Ser fan de Shakira me enseñó que el amor también puede construir escuelas

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Silvia Salazar / Para Notimercio

Admiro a Shakira no solo por su talento, sino por su compromiso con la educación a través de la Fundación Pies Descalzos. Su ejemplo me inspiró a creer que la empatía y la acción pueden transformar vidas, y que todos, desde nuestro lugar, tenemos el poder de dejar una huella en el mundo.

Mi nombre es Silvia Salazar, tengo 41 años y soy de Machala. Mi disco favorito de Shakira es ¿Dónde Están Los Ladrones? Si tuviera que describirla en una sola palabra, sería auténtica. Soy su fan desde hace 30 años, y lo que más me inspira de ella no es solo su talento artístico, sino su capacidad para usar su voz para cambiar vidas.

Entre todas sus facetas, hay una que me conmueve especialmente, su labor social a través de la Fundación Pies Descalzos. Cuando conocí su historia, comprendí que detrás de la artista global hay una mujer profundamente comprometida con la justicia y la educación. Pies Descalzos nació del deseo genuino de ofrecer oportunidades reales a niños y niñas que, de otro modo, verían sus sueños truncados por la pobreza. No se trata solo de construir escuelas, sino de levantar esperanzas.

Recuerdo haber visto una entrevista donde Shakira contaba cómo la inspiraron los niños que jugaban descalzos en las calles de Barranquilla, y cómo también llegó a ver a pequeños inhalando pegamento para calmar el hambre. Aquella imagen la marcó profundamente, haciéndola reflexionar sobre la desigualdad y el abandono que enfrentan tantos niños en Latinoamérica. Esa historia me conmovió, porque me hizo pensar en mi propia infancia y en cómo muchas veces lo que falta no es inteligencia ni ganas, sino una oportunidad. Desde entonces, comprendí que la educación es la herramienta más poderosa para transformar una sociedad. La fundación de Shakira representa exactamente eso, una puerta abierta hacia un futuro mejor.

Me emociona ver cómo, con el paso de los años, la fundación ha crecido y ha demostrado que el amor y la empatía pueden convertirse en acciones concretas. Escuelas con programas alimenticios, apoyo psicológico, acceso a tecnología y maestros con sensibilidad social. Cada proyecto me recuerda que los grandes cambios comienzan con pequeños pasos, y que el arte también puede ser un vehículo de justicia y esperanza.

Lo que más admiro es que Shakira no solo dona dinero, sino tiempo, visión y coherencia. Mientras muchos artistas se limitan a las palabras, ella actúa. La fundación ha impactado a miles de niños en Colombia, convirtiéndose en un modelo de educación pública de calidad que ha inspirado a gobiernos y organizaciones internacionales.

Como fan, me llena de orgullo saber que sigo a una persona que no se olvida de sus raíces. Cada vez que escucho sus canciones o leo sobre los logros de Pies Descalzos, siento que ser fan de Shakira también significa creer en la educación, en la equidad y en el poder de la empatía.

En lo personal, su ejemplo me motiva a involucrarme más, a ofrecer lo que esté a mi alcance para ayudar a otros, como trabajadora social. Porque si algo nos enseña Shakira con su fundación es que no hay sueños imposibles cuando hay compromiso, corazón y propósito.

Termino esta reseña con una convicción profunda, Shakira no solo nos hizo bailar; también nos enseñó a mirar al otro con compasión. Y ese, para mí, es el mayor legado de Pies Descalzos, recordarnos que todos, desde donde estemos, podemos dejar una huella en el mundo.

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