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Matrimonio

July Ruiz
2 Min Read
La complicidad, los valores compartidos y el cuidado mutuo dan forma al “nosotros” que se construye cada día en el matrimonio. Imagen ilustrativa generada con inteligencia artificial.

Por Padre Juan Carlos Vásconez / Para Notimercio

Casarse no es firmar una tregua ni apostar a ver cuánto dura el entusiasmo. La verdadera belleza del matrimonio reside en la decisión diaria de hacer que funcione, desterrando de raíz la amenaza del divorcio como recurso ante el conflicto. 

Quien ama de verdad clausura las salidas de emergencia: no negocia con echarse el abandono, ni huir sino que convierte la crisis en terreno fértil para madurar. Supone desaprender el egoísmo del “yo” para conjugar, con paciencia y entrega mutua, un fecundo “nosotros”.

Alguien definió al matrimonio como convivir con tu mejor amigo en medio de una complicidad sazonada por el erotismo, con quien compartes el pan, la vulnerabilidad y la totalidad del alma. Ese pacto indisoluble refleja el misterio mayor: la entrega absoluta de Cristo, quien no calculó pérdidas ni puso condiciones al dar la vida por la Iglesia, su esposa. Amar así es un acto de valentía radical en tiempos de afectos descartables.

El amor no es un contrato con cláusula de escape sino donación hasta el extremo. Visto así, con quien se tiene más éxito al casarse: ¿con el que te atrae? o ¿con quien se tiene tus mismos valores?

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