas negras corrían por un cause sin fin, surcando grietas en las mejillas de las mismas mujeres de antes. Todavía era niña, cuando me perdí entre la arena húmeda de una brisa triste que me recitaba al oído que la más tierna de todas, mi abuela Rosarito, también se me iba y no encontré a nadie que me explicara que ese adiós es temporal y que conviene, porque desafía a la física y me permite escucharla sin necesidad de nada, solo del amor más puro. Pero la muerte no se detiene en detalles, ella anda, rebasa, cubre y exhala. Ella espera, roba y esconde un pedazo más del aire que se cierne, quitándome segundos repletos de cuentos que se arman y destruyen, que se juntan y desaparecen, que dibujan y borran, que rayan y difuminan, que escriben las letras de ese paso por una vida que alguien me soltó entre las manos. Es que ella es así, divertida y traviesa, a veces toma mis dientes y mientras dibujo con una tiza la rayuela, ella los lanza evitando pisar las rayas, porque de lo contrario, seguro se acordará de que es hora de trabajar y se entristece.
Y los años siguen y cuando la tengo en frente, sonrío, ella se esquiva y me abraza, me detiene y acaricia la mejilla, porque sabe que pronto me quebraré y quiere alargar los minutos, estirar los días, abultar los años, pero nuevamente la fuga es innebitable y las ranuras ceden aún más, se preparan casi en silencio, porque su silbido cruel e inútil, fastidia constante y dulcemente.
Ahora es ella quien busca mis ojos y los encuentra, ahora es ella quien sostiene la mirada, directa, fría, quieta y me rompe, mientras se destroza por dentro, mientras se resiste a lanzar alcohol en mi herida abierta, mientras me arde el espíritu y se retuercen las ideas porque están solas, porque no encuentran el muro, porque no hay red, porque el desamparo tiende sus hilos bajo mis pies y me hundo, porque el último pinchazo me succionó la médula y ella lo sabe, siempre lo supo. Porque un padre jamás debe morirse. Porque la base no puede triturarse, porque nada duele más que un último roce no dado. Porque no hay peor traición que esa que se espera, pero que convence que nunca vendrá. Cuando ella se metió en mis pupilas, me atravesó por completo, se escurrió en la piel, desinflando mi único y último soplo, despojándome de todo mi equilibrio.
La muerte no es mala, es astuta y se resbala, y asoma y se lleva lo que de verdad importa, porque aunque no quiera ver, sé que aquí quedamos algunos, mientras que allá, siempre se van los mejores.





