Magaly Villacrés/ Para Notimercio
Una historia que rescata la fanesca como una tradición familiar cargada de memoria, identidad y espiritualidad. A través del recuerdo de su preparación, la autora muestra cómo este plato une generaciones, fusiona herencias culturales indígenas y españolas
En nuestra familia, los calderos no solo cocinan alimentos, sino recuerdos. Recuerdos que continúan llenando nuestra memoria con sabores que no se olvidan, como el gusto que nos deja un buen plato de fanesca; el potaje tradicional ecuatoriano que se consume durante la Semana Mayor del catolicismo.
Esta receta tiene la virtud de unir a la familia alrededor de su preparación. Mi madre, Beatriz, siempre ha comandado la misión culinaria que empezaba con la compra de los ingredientes y la asignación de roles a cada integrante del clan que incluía lavar los granos, desgranar el maíz, cortar legumbres, además de mecer y vigilar la olla del potaje.
Aún conservo vivo el aroma de la fanesca recién hecha y que embriagaba la casa los días de la celebración. Era un aroma singular que provenía de la compleja mezcla de granos cocidos a fuego lento en una olla gigantesca; algunas veces se cocinaba a leña, con el fin de conservar el sabor auténtico de los alimentos y la tradición de la tierra, pero la modernidad y la impaciencia han ganado terreno.
Con suave destreza mi madre fundía la cremosidad de la leche con el potaje compuesto por una base de zambo o zapallo, luego adicionaba los granos tiernos: choclo, garbanzo, habas, mote, arveja, chochos, melloco y las variedades de fréjol tierno y seco, además de maní en pasta. A la preparación se sumaba el toque salado del bacalao seco, un símbolo del ayuno cristiano, que daba como resultado una sopa espesa, comunitaria y espiritual.
El plato era una fiesta de sabores y texturas y se servía acompañado de empanaditas, queso blanco, huevo duro, maqueño frito o masitas. Esto variaba de acuerdo con cada región. El dulce de higos y el maduro frito eran el cierre final del ritual culinario que marcaba la Semana Santa en el hogar.
Según la tradición ecuatoriana, el plato integra la cultura indígena y española como una forma de honrar a los doce apóstoles, pero en lo personal esta receta va más allá de una comida de temporada religiosa; es una experiencia que entrelaza la familia, la fe, la historia y la identidad de un pueblo.
En su esencia más pura, la fanesca es un símbolo de renovación y de profunda conexión espiritual, además de un acto de agradecimiento a la Pachamama, por la bondad de la cosecha. Este plato nos motiva a la reunión, al reencuentro y a la vez, a la reflexión personal.
Este humilde bocado guarda historias milenarias y ha logrado fusionar a la perfección los saberes de la cosmovisión andina con la tradición católica, resultando en un privilegio gastronómico que perdura a través del tiempo. No es solo una comida; es el núcleo de la mesa familiar durante la Semana Mayor, un acto de fe y un legado cultural que se saborea con el alma. Es la materialización de la unión familiar, el pretexto perfecto para reencontrarse y fortalecer lazos de afecto que la cotidianidad del día a veces nos hace olvidar. Es una lección de historia y de sincretismo cultural, un plato que describe la fusión de dos mundos en el centro de los Andes.
Es necesario redescubrir la cocina de antaño, de las madres, de las abuelas, de las mujeres de nuestra tierra que saben y alimentan de verdad, alejadas de los manteles de lino, de vajillas lujosas y de cubiertos de plata. Es la ocasión para devolver la mirada a aquella cocina que es caldero y corazón, donde la tradición y el amor se mezclan en cada plato.
La preparación de la fanesca nos invita a valorar y preservar esta herencia culinaria que nos atrae y nos conecta con nuestras raíces.





