Desde la escuela hasta el periodismo y la docencia, las palabras han acompañado toda una vida. De esa curiosidad nació El Cazapalabras, una columna que sigue buscando en el lenguaje nuevas formas de contar y comprender el mundo.
Por Elking Araujo / Para Notimercio
Era lo que entonces se conocía como el primer curso y hoy es solo octavo año de EGB. Una época importante: uno había dejado la escuela y empezaba el colegio y ya le decían «señor» aunque en lugar de bigote tuviera pelusita. La clase se llamaba «Castellano» y el profesor, cuyo nombre he olvidado, era gordito, aburridón, y obsesionado con su Chevrolet San Remo. Solía pasearse asiduamente por la clase -nuestra aula estaba en el último piso, el tercero, en la esquina, del edificio Sur- y siempre se iba hacia el fondo, a la ventana, para vigilar que siguiera parqueado en su lugar, en el estacionamiento interno del colegio, su amado Chevrolet San Remo. «Mi San Remo es nuevecito» decía. Y así nos enseñaba que el diminutivo culto de «nuevo» es -cito y no -ito.
Pero tenía también una costumbre que me formó. Los lunes debíamos presentarle en un cuaderno, pegada y bien resumida, la columna del domingo del profesor Gustavo Alfredo Jácome: Gazapos. En ese espacio de la prensa, el Dr. Jácome les pescaba a nuestras figuras públicas sus incorrecciones lingüísticas, se las desmenuzaba y las condenaba con dureza.
Aprendí bastante esos artículos. Y a lo largo de mi formación, diversos maestros que nunca me conocieron, me enseñaron la importancia de las palabras: García Márquez y su discurso «Botella al mar para el dios de las palabras» en 1997; Cortázar y su diatriba contra el diccionario, el «cementerio de las palabras» .
Más tarde me volví un auténtico cazador de ellas. Esa vocación concluyó en la publicación del «Diccionario de ecuatorianismos con citas» en el que recogí y documenté cerca de mil quinientas términos del habla propia del Ecuador. Y gracias a ese trabajo, conocí a Rubén Darío Buitrón y fui invitado a escribir en este medio. Así nació la columna «El cazapalabras» que, por cerca de tres años, ha invitado a los lectores a conocer la evolución de la lengua y las imprudencias de los personajes que tienen voz pública en el país.
El Cazapalabras me ha obligado felizmente a preparar cada semana los materiales. He recorrido los noticieros de televisión y de radio, los programas deportivos y de farándula, y me he vuelto en redes sociales seguidor de políticos, expertos apropiados y todólogos.
Semana a semana he visto cómo evoluciona la lengua de la mano de los usuarios, principalmente de los jóvenes, empujada por la tecnología y el vértigo con el que el mundo cambia desde la época de Abraham. He visto cómo se toman palabras de otras lenguas, cómo se adaptan y cómo se les agregan nuevos significados.
Ha sido, principalmente, un aprendizaje para mí, pero también, para nuestros lectores. Es hora de ser conscientes de que el periódico también ejerce una actividad pedagógica en nuestra sociedad. Aprendemos con él a leer nuestro entorno. Y es una terrible pérdida para nuestra sociedad que el periódico como artefacto de lectura haya sido desplazado por publicaciones microscópicas que leemos en nuestro teléfono celular.
Este espacio me ha permitido, a mí que soy docente universitario e investigador y que, por tanto, vivo encerrado en las aulas, asomarme al mundo. Notimercio se ha vuelto como esa escotilla por la que Noé vio venir a la paloma con una rama de olivo entre el pico. A mí me trajo palabras, lexemas y morfemas.


