Limpiar mis closets y mi alma

info@notimercio.ec
5 Min Read
Al limpiar mi clóset, cada prenda se convirtió en un recuerdo. Desprenderme de lo viejo fue un acto de sanación, un paso hacia la libertad.

Yahaira Recalde / Para Notimercio

Sorpresivamente fueron apareciendo cajas que no tenía registradas en mi memoria. Retiré el polvo de una de ellas, al abrirla, salieron atropellándose entre ellos, miles de recuerdos.

“Si no lo has usado los últimos seis meses, no lo vas a usar nunca: regálalo, recíclalo o bótalo.” Este fue uno de los mantras con los que mamá me preparó para este mundo.

En uno de esos días en los que necesitaba limpiarme el alma, empecé por limpiar mi clóset. La obsesiva compulsiva que vive en mí empezó por los pantalones: los de vestir, los de fines de semana, los de fiesta, los de gerente, los de pilates y hasta los de pijama. La primera conclusión fue que mi color preferido es el negro, y que es la ropa la que se encoje y no yo la que engorda.

Continuando con el orden establecido, seguí con las faldas. La primera en abandonar la competencia fue la verde oliva, en la que me enredé y rodé varias gradas como hámster sobre estimulado. Llegó el turno de los vestidos. Con lágrimas en los ojos, me despedí del vestido fucsia bordado, cuyos años de gloria vivirán en mí. Tuve que llamar al 911 para que me ayudaran a bajar el cierre del enterizo que yo pensé me iba a quedar flojo, y fui feliz de saber que los vestidos holgados me hacen sentir cómoda y guapa.

Me había olvidado de aquella blusa negra que mi tristemente célebre exnovio me trajo de alguno de sus viajes. A mí y a unas cuantas más. Eso sí, tuvo la delicadeza de comprarlas en distintos colores; él siempre fue de finos detalles.

Llegamos a la sección de abrigos. Los acomodé uno a uno, cuidé que estuvieran bien colgados y me puse aquel abrigo azul, tres cuartos, con hombreras grandes, sin botones, con el que tantas veces mi mami se fue a fiestas del brazo de mi papá. Me abracé con él como si fuera ella quien lo estuviese haciendo. Intenté encontrar su olor, metí las manos en los bolsillos y apoyé mi cara en sus texturas, imaginando que en ellas volvía a ser niña.

Hice una fila de zapatos. Como quien juega a ser grande, me puse los stilettos y me los quité enseguida, pues me sentí como zanquero afuera de concesionario de vehículos. Me calcé las botas negras, las cafés y las marrones. Di de baja los tacones de más de cuatro centímetros y les agradecí por todo lo vivido. Acaricié mis mocasines formales, informales, planos, de plataforma, les aseguré que no nos separaremos por los próximos veinte o treinta años.

Sorpresivamente, fueron apareciendo cajas que no tenía registradas en mi memoria. Retiré el polvo de una de ellas, al abrirla, salieron atropellándose entre ellos, miles de recuerdos. Allí estaba un libro con pasta dura y, de portada, una niña vestida en tonos pasteles, azules y rosas, que al frotarlos emanaban un empalagoso sabor a fresa. Ella era la fiel guardiana de mi diario. Sus páginas estaban llenas de los más dulces conflictos: la fiesta de quince años a la que no fui invitada, el chico que no me sacó a bailar, la compañera que no hizo el trabajo en grupo y que igual insistió en que se pusiera su nombre.

Debajo del diario me hacía ojos el álbum de mi primera comunión. ¡Qué bueno que no me hice monja! Qué mal me queda la toca. Y del álbum de las fiestas del colegio me ha nacido la idea de demandar a la peluquera que me convenció de hacerme la permanente.

Mis closets y mi alma quedaron limpios, vienen cuatro días de feriado, quizás sus almas y sus closets necesiten una limpieza también.

Share This Article
No hay comentarios