El 21 de octubre se recuerda la aparición de banderolas rojas en las cruces de varias iglesias quiteñas, un acto de desafío al orden colonial cuya autoría intelectual se atribuye a Eugenio Espejo.
La mañana del 21 de octubre de 1794, Quito despertó con pequeñas banderas de tafetán rojo colocadas en algunas cruces de la ciudad. Llevaban inscripciones en latín que convocaban a alcanzar la libertad, la felicidad y la gloria. El episodio quedó en la memoria histórica como las Banderas Rojas de Espejo.
El gesto utilizó lugares de gran visibilidad y significado religioso para difundir un mensaje político. Las autoridades españolas lo consideraron una provocación y abrieron investigaciones para identificar a sus responsables. En aquellos días también circularon pasquines que cuestionaban al régimen colonial.
La tradición histórica vincula la iniciativa con Eugenio Espejo. Una reseña del Municipio de Quito señala a Mariano Villalobos como ejecutor y a Juan Pío Montúfar como patrocinador, aunque presenta la participación de Espejo como una atribución.
Esa precisión resulta relevante: los relatos históricos sobre las investigaciones describen sospechas y detenciones, sin que se lograra esclarecer entonces la autoría. Así consta en los antecedentes recopilados en el segundo tomo de los escritos de Espejo, disponible en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.
A 232 años del suceso, la fecha recuerda una expresión temprana de inconformidad con el dominio colonial. Su fuerza simbólica permanece en la imagen de unas pequeñas banderas que llevaron al espacio público una aspiración de libertad.


