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Destellos en un papel

July Ruiz
5 Min Read
Entre recuerdos y ritmos pausados, el papel de Notimercio guarda historias que merecen permanecer.

Una mirada íntima a los recuerdos, los ritmos lentos y el papel impreso como refugio de historias que todavía encuentran en Notimercio un lugar para permanecer.

Luis Boloña / Para Notimercio

Suelo pensar que nací años después aunque rodeado de los indicados. Suelo imaginar que hubo un retraso en la llegada del alma que habita este cuerpo que visto. Suelo ansiar esa vida de aquellos días que no viví en los que sospecho que el tiempo corría con menos prisa.  Hay algo en ese pasado que nunca pasó por mí que me cautiva.

No creo que cualquier tiempo pasado fue mejor, como creía el poeta. No, no es eso. Cada cual con sus gustos y sus placeres. Pero los míos habitan en esa época que me fue ajena y sólo existe en el recuerdo: la carta escrita a mano encerrada en un sobre con sello postal, y el tiempo en vela esperando su respuesta; sacar el vinilo, poner la aguja y dejar que la música ruede, o la suerte de coincidir en una estación de radio con la canción necesitada;  incluso esperar semanas por tu programa de TV favorito;  saltar la rayuela; encontrar al escondido; o que la llamada esperada te encuentre en casa después después de un par de rings, o encontrar a quien esperas al hacer la llamada;  el placer de teclear y escuchar el latigazo seco de una máquina de escribir; o el tiempo en que se maceraba cada noticia antes de disfrutarla en un papel periódico mientras se tomaba el café.

Sospecho que es aquella necesidad de pasado la que me hizo cronista: del pasado que se fue y del que estoy viendo ir. Sospecho que es aquello lo que me lleva a coleccionar en letras la  memoria. Sospecho que es ahí donde nace mi obsesión con lo que será olvido.

Como cronista de una época a la que llegué por error Divino -la del clic; la del escroleo infinito;  la de la noticia al instante, una tras otra, y sin tiempo para su digestión; la de la creación de contenido para enamorar a un algoritmo que no se enamora; la del contenido que no contiene nada; la de cápsulas breves para llamar la atención- he logrado encontrar mi lugar siendo parte de aquello que el insaciable deseo de futuro ha considerado obsoleto: un medio impreso.

Eso me trajo a Notimercio: la terquedad de ir contra la corriente; el rescate de una pasado que no tiene porqué dejar de existir; la necesidad de ser testigo del viaje que hacen mis palabras desde algún lugar de mi mente, pasando por el teclado a través de la yema de mis dedos, para verlas casi paridas en la pantalla de mi computadora y nacidas en ese papel periódico impreso -solo así las doy por nacidas- cargado de tinta que cuenta historias  y que circula cada fin de semana.

El olor del papel impreso, el peso de la historia que carga, la tinta que lo posee para traducir el mundo, no debe ni puede ser sustituido por los píxeles de una pantalla. Al menos no para aquellos que nos gusta ver al papel pintado del abecedario ordenado con sentido.  Al menos no para aquellos quienes del pasado queremos en el presente lo mejor. Al menos no para aquellos que anhelamos ver a las palabras vivas.

Suelo pensar que nací años después aunque rodeado de los indicados. Suelo imaginar que hubo un retraso en la llegada del alma que habita este cuerpo que visto. Suelo ansiar esa vida de aquellos días que no viví en los que sospecho que el tiempo corría con menos prisa.  Hay algo en ese pasado que nunca pasó por mí que me cautiva y que destella cuando leo letras impresas en un papel.

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