Lo único seguro en la vida es la muerte

Abi Cadena
4 Min Read

Alexandra Jaramillo / Para Notimercio

Si aprendiéramos a morir un poco cada noche, a dejar el día sin miedo, quizás y podamos morir en paz cuando llegue el momento final para unirnos a los que nos dejaron y que nos esperan

Hace poco, una amiga con enfermedad oncológica y diagnóstico de muerte ingresó a cuidados paliativos. En medicina, un tratamiento paliativo no busca curar la enfermedad, sino “amortiguar” el sufrimiento, proteger y acompañar a la persona, como si se le colocara un manto de cuidado y consuelo. Este concepto busca abordar la muerte como parte de la vida.

 El diagnóstico ya está dado, sin embargo, ante él, se necesita un proceso para integrarlo todo. Filosofías de vida, sí. Y de muerte, también.

“Yo quiero morir estando viva” es la sentencia que la escritora ambateña Victoria Tobar Fierro me compartió una vez. Aquella ocasión no asimilé lo que implicaba, pero solo bastaba que lleguen a la vida sentencias de finiquito para comprender perfectamente lo que estaba por venir: aceptar a la muerte, cuando es la de uno mismo.

Vida y muerte son un ciclo

Hablar de la muerte no es una invitación a la tristeza, sino a la conciencia. Todos, sin excepción, caminamos hacia ese mismo destino. Pero, paradójicamente, es al aceptar la finitud cuando la vida se vuelve más real, más urgente y más profunda.

La mente tiende a apartar la idea de morir como si fuera una amenaza, pero cuando logramos mirarla de frente —sin miedo, sin huir—, descubrimos que la muerte no es el enemigo, sino una maestra silenciosa que nos ha acompañado a lo largo de la vida y nuestra falta de conciencia ha hecho que la ignoremos.

Administración sentimental

La muerte nos enseña el arte de soltar. Nos apegamos a lo que amamos: personas, lugares, recuerdos, incluso a la imagen que tenemos de nosotros mismos.
Pero esos lazos, si los entendemos desde el amor y no desde la posesión, pueden transformarse.

Racionalizar el apego no significa volvernos fríos, sino reconocer que nada ni nadie nos pertenece, que somos los administradores de un “estuche terrenal” y que debemos cuidarlo lo mejor posible, para que pase eso de: “morir estando vivo”.

Cada vínculo, cada experiencia, es un préstamo temporal de la existencia.
Y soltar no es perder: es dejar que el amor siga siendo libre, incluso cuando ya no está en forma física.

Reconocer y abrazar nuestra vulnerabilidad.

Aceptar la muerte nos sensibiliza porque nos hace ver la fragilidad compartida.
Nos vuelve más compasivos, más presentes, más agradecidos. Cuando comprendemos que todo lo que existe es efímero, también entendemos que cada instante es sagrado.

Para los antiguos griegos, dormir era una pequeña muerte, y morir era un gran sueño.

Si aprendemos a “morir” un poco cada noche, a dejar ir el día sin miedo,
quizá podamos morir en paz cuando llegue el momento final.

Ambos nos recuerdan que el descanso, la pausa y el final no son enemigos de la vida, sino sus condiciones esenciales.

La muerte —como el sueño— puede ser vista no como castigo, sino como regreso al origen.

Con profunda admiración y amor a los seres queridos que sé que me acompañan y que este año, me dejaron un aprendizaje más: Cristina Maruri, Iván Oñate y Eduardo Arcos.

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