El mundo produce alimentos suficientes, pero 2.690 millones de personas no pueden pagar una dieta saludable. En América Latina y el Caribe, comer bien cuesta más que en cualquier otra región y la desigualdad sigue definiendo qué llega al plato.
Comer suficiente y comer bien no significan lo mismo. Este 16 de octubre, Día Mundial de la Alimentación, la diferencia vuelve a poner sobre la mesa una de las desigualdades más cotidianas: la capacidad de elegir qué alimentos comprar depende, en buena medida, del dinero disponible.
El lema de 2026, “Innovar hoy para nutrir mañana”, propone transformar la forma en que los alimentos se producen, almacenan, transportan y comercializan. Sin embargo, la propia Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) reconoce que el problema no está únicamente en producir más. El mundo ya genera alimentos suficientes para toda la población, pero 645 millones de personas siguen padeciendo hambre y 2.690 millones no pueden permitirse una dieta saludable.
Comer bien tiene un precio
La brecha se vuelve especialmente visible en América Latina y el Caribe. En 2025, una dieta saludable costó en promedio USD 4,91 en paridad de poder adquisitivo por persona al día, el valor más alto entre las regiones del mundo. Alrededor del 25,7% de la población regional no podía costearla.
Eso ayuda a explicar una realidad que no siempre aparece cuando se habla de alimentación como una suma de decisiones individuales. Elegir frutas, verduras, proteínas de calidad y una dieta diversa no depende únicamente de conocer qué es saludable. El ingreso familiar, el precio de los alimentos, el lugar donde se vive, el tiempo disponible para cocinar y la facilidad para encontrar productos frescos condicionan esas elecciones.
Para un hogar con presupuesto limitado, el objetivo inmediato puede ser conseguir alimentos que rindan, llenen y permitan completar las comidas del día. Productos de alta densidad calórica y bajo valor nutricional pueden resultar más accesibles o convenientes que una canasta variada de alimentos frescos. La consecuencia es una paradoja: una persona puede consumir suficientes calorías y, al mismo tiempo, tener una alimentación deficiente en nutrientes.
Hambre y obesidad pueden convivir
La FAO advierte precisamente que reducir el hambre no resuelve todas las formas de malnutrición. Una dieta capaz de evitar la falta de calorías no necesariamente previene anemia, retraso del crecimiento infantil, obesidad, diabetes u otras enfermedades asociadas con una mala calidad de la alimentación.
El precio importa. Según datos presentados por la FAO a partir del informe sobre el estado de la seguridad alimentaria y la nutrición, un aumento del 10% en los precios de los alimentos se asocia con un incremento de 3,5% en la inseguridad alimentaria y de 5,5% en la emaciación grave entre menores de cinco años.
La inflación alimentaria golpea con mayor fuerza a quienes destinan una proporción más alta de sus ingresos a comer. Para esos hogares, una subida de precios puede significar reducir porciones, sustituir productos o abandonar alimentos más nutritivos por otros más baratos.
Ecuador todavía enfrenta una brecha infantil
En Ecuador, la última cifra oficial publicada por el Instituto Nacional de Estadística y Censos ubicó la desnutrición crónica infantil en 19,3% entre menores de dos años. El dato corresponde a la segunda ronda de la Encuesta Nacional sobre Desnutrición Infantil.
La medición recuerda que la nutrición no depende únicamente de cuánto alimento hay dentro de una casa. La encuesta también analiza calidad del agua, controles prenatales, atención al niño sano, vacunación y lactancia materna, porque el desarrollo infantil está atravesado por múltiples condiciones sociales.
La desigualdad, por tanto, termina reflejándose en el plato, pero empieza mucho antes: en el ingreso, la vivienda, el acceso a servicios básicos, la educación y la disponibilidad de alimentos en cada territorio.
Innovar también significa hacer accesible la comida saludable
La propuesta de la FAO para 2026 incluye tecnología, mejores sistemas de información, nuevas formas de producción, cooperación entre agricultores y mecanismos de distribución más eficientes. Pero la innovación tiene sentido únicamente si reduce barreras y permite que más personas accedan a alimentos diversos, seguros y nutritivos.
Eso implica mirar no solo cuánto produce un país, sino cuánto cuesta comer bien y quiénes pueden hacerlo. También supone fortalecer mercados locales, reducir pérdidas y desperdicios, mejorar la distribución y diseñar políticas que protejan a los hogares más vulnerables frente al aumento de precios.
El Día Mundial de la Alimentación deja así una pregunta menos cómoda que la habitual recomendación de “comer saludable”: ¿qué ocurre cuando una familia sabe qué debería comer, pero simplemente no puede pagarlo?
Mientras esa respuesta siga dependiendo del nivel de ingresos, la alimentación saludable continuará siendo, para millones de personas, más un privilegio que una elección.


