Stefany Sigcha Psicologa para Notimercio
El proceso terapéutico en casos de violencia sexual no comienza con el relato del trauma, sino con la creación de un espacio seguro donde la persona pueda sostenerse. A través de un acompañamiento respetuoso, sin forzar tiempos ni imponer interpretaciones
Cuando una persona llega a consulta tras vivir violencia sexual —especialmente dentro de un vínculo de confianza—, lo primero que observo no es tanto lo ocurrido, sino cómo llega hoy. Me fijo en su estado emocional: si está desbordada, desconectada, si puede hablar o le cuesta nombrarlo.
También observo cuánta culpa o vergüenza hay en su forma de narrarse, y si tiene red de apoyo o sigue en entornos que la invalidan.
Desde la experiencia, no se empieza por el relato del abuso, sino por construir seguridad. Si se entra demasiado pronto en el hecho traumático, no hay alivio sino revictimización.
El inicio suele ser más silencioso: sostener, validar, ayudar a que la persona se sienta un poco más en control de sí misma.
Aparece con frecuencia la duda, no solo sobre lo ocurrido, sino sobre sí mismas: “no sé si fue tan grave”, “tal vez exagero”, “no recuerdo bien”.
El trabajo no es imponer una verdad, sino reconstruir la confianza en su propia experiencia. Trabajo desde lo que sintieron, el cuerpo, las emociones, más que desde la exactitud de los recuerdos. En el trauma la memoria es fragmentada. Así, poco a poco, la paciente va dando sentido a lo vivido sin sentirse invalidada.
El ritmo del proceso no lo marca lo que cuenta, sino lo que puede sostener. Hay señales muy claras: cuando puede hablar de algo difícil sin desorganizarse completamente, cuando vuelve al presente, cuando empieza a tener pequeñas herramientas para regularse.
Recién ahí se puede empezar a nombrar un poco más, de manera gradual. En consulta se nota mucho: si al tocar el tema se desconecta o se desborda, hay que volver atrás, a estabilizar. Respetar el tiempo no es opcional, es parte del cuidado.
También es clave diferenciar entre acompañar y sobreintervenir.
Acompañar es estar, sostener, respetar el ritmo, incluso tolerar silencios o contradicciones.
Sobreintervenir es apresurar, interpretar demasiado pronto o querer “resolver” algo no listo para elaborar. Un indicador muy claro: cuando la paciente empieza a decir lo que cree que quiero escuchar, en lugar de lo que realmente siente. Ahí sé que debo correrme y devolverle el espacio.
Los cambios importantes no son solo entender lo ocurrido, sino cómo vuelve a su vida. Se ve en cosas muy concretas: disminuye la culpa, puede hablar sin quebrarse, empieza a poner límites, se reconecta con su cuerpo, cambia su forma de vincularse. Un momento muy significativo: cuando lo vivido deja de definirla completamente. No porque lo olvide, sino porque ya no es lo único que la nombra.
En casos de alta complejidad —manipulación prolongada o ruptura profunda de la percepción de la realidad, como algunos casos mediáticos que hemos visto—,llega a consulta un quiebre interno muy fuerte. Las pacientes suelen preguntarse cómo no lo vieron, cómo pasó. El trabajo no es solo sanar el daño, sino reconstruir la confianza en sí mismas, en su forma de percibir, sentir y decidir.
En el fondo, el proceso no es solo sobre el trauma, sino sobre volver a habitarse con menos miedo, más claridad y mayor sentido de sí. Y muchas veces, eso implica poder acercarse con cuidado a esas partes que dolieron, no para quedarse ahí, sino para integrarlas. Porque hay procesos en los que avanzar no es dejar atrás, sino aprender a sostener lo vivido sin que eso nos rompa nuevamente.






