Mi historia con la Diva

Abi Cadena
5 Min Read

Ramiro Saa / Para Notimercio

Desde niño la música de Shakira llenó mi casa gracias a mi hermana. Al principio no la entendía, hasta que la escuché «Tango» y algo cambió: su voz, fuerza y poesía me atraparon. A lo largo de los años, su música ha crecido conmigo.

Desde que tengo memoria, la música de Shakira ha estado sonando en mi casa. No puedo recordar un solo diciembre, un domingo de limpieza o una tarde en familia sin que su voz apareciera entre los discos que giraban en el viejo reproductor de mi hermana Viviana. Ella era fanática de Pies descalzos y tenía el CD original, esa joya con canciones como Sueños blancos y Estoy aquí. Yo, en cambio, no entendía por qué le gustaba tanto. Para mí, de niño, Shakira era solo “esa cantante que mi hermana ponía a todo volumen”.

Pero hubo un momento, casi sin darme cuenta, en que algo cambió. Escuché Tango, esa canción con una frase que se me quedó grabada para siempre:
“Es tan patético, neurótico, satírico y sicótico,
tú no lo ves, el tango no es de a tres…”.
Ahí empezó todo. Esa mezcla de fuerza, poesía y dramatismo me atrapó. Desde entonces, ya no era solo el fondo musical de mi casa: era una voz que me acompañaba, que me hacía pensar, que se volvía parte de mi historia.

Durante los años de colegio y universidad, su música fue evolucionando, y conmigo también. Cuando lanzó The One Thing, una canción dedicada a su primer hijo Milan, sentí algo distinto: era como ver a una artista crecer, transformarse y mostrarnos su faceta más humana. En esa etapa yo también estaba cambiando, buscando mi propio rumbo, y su maternidad me hizo admirarla aún más.

Luego llegó la pandemia. Encerrado en casa, con el mundo paralizado, me encontré escuchando Octavo día. Esa letra sobre cómo “Dios se fue de vacaciones” y dejó el mundo al revés me golpeó fuerte. En medio de tanta incertidumbre, Shakira volvió a ser refugio, una compañía invisible que ponía en palabras lo que muchos sentíamos: miedo, cansancio y esperanza.

Mi mamá también empezó a notar algo. Recuerdo una tarde cuando escuchamos Te felicito por primera vez. Nadie sabía todavía lo que pasaba entre Shakira y Piqué, pero había algo en su voz, en la manera en que cantaba, que nos hizo pensar que algo estaba cambiando en su vida. Poco después, cuando lanzó la Sesión 53 con Bizarrap, fue imposible no emocionarse. Esa noche me quedé despierto hasta el amanecer escuchándola una y otra vez. En el trabajo, al día siguiente, todos hablábamos de eso. No era solo una canción: era una declaración, una catarsis colectiva.

Y aquí estoy, años después, preparándome para volver a verla en vivo. En 2018 tuve la suerte de verla en Guayaquil y también en Colombia, una experiencia que me marcó para siempre. Pero ahora, saber que estará en Quito —mi ciudad— y que además podré verla en Lima junto a mi Danny, el amor de mi vida, me llena de emoción.

Shakira, con su 1.57 de estatura, ha logrado lo que pocos artistas consiguen: mantenerse vigente, reinventarse y seguir siendo un símbolo de los latinos en el mundo. Representa la mezcla de fuerza y sensibilidad que muchos llevamos dentro. Es la prueba de que el talento no se mide en tamaño, porque, como dicen, los perfumes buenos vienen en frascos pequeños.

Hoy, cuando escucho cualquier canción suya, siento que no solo oigo a una artista, sino a una parte de mi historia. Shakira ha sido la banda sonora de mis días felices, de mis pérdidas, de mis sueños. Y cada vez que su voz suena, recuerdo al niño que no entendía por qué su hermana la escuchaba tanto… y sonrío, porque ahora soy yo quien no puede dejar de hacerlo.

Share This Article
No hay comentarios