Luis, el abuelo

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Luis Boloña / Para Notimercio

Quizás el abuelo me contaba las cosas que papá no se animaba a decirme. Quizás papá olvidaba las cosas que me contaba. O quizás, desde muy niño, yo necesitaba contarme historias.

¿Qué haces? Me preguntó papá cuando regresé de la sombra de un árbol.

Me encontré con el abuelo, le respondí.

Llegamos a casa a buscar fotos en álbumes blanquinegros con aroma a lejanía y manchados de tiempo.

Con él, le dije, señalándolo en la foto: el abuelo, Luis.

Llevo conmigo su nombre y su apellido, pero no lo conocí.

Mi abuelo murió diez años antes de mi nacimiento.

No recuerdo si a mis cuatro años comprendí la trascendencia o la imposibilidad de ese encuentro en el parque, ni de aquel reconocimiento fotográfico en casa.

Pero aquel evento fue el inicio de una complicidad con mi abuelo.

En silencio atesoraba todo lo que estuvo en sus manos y había llegado a las mías: la colección de carritos metálicos, el libro de estampas, el vinilo con la canción que papá me hizo creer que habían grabado él y el abuelo (un hombre de voz ronca, con tono de despedida, le decía a un niño: “Ay hijito, nunca dejes de soñar”), sus escasas fotos, los binoculares que utilizaba en el hipódromo, el alfiler de corbata con sus iniciales (LBM) y el anillo que usaba en el meñique que papá no ha querido heredarme. 

Nunca supe detalles del abuelo como me hubiese gustado: ¿disfrutaba el café?, ¿era lector?, ¿abrazaba al dormir?, ¿reservado o conversador?, ¿era feliz?

Quizás porque para mi papá recordarlo sea reavivar el dolor que dejó la agonía de aquellas enfermedades que consumen.

Quizás porque conocer más sería conocer mucho.

Mi memoria traicionera también ha olvidado lo que solíamos conversar.

Desde aquel encuentro con mi abuelo muerto, su voz me acompañaba.

¿Imaginación de un niño o manifestación de un alma?

O, quizás, el deseo de eso que solo me hubiera podido regalar el abuelo.

Llegué a pensar que él y yo éramos lo mismo. A sentir que yo debía resolver lo que a él la muerte lo interrumpió. 

Los años pasaron y aquella voz se perdió entre los días. 

O, quizás, solo crecí.

Ese recuerdo de nada se fue diluyendo entre todo.

Una tarde, una foto lo trajo de vuelta.

Yo tenía once años. A papá le regalaron una foto inédita del abuelo adolescente “Con amor para mis padres: Luis Boloña Molestina”, escribió como pie de foto.

Si me hubiese vestido de terno, conseguido eso lentes antiguos y fotografiado en blanco y negro, pudimos haber sido confundidos.

Ya estás grande, pensé. Basta de disparatadas teorías, Luis Boloña.

¿Es posible inventar fantasmas para llenar vacíos?

¿Es posible conversar con algo que no tiene cuerpo?

¿Qué haces? Le pregunté a papá, una noche mientras cenábamos.

No pongas los codos sobre la mesa, continué. Al abuelo no le gustaba que lo hicieras.

¿Cómo lo sabes?, me contestó, mirándome como quien es saludado por un muerto debajo de un árbol.

Quizás el abuelo me contaba cosas que papá no se animaba a decirme. Quizás papá olvidaba las cosas que me contaba. O quizás yo, desde muy niño, tuve la necesidad de contarme historias que llenen lugares desocupados, como el lugar del abuelo Luis.

Conservo sus binoculares, el alfiler con sus iniciales,  la foto adolescente con su firma y la esperanza de llevar su anillo en mi meñique. 

Pero su voz jamás volvió.

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