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Tres años después: la vida cambió y nosotros también

July Ruiz
9 Min Read
En tres años, la tecnología transformó nuestras formas de aprender, trabajar y relacionarnos, mientras nosotros también cambiábamos con ella.

Entre 2023 y 2026 cambiaron nuestras rutinas, las formas de trabajar y hasta las conversaciones en casa. Mirar atrás también puede ayudarnos a reconocer lo que todavía queremos cuidar.

July Ruiz / Notimercio

Hay una forma sencilla de comprobar cuánto puede cambiar la vida en tres años: abrir la galería del teléfono y detenerse en una fotografía de 2023. Aparece una mesa, un cumpleaños, una calle conocida, alguien que todavía estaba cerca y al principio creemos que estamos mirando una imagen; después descubrimos que estamos mirando una versión de nosotros mismos. Recordamos qué nos preocupaba, qué esperábamos y qué promesas hacíamos sin saber si podríamos cumplirlas. Pero entre aquella foto y este octubre de 2026 caben despedidas, aprendizajes, nuevas amistades y pequeños comienzos que nos cambiaron la vida.

En 2023 todavía estábamos aprendiendo a habitar el mundo después de la etapa más dura de la pandemia. El 5 de mayo de ese año, la Organización Mundial de la Salud declaró el fin de la emergencia de salud pública de importancia internacional por COVID-19, aunque advirtió que la enfermedad continuaba siendo una amenaza. Para muchas familias, volver a reunirse seguía teniendo un valor especial: un abrazo, una visita o una celebración podían recordar todo lo que habíamos tenido que aplazar.

Ahora, en 2026, aquella sensación de regreso puede parecer lejana. Volvimos a llenar agendas, a llegar tarde, a responder mensajes mientras comemos y a decir que nos veremos cuando haya tiempo. La vida recuperó parte de su movimiento y, con él, reaparecieron las prisas; tal vez por eso vale la pena recordar algo que entonces parecía tan claro: estar juntos era una oportunidad, no un trámite.

La tecnología también modificó el paisaje de estos tres años. En 2023, conversar con una inteligencia artificial era para muchas personas una novedad que despertaba curiosidad, incredulidad o temor. Hoy podemos pedirle a estas herramientas que organicen ideas, traduzcan un texto o nos ayuden a preparar una presentación. La velocidad del cambio ya era visible en 2024: un estudio de Microsoft y LinkedIn, realizado entre 31.000 trabajadores del conocimiento de 31 mercados, encontró que el 75 % de los encuestados utilizaba inteligencia artificial en el trabajo.

Detrás de esa transformación hay escenas muy humanas. Una profesional vuelve a estudiar después de años de experiencia; un emprendedor descubre otra manera de mostrar su negocio; alguien siente que necesita aprender un lenguaje que hasta hace poco desconocía. También aparece el cansancio de estar siempre actualizándose, como si lo aprendido ayer perdiera valor esta mañana y surge entonces una pregunta personal: cómo seguir creciendo sin tratar nuestra experiencia como algo desechable. Aprender puede ser una aventura, pero necesitamos permiso para hacerlo a nuestro ritmo.

La conexión digital se extendió mientras ocurría todo esto. La Unión Internacional de Telecomunicaciones estimó en su publicación de 2023 que 5.400 millones de personas usaban internet, alrededor del 67 % de la población mundial. Para 2025, estimó unos 6.000 millones, equivalentes al 74 %. Los mismos datos de 2025 señalan que 2.200 millones de personas permanecían desconectadas.

Sin embargo, la experiencia de estar conectados no se mide únicamente en cifras. Se reconoce en una videollamada que permite ver crecer a un nieto desde otro país, en un mensaje de voz que acompaña un trayecto o en una amistad que sobrevive gracias a una pantalla. También se reconoce en la cena durante la cual nadie levanta los ojos del teléfono. Ninguna aplicación decide por nosotros cuánto escuchamos y esa parte sigue ocurriendo en gestos pequeños: preguntar cómo estuvo el día y tener la paciencia de recibir una respuesta que quizá no sea breve.

