Vivimos rodeados de prisa, resúmenes y contenidos cada vez más breves. En ese ritmo acelerado, detenerse a leer, escuchar o contemplar una obra completa empieza a convertirse en un acto de resistencia.
Por Loly Cabrera / Para Notimercio
Me pregunto con nostalgia por qué hoy en día nos negamos a nosotros mismos el tiempo que merecemos para disfrutar del arte, de mirar un cuadro con minutos desbordados de paciencia, de interés, de meditación, ya que quizás en esa pintura está plasmado lo sagrado de la complejidad humana. Ya no cerramos los ojos para escuchar, sin ponernos un límite de tiempo, la música con la que podemos vibrar más alto. No compramos entradas para ir al teatro y mirar una obra de danza sutil y delicada. Y, sobre todo, no nos regalamos un espacio relajante, armonioso, afinado con nuestro espíritu, para disfrutar de una lectura.
Simplemente, ya no queremos leer. Evitamos, con cualquier pretexto, los libros de literatura, los cuentos, las novelas que, con una profundidad intrínseca, nos estremecían el alma. No permitimos que las historias nos trasladen a mundos mágicos donde nuestra imaginación viaje por senderos, por mares, por estelas de brisas y encantos, de hadas fantásticas, de olores y de flores.
Dicen que es por la tecnología, porque ahora la inteligencia artificial nos gana y, si queremos saber algo, investigamos lo concreto, lo mínimo, lo básico. Preferimos el extracto, lo abreviado. Pedimos a la IA que nos resuma un contenido a la mínima expresión, que acorte al máximo la información que necesitamos. Pensamos que todo lo podemos condensar; fragmentamos los textos, deslizamos con rapidez, saltamos e ignoramos todo lo que no sean palabras clave, ideas concretas. Pero me temo que a la literatura no podemos ni debemos condensarla. Una novela, un buen cuento o un bello poema los tenemos que saborear como a un buen vino. Bocado a bocado. Despacio. Lento. Sumergirnos en la profundidad de unos versos y permitir que ello nos transporte, que nos hechice con recogimiento y emoción. La hermosura de la poesía nos pide parar, detenernos, vibrar y disfrutar. He escuchado decir: «Ocurre que no entiendo la poesía», y yo he respondido: «No trates de entenderla; deléitate con poder sentirla en la plenitud de tu ser».
Nos gusta el cine, pero no elegimos la película que durará más de dos horas, a pesar de su excelencia; preferimos otra que, aunque de menor calidad, dure la mitad. No importa si es domingo y no tenemos nada más que hacer, pero mejor lo corto. Tenemos miedo a lo extenso. Un libro, mejor que sea de 150 páginas y no de 300. Un poema que tenga 4 versos y no 20. De un poemario leemos 5 poemas y no 50. Nos hemos acostumbrado, incluso en la modernidad de las redes sociales, a mirar solo imágenes; si vienen agregadas a un texto, lo omitimos o leemos solo las 5 primeras líneas. Y hemos llegado al punto en el que decimos: «No leí tu mensaje porque era muy largo». «No abrí tu audio porque dos minutos es mucho para escuchar lo que tienes que decir».
¿Hacia dónde vamos por este camino? ¿Qué nos pasa? ¿Por qué rechazamos detenernos en lo precioso de un espacio que merecemos tener?
Es primordial para el alma humana retomar la costumbre de escuchar al otro con atención y con respeto; de contar con detalle, de escribir y ser entendidos, de leer y ser leídos.
El gran valor agregado que tiene la vida es el arte, y lo estamos desechando.