En casa, tres años pueden sentirse como una época entera. El niño que en 2023 necesitaba ayuda con una tarea quizá hoy pide privacidad y cierra la puerta de su habitación. Los adultos también cambian: revisan sus prioridades, cuidan a sus mayores o descubren que necesitan compañía de una manera distinta. La nostalgia aparece cuando encontramos un uniforme que ya no sirve, una libreta guardada o un video donde una voz suena más pequeña. Nos conmueve esa evidencia de que el tiempo estuvo trabajando incluso durante los días que nos parecían idénticos.

Las relaciones tampoco permanecen inmóviles. Hay parejas que en estos tres años aprendieron a hablar con más honestidad y otras que comprendieron que seguir juntas les estaba haciendo daño. Hay amistades que encontraron nuevas formas de acompañarse y vínculos que se fueron apagando sin una discusión definitiva. A veces extrañamos a alguien; otras, extrañamos cómo nos sentíamos cuando esa persona estaba cerca. Mirar atrás con cariño no exige negar lo que dolió y podemos agradecer una etapa y aceptar que terminó, reconocer un error y elegir otra forma de relacionarnos.

También cambió el significado de algunos deseos. En 2023 pudimos imaginar que para estas fechas tendríamos otro trabajo, una casa, un viaje realizado o una relación resuelta. Llegó 2026 y ciertas metas siguen esperando, mientras otras dejaron de representarnos, pero una vida contiene avances que rara vez reciben aplausos: haber pedido ayuda, sostener a una familia durante un momento difícil, recuperar una rutina o animarse a comenzar de nuevo. No todo crecimiento se parece a una conquista visible; a veces consiste en levantarse con un poco más de confianza.

Conviene, además, ser amables con el pasado. En 2023 también había incertidumbre, cuentas por pagar, discusiones y días agotadores. Una fotografía conserva la sonrisa y deja fuera lo que ocurrió antes o después de tomarla. Por eso, sentir nostalgia no significa que todo haya sido mejor: significa que algo de aquel tiempo todavía tiene valor para nosotros. Puede ser una persona, una costumbre o la sensación de disponer de más tardes por delante. El recuerdo puede convertirse en una invitación a cuidar el presente.

Quizá estos tres años nos permitan revisar qué entendemos por vivir bien. En medio de tantos cambios, el bienestar puede comenzar con decisiones modestas: caminar por el barrio, cocinar algo que recuerde la infancia, llamar a una amiga o reservar una tarde sin compromisos. No necesitamos esperar a tenerlo todo resuelto para disfrutar de algo bueno.

Si pudiéramos encontrarnos con quienes éramos en 2023, tal vez querríamos contarles que algunas preocupaciones se acomodaron y que otras necesitaron más tiempo del previsto. Les diríamos que hubo alegrías inesperadas, personas generosas y oportunidades que no figuraban en ningún plan. Quizá lo más cariñoso sería evitar los grandes consejos y sentarnos un rato a su lado. Recordar que hicimos lo que pudimos con lo que sabíamos entonces puede ayudarnos a mirar nuestra historia con menos dureza.

La vida cambió entre 2023 y 2026. Cambiaron las herramientas, las rutinas y algunas de nuestras certezas; cambiaron los rostros alrededor de la mesa y las preguntas con las que nos despertamos. Pero todavía podemos elegir qué llevar hacia adelante: la curiosidad, el cuidado, una amistad, una receta de familia, la costumbre de abrazar al llegar. La fotografía del teléfono seguirá mostrando aquel instante, quizá dentro de tres años, al mirar una imagen de hoy, recordemos con ternura esta versión de nosotros que todavía estaba aprendiendo, que todavía tenía miedo y que, aun así, encontró razones para seguir.

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